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viernes, 24 de noviembre de 2017

Lugar común la muerte

 
Esta noche se juega un clásico en el campo de la muerte. 
Todas las entradas vendidas y en esta ocasión entran también los visitantes. Ya se van pintando las gradas con los colores de cada equipo llevados en las banderas, los gorros y las vinchas. La afición maldonadista - entre la que me encuentro - entona sus amargos cánticos de verdad y de justicia. Canciones que vienen de lejos, bajando de generación en generación. Frente a ellos, los devotos de la valiente muchachada de la armada, con su barras nucleados en "La 44", cantan sobre la verdad histórica y el orden social. Ellos aseguran ser los únicos campeones legitimados del cotejo cortejo.
Pelo largo, pelo corto, cada plano detalle del fúnebre estadio  revela la pertenencia a una y otra afición. 24 de marzo y 2 de abril, tradición y progresía, los deudos comparten el sentimiento de aflicción por sus difuntos y aunque un abismo los separa, a todos los van a afectar las mentiras y nadie sabe con qué malevolencia fallará el árbitro que tienen en común en esta lid.


Nuestro lugar común es la muerte. No hablo de la humanidad, no hablo de la especie descripta por Heidegger como la única consciente de su propia finitud, hablo de cierta Argentina necrológica que bien contara Tomás Eloy Martínez en un lejano libro, Lugar común la muerte, que por acá les comparto en un PDF.

Nos definen los muertos que lloramos. Dorrego, Lavalle, Rosas, Mitre, Yrigoyen, Evita, Perón, Kirchner. Nos determinan las lágrimas y la bronca por la parca injusta, poniéndonos en orillas demasiado distantes acerca cuando es justicia y cuando no lo es en absoluto. Aunque todas las lágrimas se parezcan, lloramos a distintos muertos.

 Esta noche se conoce la autopsia de Santiago y medio se confirma que están muertos los submarinistas. Tragedias argentinas sí, pero escritas por distinto autor, con diferentes actores, parlamentos y escenario, para distinto público.
Alguna parte de La 44 se ha muerto de la risa durante 100 días por las tribulaciones maldonadistas, se pudo haber burlado del artesano, del hippie, del pelilargo que cortaba rutas. De este lado, de mi tribuna inventada, no ha salido ni una burla, ni un sólo "bien muertos están". 

Al contrario, nos hemos sumido en una congoja confundida e inefable.

Me rompe la cabeza que este damero de mortandades se parezca a la Argentina del 82, dictadura y Malvinas, aquella grieta primigenia entre los crímenes aberrantes del Estado terrorista vs. las obvias y esperadas consecuencias, las meras bajas de las guerras.

Pareciera que la historia se nos cagara de risa, buscando rimas entre tiempos distantes, subiéndonos de prepo a estas gradas tétricas para alentar cada uno a nuestro club cadavérico.

Y sin embargo, visto todo desde bien arriba, con los ojos digitales de un dron, siempre es el mismo poder el que se ríe, usando a los argentinos como muñequitos, sean tatuadores de El Bolsón o suboficiales morochos correntinos. Siempre el desprecio por la vida, siempre la santificación de la propiedad privada por sobre ella, siempre la propiedad de los grandes propietarios sobre los derechos de las enormes mayorías, siempre besar las bolas de los imperios, siempre taparlo todo con cemento o con la mentira organizada que ladran con entusiasmo mundialista sus periodistas más falderos.

 Esta noche tenemos de nuevo el espectáculo de la muerte, para seguir amedrentando a los vivos, para que bajemos un escalón, hacia la condición de sobrevivientes.

La muerte que es abono para un puñado de vivos, los mismos de siempre.
Así no hay cómo descansar en paz.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Giros




  
Estoy viendo Cosmos, la serie de Carl Sagan que ahora conduce un negro. Me emociona, recorre la inmensidad del universo y la pequeñez de una molécula, viaja por el tiempo y por el espacio. Miro Cosmos y me destila filosofía, así como a mi amigo Gastón le da por la literatura.
 El otro día explicaban los agujeros negros. Claro que una cosa es entender una explicación y otra muy distinta poder reproducirla, como sabe cualquiera que ha tenido que rendir un examen. Pero como acá no ponen nota, voy a tratar de transferir lo que me quedó del concepto.
 Hay cosas por ahí arriba que tienen una masa tremenda, que generan una fuerza de gravedad tan zarpada que no se les despega ni la luz. Como los telescopios son –básicamente- tubitos para ver cosas por la luz que emiten, los agujeros negros no se ven, se los calcula. Se infiere su presencia porque hay cuerpos que sí emiten luz a los que se  ve girando a lo loco en torno de una falsa nada. El ser y la nada.

 Dos cosas se me presentan para decir. Una, que obviamente los agujeros negros, lo que no se ve, seduce a los investigadores más que lo visible. Tiene un parentesco con lo erótico. Lo segundo es que esas cosas misteriosas, que están ahí y no se pueden señalar con un dedo, son la moraleja perfecta para entender qué nos pasa con una desaparición, que es –socialmente- peor que un homicidio. Si al flaco lo hubieran simplemente asesinado, posiblemente nuestra reacción sería otra. No digo que nos daría lo mismo o que no reclamaríamos justicia, pero así como exigiríamos juicio y castigo estarían corriendo las etapas del duelo. Coexistiría la herida con la cicatriz. Pero no, alguien que era, alguien que sigue y seguirá siendo, en tanto no se nos presente como materia inerte, nos genera una contradicción insalvable con nuestro modelo de mecanismo humano de dejar de ser. Algo, una maniobra que -30 mil veces repetida- nos pone a los argentinos (siempre tan excepcionales nosotros) en una categoría singular dentro de la especie humana. Y la reacción es la misma por uno o por mil: negar la negación, no aceptar el jarabe de la resignación, evitar que desaparezca la desaparición. Nos pone a girar en torno de nuestro desaparecido y del crimen que denuncia su ausencia, porque tiene una masa que nos está robando la luz.

sábado, 15 de julio de 2017

Con los troskos parecemos como nenes

En 2015 me enojé mucho con los del FIT. No era posible que consideraran lo mismo el proyecto kirchnerista (aún deshilachado) que el de Macri, no me cabía en la cabeza. Los troskos parecían reducir la cuestión a las personas, señalaban los parecidos entre Daniel y Mauricio y en el mismo acto los desparramaban hacia el todo, las listas, los 12 años, los proyectos hacia el pasado y hacia el futuro. Una pelotudez supina que sostenían los representantes de la izquierda en el discurso, aunque no convenciera ni a sus propias bases, que en parte votaron a Scioli en segunda vuelta, aunque obviamente no alcanzó. Escribí varios posteos llenos de bilis, herido como muchos por la ceguera de un sector por el que supe andar, hasta que CFK me sacara de adentro lo gorila y me hiciera entender que la única izquierda posible en la Argentina viene desde adentro del peronismo o no viene. Porque el nuestro es un país peronista y sanseacabó. Los advenedizos, los que llegamos a costa de fracasos a estas ideas, podemos aportar matices, pero la locomotora pone los dedos en V.

Ya más tranquilo, porque en estos dos años casi nadie no fue desastroso frente al macrismo, con énfasis en quienes podrían haber enarbolado un discurso menos pelotudo, evitándonos por ejemplo, el sonsonete de "la gobernabilidad", mi rencor para con ellos se me fue disipando. Al menos supieron mantenerse consecuentes con su discurso. No como Abal Medina, Bossio, Pichetto o Randazzo.

 En mi humilde opinión, el problema insalvable, eso que hace que los peronizados zurdos y los zurdos troskos no dejemos de putearnos y por ende no se pueda concebir algún tipo de alianza estratégica, es cierta deslealtad en los objetivos.

 Es muy fácil la ética más pura cuando no se quiere gobernar. No hay país, estado o municipio sobre la faz de la tierra gobernado por el trotskismo. Desaparecido su archinémesis, el comunismo estalinista, su nuevo frente es una masa ideológica conformada por socialdemócratas, populistas o justicialistas o quien sea que posea raigambre social. Todo lo que constituye un obstáculo para la verdadera "conciencia de clase". Así que ahí van los ciegos a señalar la paja en el ojo ajeno. A muchos años luz de querer ejercer un cargo ejecutivo, contando las contradicciones de los que si se meten en el barro de la política real, partidaria, electoralista y concreta.

Berni, Milani, Milani, Berni, Milani, Milani, Berni, Berni. Me harté del mantra que supuestamente nos pone a todos los que creemos en el kirchnerismo en espíritus manchados por la ignominia. Un horror cualquiera de los dos, un craso error del gobierno tanto nombrarlos como mantenerlos, sosteniendo por otro lado una intachable política respecto de los DDHH. Pero, ¿en qué medida niegan estos dos tipos Argentina Sonríe, la jubilación de mi vieja (que laburó sin recibo toda la vida) o las compus de los pibes, beneficios que también habrán llegado a la casa del trotskismo. No jodamos, unos te dan y los otros te lo quitan y son lo mismo, dale. Y por otro lado, en un caso hipotético, llegado al Poder Ejecutivo Nacional Nico Del Caño, a quién pondría de Jefe de Ejército y a quién a cargo de la seguridad, cuáles serían los hombres o mujeres del palo que ocuparían el cargo. O es que no existirían, o es que no tendrían ocupación ni aunque arreciaran cacerolazos violentos, movidos por los grandes medios contra las medidas de nacionalización y estatización, vamos, las medidas de su gobierno. Queda en blanco, ya se verá. ¿Pero mientras tanto quién gobierna? Claro, esa era la pregunta a responder en 2015. Nosotros no llegamos con los votos -deberían haber dicho- a quién odiamos menos para que gobierne mientras tanto. Pero no, lo tomaron como un examen ético más.

La Ética es el estudio de lo que debe ser, no de lo que es. Cuando el Deber Ser visita la casa de lo que Es, se ensucia la ropa. Pero algunos prefieren el barro, porque entre lo mucho que Está Siendo es el crecimiento de la miseria. Para frenarla, alguien con el número de votos tiene que hacerse cargo, aunque un coro de impolutos le grite que lo hace mal. 

Pero hay, de este lado, gente que también confunde al enemigo. En serio lo peor que nos pasó en estos años fueron unos cortes en la 9 de julio y un paro por Ganancias? A veces parece que es peor Pitrola que Magneto para algunos. ¿Nos putean? Todo el tiempo. ¿Nos niegan lo que sí se hizo en el fangoso territorio de lo posible, contra lo que ellos harían en el inmaculado mundo de su teoría? Ese parece ser su leimotiv. ¿Eso los convierte en seres execrables, aunque sean de los pocos que salen a chupar gases lacrimógenos cuando la cana carga contra los laburantes? Por favor. Si le tiran palos a los que reciben los palos y se los evitan a quienes se los merecen (Daer, Triaca, Macri & co), yo ya no entiendo nada.

 La grieta ya sabemos dónde está, es allá. Del lado de acá también tenemos grietas que parecen insalvables, pero en medio de esta lluvia de mierda en que nos sume el capital concentrado, bien haríamos en disimularlas al menos un poco.

  Desde que dejé el catolicismo en los albores de la adolescencia, no creo pertenecer ni quiero al club de los infalibles. Los que no fallan nunca están siempre mucho más arriba.

(Ahora con esto también me van a rajar del kirchnerismo adonde nunca me invitaron, me convierto en palestino por incoherente o por desapasionado)

sábado, 1 de julio de 2017

La era está pariendo un patadón


  Tenés que ver Requiem for the American Dream, la película de Noam Chomsky donde el groso linguista y activista norteamericano cuenta cuál es el decálogo del poder para hacerse más gordo.
Uno de los puntos refiere a la rotura de los lazos de solidaridad.
Dice Noam que sus hijos ya son grandes y no van a la escuela, pero que él paga contento sus impuestos para que puedan estudiar millones de pibes de su país. Dice que esa lógica está siendo atacada por quienes detentan el poder.
Por eso te pido que la veas, porque esas estrategias se están usando acá con toda la furia.
Basta ver los comentarios debajo de noticias que hablan de gente perdida en montañas, mujeres que desaparecieron y reaparecen. Que pagan la búsqueda de su bolsillo! Por qué tengo que buscar tarados con mis impuestos!
  Detrás de esos pelotudos que comentan, hay ricos frotándose las manos. Porque del otro lado de la conciencia colectiva, en el otro extremo del carácter solidario del pago de impuestos, hay empresas que quieren que cada uno pague lo que pueda por los servicios que todavía brinda el Estado. ¿Querés seguridad? Pagá ¿Querés que te busquen si te perdiste? Aboná en caja. ¿Necesitás una mano porque te ahogás? Ahí corre un guardavidas con una factura sumergible.
  Es en ese contexto que aparece una diputada analfabeta del pro a proponer que vacunar sea optativo. Vacunar a los pibes debe ser el consenso social más acendrado, es lo obvio, lo que se hace por la salud de nuestros hijos y por la salud de los ajenos, lo indiscutible.
  Prospere el proyecto o no, se explica como clima de época. Porque ocurre que la campaña de destrucción del Estado Benefactor conoció al neohippismo, hicieron un retiro espiritual, cantaron mantras, cogieron y de ese encuentro salió una horrenda criatura a la que bautizaron Meritocracia.
 Meritocracia ama a los animales, dice tener conciencia planetaria, se enyoguiza, cree en la neurociencia como secreto para la felicidad, fluye, suelta, tiene buena onda y te grita que si querés  -en plena libertad de conciencia- vacunar a tus hijos, lo pagues. Que pagues el fútbol, que pagues el agua. Meritocracia, en su media lengua, balbucea que quiere que pagues. Y sus papis sonríen y se fuman un churro orgánico.

Mirá la peli, te explica todo.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Niebla



  El aire está raro. Está cambiando el clima, como la otra vez. No hay nada, no pasa nada, no hay reacción; anomia, abulia, embolia. Y sin embargo pasa todo, pero un todo que no tiene carnadura, es un todo espiritual, es una nube de pedo, es una entelequia inasible, un disgusto invisible, una ira inefable, que busca la chispa que decore la realidad con llamas.

  Los jinetes del apocalípsis montan caballos a los que han puesto pantuflas acolchadas. El piso reverbera por el peso pero no se escuchan los cascos, apenas unos avisos de despido, de corte o desalojo dan cuentan de su paso. Hay que sumergirse en la bañera, hay que tomar aire y hundirse para escuchar el galope, que se confunde con latidos del corazón.

  Recién vi una escena que cabe en un gif. Una mujer va despacio en bicicleta. Va cambiando de mano para conducir el manubrio, porque con la mano que suelta, se va secando lágrimas lentas que le caen de sendos ojos. En el caño de la bici va un flacucho con gorra y cabeza gacha, los pies casi le rozan la calle. Y es todo, el cuadro y yo vamos por líneas paralelas en dirección opuesta. Estuve dos cuadras tratando de no conjeturar sobre los motivos del llanto.

 Siempre es mejor no ver detenidamente. Me va mejor cuando las otras personas son una mancha difusa que se cruza en el camino.

 Pero aún así queda el aire, que se va poniendo espeso. O explota o se condensa, pero ahí está, muy parecido al humo. Irritante como el humo, espeso, pestilente y deforme. Pero no es el humo de una fogata de gomas, no es un incendio en tal esquina. Es la combustión de un pueblo que hace como si siguiera con la vida normal. Es la suma de pequeños humos que se elevan de nuestro humor. Curiosamente, cuanto más crezca esta neblina de huevos y ovarios estallados, mejor va a ser nuestra respiración y peor la de ellos. Hay que echar a los jinetes en modo ninja, hay que colgar a los empresarios travestidos de políticos, hay que castigar a los políticos que nos dejan a nuestra suerte, hay que escarmentar a los pelotudos que niegan el humo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

mundo onírico



Otra vez tuve uno de esos sueños que me despiertan lleno de preguntas acerca de qué pasa ahí adentro.

1.

Yo era de los aliados y capturamos una tortuga perteneciente a Joseph Goebbels, el poderoso ministro de propaganda de Hitler. Por lo que sucedería después, el quelonio había sido encontrado culpable de crímenes varios y condenado a muerte. Un tortugo de los nuestros, en el living de mi casa, era el encargado de la ejecución. Ahí es donde este sueño, hasta ahora tan normal, se convierte en pesadilla. Porque el proceso de apagar la vida de la tortuga nazi se vuelve morbosamente largo. El verdugo -de mayor contextura - se monta sobre el condenado y busca su cuello para decapitarlo a mordidas. Tal vez pasen horas hasta que obtenga la primera sangre. Yo no puedo mirar. Poco amigo de la pena de muerte, aunque sepa cuánta desgracia debe pagar la tortuga de Goebbels, tengo el estómago revuelto por esta agonía. Así que me voy, dejo que esa forma de justicia siga su curso sin que yo la vea, me escondo en mi cuarto para no ver la boca del que agoniza abrirse en un grito sordo y eterno. Después vuelvo, porque soy algo así como un supervisor. La cabeza y el cuello del nazi han desaparecido, quedando un agujero rodeado de sangre que mancha su propio caparazón. El ejecutor la lame. 

2.

Me caigo, me golpeo la cabeza y me desmayo. Me despierto. Soy una leona. No, mejor dicho, soy una de Las Leonas, pertenezco al seleccionado femenino de hockey. Sigo siendo hombre, pero por algún sortilegio que el sueño no consigna, ahora tengo trenzas y minifalda.


3.

(en ese entonces yo era gerente de una librería) Entra a mi oficina un pato gigante. Cuac, un pato, gigante, del tamaño de ese pajarraco de Plaza Sésamo. Daniel (el dueño) me pasa un puñal y me ordena matarlo. Voy a hacerlo, tomo postura de duelo de arma blanca, medio agachado, los abrazos abiertos, sosteniendo firme el cuchillo. Pero el pato se transforma, es una tía, es otra cosa, se transforma en un niño. Daniel me susurra que no me deje engañar, me dice que el pato muta como la chica de El Exorcista. Supongo que lo maté, me desperté justo.



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Cat's stuff

Vas a buscar tus cosas para salir y el gato quiere ser parte


viernes, 14 de octubre de 2016

We, The Walking Dead (va por Lucía)

Quien no ve The Walking Dead puede pensar que es una serie sobre zombies. 
Es una serie sobre zombies, pero a la vez no. Se trata de humanos en una situación límite, en este caso una epidemia mundial de una rara enfermedad en la que una suerte de parásito se aloja en los cadáveres y los anima como siniestras marionetas. Cada muerto caminante, lento, bobo y espantoso, vaga por siempre en búsqueda de alimento, que ocasionalmente será una persona viva. que morirá por sus mordidas, que se convertirá en otro muerto viviente. La forma de cortar la cadena es darle con algo al zombie en la cabeza, un cuchillo, un pico o una flecha que perfore el cráneo y listo, el monstruo no walking más.
La serie relata las peripecias de un grupo de personas para sobrevivir al apocalipsis; la búsqueda de comida, armas y refugios seguros, la interrelación con otros grupos (la mayoría peligrosos, algunos caníbales, otros manejados por psicópatas), las nuevas y a la vez primitivas instituciones humanas, unas que se inauguran allí donde colapsaron las otras. No existiendo ya un gobierno central, cada tribu es una ciudad estado nómade, que establece reglas perecederas y mutantes, que se asentarán en la legislación no escrita en la medida en que ayuden a mantenerse con vida.
 Un dato interesante -descubierto por los protagonistas en alguna de las temporadas de la mitad - es que todos están enfermos, hayan sido mordidos o no por los caminantes. Cualquiera que muera (y cuya cabeza no sea oportunamente rota) pasará por una intensa fiebre, que lo dejará con los ojos de zombie, haciendo sonidos guturales y con una imparable pulsión por morder al que se cruce. -Ya no es él dirán al ser querido que entre llantos deba hincarle el fierro.

En estos días, temporada alta de aniquilar mujeres, vengo pensando en TWD. 
Aparecen los "monstruos", queremos matarlos, pedimos que algún preso apunte a los parásitos que se habrán adueñado de sus cabezas, nos desespera que no haya un estado que implemente políticas de seguridad y/o educativas que preserve la vida de las chicas, pero a la vez -y pese a un creciente movimiento al interior de la opinión pública- la epidemia parece seguir su curso imparable. Cada mujer violada, cada mujer asesinada, es tanto un fracaso como una muestra de esta realidad espantosa.
Pero no son monstruos, me cuesta decirlo, ojalá lo fueran. Ojalá fuesen criaturas bajadas del espacio o manejadas por un virus invisible que les inocula su maldad. Son tipos que caminan a nuestro lado, varones que pueden haber sido compañeros de escuela o haber estado atrás o adelante en la fila de la heladería. No tienen cuernos, no tienen garras, no hacen sonidos de perro moribundo. Acá viene lo peor: hablan nuestro idioma. 
El agente transmisor que activa a los femicidas se desarrolla y vive en el lenguaje.  
El lenguaje que aporta las palabras con las que se construyen los pensamientos.
Ahí, creo, reside alguna clave. Pero no tengo la certeza de nada, pienso y pienso, como si al pensar los hechos trágicos pudiera encontrar una vacuna que ayude a cortar esta cadena.

Propongo escuchar con atención lo que decimos en torno al caso Lucía o cualquier otro que haya ocurrido antes, incluso el discurso de los más dolidos y exaltados. Propongo leer lo que se publica desde los grandes medios. Cada palabra puesta en un portaobjeto llevado al microscopio, en un laboratorio del lenguaje. Aparecen, inexorablemente aparecen los términos que expían nuestras culpas como sociedad por la enfermedad que no podemos curarlo, Vean lo que dicen las fotos, cara de qué tenía la muerta. Porque la protagonista termina siendo la muerta; ni los violadores asesinos ni la sociedad que los vio crecer. A esta hora ni siquiera vi una sola foto de los hijos de nuestra mierda. Si ella, si morbosamente ella. No los padres de los violadores asesinos, ella y sus padres. Qué hicieron sus padres, cómo eran como padres, cómo se les escapó que esto podría pasarle. Se da una inversión macabra de la carga de la prueba. Los padres parecen tener que demostrar que ella no merecía morir. Es Mirtha preguntando "qué hiciste para que te pegara". ¿Alguien cree que el problema es Mirtha, que ella y nadie más (porque está muerta y convertida pero no lo sabe), es capaz de interrogar a las víctimas? Lo hacen los medios a cada rato, lo hace una tia, lo hace nuestro mejor amigo. Pero nos hemos acostumbrado a que este virus circule, hemos naturalizado palabras como trola, puta, ligerita, adicta, buscona, Las han soltado frente a nuestros ojos y no las hemos sabido capturar, porque son palabras que parecen inocentes, que no revisten la ferocidad tangible del sátiro de la esquina. Pero van por dentro de todos nosotros, como el arsénico viaja en la sangre de los que dejaron de comer carnes y le dan solamente a la lechuga. Y cuando las palabras femicidas llegan a los hogares no inmunizados con una buena contra educación, inmunizados con medios contra hegemónicos que le hagan frente al discurso antimujer (anti puto, anti negro, anti trabajador), desemboca en otra  muerta más, aunque gritemos y gritemos ni una menos. Ni una menos son tres palabras indefensas ante tanto lenguaje asesino. Lenguaje que no solamente mata, a veces deja provisorios moretones, a veces destruye autoestimas, siempre daña.
Cuchillos, hachas, picos, lanzas, flechas, salgamos con todo a detener la plaga, Enojémonos ante las supuestas pelotudeces que dicen en la cola del banco, interpelemos al virus cuando nos demos cuenta de que pasa. 
Antes de que sea demasiado tarde. 
Porque siempre es demasiado tarde.


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Catarsis, pido perdón.

Bueno, es oficial, ya me cansé. Me tienen los huevos como dos fititos con el epíteto supuestamente despectivo y denigratorio de "pseudointelectual".
¿Qué mierda vendría a ser un pseudointelectual? Antes, ¿qué es un intelectual?, ¿qué consideran, los que me baten pseudo que son los intelectuales posta? ¿Hay que tener un libro editado?, ¿te tiene que hacer el prólogo Slavoj Žižek? Citame intelectuales, dale. Beatriz Sarlo, bien, quién más. 

Pareciera haber un lugar sagrado en donde habitan unos Seres Superiores hechos de cerebro ante los que deben rendirse las ideas de las personas comunes. Si eso son los intelectuales, yo no lo soy, no me creo más que nadie; no tengo talento para elaborar grandes teorías, así que me conformo con algunos pensamientos sueltos que vierto por aquí y por allá, tratando de escribirlos lo mejor que puedo, aunque sepa que en el fondo son generalizaciones infundadas e interpretaciones caprichosas.
Una vez me dijo Eduardo Galeano (sí, forro, a mí en persona me lo dijo, andá a buscarla al ángulo) que se imaginaba a los intelectuales como seres monstruosos, todo cabeza, sin miembros, ni sexo, ni dolores corporales. No, no soy yo.

Pero nunca me falta el pelotudo que (nunca de frente) desliza algún comentario sobre lo que digo o pienso, usando el término pseudointelectual. Me la soban, pero me cansé de la impunidad de andar tirando palabras ridículas. Sobre todo cuando son contra mí.

En general, el que va a su muro y dice "algunos pseudointelectuales que no comprenden" (ilguinis psidintilictilis qui ni quimprindin) se ubican en corrientes del pensamiento sedicentes populares, que ven en los que la piensan mucho como unos inútiles contra revolucionarios de la Unión Democrática. Y yo le digo (a uno solo, paso al singular): aguantá, reencarnación de Evita eructando mortadela de oferta, si los que nos cuestionamos tus enjuagues somos una miserable minoría, la revolución va sola, bancate putear a Massa y después votarlo, cosa que yo no voy a hacer pero me pasó con el manco.

Ahora que lo pienso, sí soy intelectual. Esto mismo que escribo está escrito desde el intelecto. Puede gustar más o menos, pero lo que tipean mis dedos no me llega del colon, ni del glande, ni de los riñones, viene de mi pobre y deslucida mente.
El Negro Álvarez también es un intelectual. O con qué redacta los chistes. 
El que escribe carteles del horario de atención también es un intelectual.
Es decir, no todos cavamos zanjas. Por ahí usamos el marulo y lo usamos para cosas.
Perdooón manos callosas de la labrar la tierra, perdoooón por despreciar al pueblo y encerrarme en una torre de cristal desde donde elaborar conceptos que no sirven para nada.
Seguí tu camino, no me des pelota, andá a construir barricadas, vos que sos tan valiente.

Pero pensá antes de hablar, pelotudo, no te das cuenta de que parecés pseudointelectual.

Capítulo aparte para el término culturoso. Eso lo dicen los que no les gusta leer y se creen puro instinto. Sí, claro, cómo no.

Y un capítulo final (algún día voy a editar un libro por editorial Dunken y se van a arrepentir) para los que van a las redes a sacudir tiros por elevación. "Leí por ahí", decí a quién se lo leíste, pejerto, comentale abajo donde dice comentar y bancate el pijazo.

Gracias, buenas noches.

martes, 2 de agosto de 2016

Ser felices (nosotros)


Iba a decir que no nos roben la felicidad, pero está mal, no nos pueden robar lo que no tenemos, porque no somos felices. Usted dirá que es feliz, yo diré que soy feliz en los intersticios, pero en esa cuenta somos dos, universo demasiado reducido para armar desde allí un Nosotros. El nosotros del que hablo es la humanidad (unos 7 mil millones de personas) o es mi país (40 milloncitos). Dentro de esos colectivos va gente sufriendo.
 Acabo de hablar con un colega y amigo, corresponsal de una cadena de noticias. Me dice que desde la Departamental de Policía están preocupados, en la ciudad aumentan (aunque no haya estadísticas, hay percepción empírica) los casos de pibes y pibas -18 que se boletean. No sale en los medios, porque los periodistas con algún grado de conciencia sabemos que los suicidios son contagiosos, pero aparentemente el problema está.
Perdón por el golpe bajo, no es precisamente la intención, pero me sirve para tratar de que se instale una actividad necesaria la de construir felicidad.
Ya hemos visto que al mapache maquiavélico que nos gobierna le gusta hablar en estos términos, casi no hay discurso en el que -en su media lengua- no cuele alguna mención al respecto. Como el 1° de mayo, cuando fantaseó con un decreto para ser felices, o como en las primeras tandas de despidos, que adornó con una exhortación a que los despedidos busquen otro camino para la hapiness.
  La derecha roba, @laderecha. Suele tomar valores humanos para contrabandear su ortodoxia económica monetarista, librecambista y neoliberal. Hace como se debe hacer para darle una pastilla al perro, la envuelve en una albóndiga aceptable de tragar. De esa manera, por ejemplo, se apropia del budismo para que aceptemos la realidad, se apropia del hinduismo para que creamos en el karma y en las castas, se apropia del cristianismo para que pongamos la otra mejilla. Un fabuloso mecanismo de tergiversación que le reditúa.
 Ahora lo viene haciendo con la felicidad. Alguna franquicia espiritual de la escuela de las américas, los couchea con música de paz espiritual y letra de superación individual. La felicidad, usurpada por los gurúes del mercado, es una suma de logros materiales que devendrán de una "nueva" sociedad, tan supuestamente meritocrática como despojada de la historia, de la puja distributiva y de la lucha de clases. 
Yo no se ser feliz en esos términos. Yo no quiero una felicidad así, yo no compro ese chamuyo y haré lo imposible para que nadie sonría por haber alcanzado una cima de cadáveres materiales o simbólicos.

Tenemos mucho por hacer, tendríamos que armar una gran fiesta, un fogón con guitarreada, una cena a la canasta de asuntos gratificantes. Deberíamos rescatarnos, deberíamos robarle al botarate su robado sí se puede, pero para poder otra cosa, para ir detrás de nuevos sueños. 
No hablo de consuelo, hablo de alegría como sentimiento nuevo, así como el amanecer no es tan solo el fin de la noche. Hablo de apropiarnos del presente, hablo de salir de la cueva negra en la que nos meten, hablo de contradecir el futuro.
 No van a ayudarnos ni las escuelas, ni los medios, ni por supuesto el gobierno de los garcas, vamos a ayudarnos nosotros. 

Defender la alegría y defender la tristeza, a la que también hay que defender de la alegría.