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lunes, 26 de diciembre de 2016

mundo onírico



Otra vez tuve uno de esos sueños que me despiertan lleno de preguntas acerca de qué pasa ahí adentro.

1.

Yo era de los aliados y capturamos una tortuga perteneciente a Joseph Goebbels, el poderoso ministro de propaganda de Hitler. Por lo que sucedería después, el quelonio había sido encontrado culpable de crímenes varios y condenado a muerte. Un tortugo de los nuestros, en el living de mi casa, era el encargado de la ejecución. Ahí es donde este sueño, hasta ahora tan normal, se convierte en pesadilla. Porque el proceso de apagar la vida de la tortuga nazi se vuelve morbosamente largo. El verdugo -de mayor contextura - se monta sobre el condenado y busca su cuello para decapitarlo a mordidas. Tal vez pasen horas hasta que obtenga la primera sangre. Yo no puedo mirar. Poco amigo de la pena de muerte, aunque sepa cuánta desgracia debe pagar la tortuga de Goebbels, tengo el estómago revuelto por esta agonía. Así que me voy, dejo que esa forma de justicia siga su curso sin que yo la vea, me escondo en mi cuarto para no ver la boca del que agoniza abrirse en un grito sordo y eterno. Después vuelvo, porque soy algo así como un supervisor. La cabeza y el cuello del nazi han desaparecido, quedando un agujero rodeado de sangre que mancha su propio caparazón. El ejecutor la lame. 

2.

Me caigo, me golpeo la cabeza y me desmayo. Me despierto. Soy una leona. No, mejor dicho, soy una de Las Leonas, pertenezco al seleccionado femenino de hockey. Sigo siendo hombre, pero por algún sortilegio que el sueño no consigna, ahora tengo trenzas y minifalda.


3.

(en ese entonces yo era gerente de una librería) Entra a mi oficina un pato gigante. Cuac, un pato, gigante, del tamaño de ese pajarraco de Plaza Sésamo. Daniel (el dueño) me pasa un puñal y me ordena matarlo. Voy a hacerlo, tomo postura de duelo de arma blanca, medio agachado, los abrazos abiertos, sosteniendo firme el cuchillo. Pero el pato se transforma, es una tía, es otra cosa, se transforma en un niño. Daniel me susurra que no me deje engañar, me dice que el pato muta como la chica de El Exorcista. Supongo que lo maté, me desperté justo.



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Cat's stuff

Vas a buscar tus cosas para salir y el gato quiere ser parte


viernes, 14 de octubre de 2016

We, The Walking Dead (va por Lucía)

Quien no ve The Walking Dead puede pensar que es una serie sobre zombies. 
Es una serie sobre zombies, pero a la vez no. Se trata de humanos en una situación límite, en este caso una epidemia mundial de una rara enfermedad en la que una suerte de parásito se aloja en los cadáveres y los anima como siniestras marionetas. Cada muerto caminante, lento, bobo y espantoso, vaga por siempre en búsqueda de alimento, que ocasionalmente será una persona viva. que morirá por sus mordidas, que se convertirá en otro muerto viviente. La forma de cortar la cadena es darle con algo al zombie en la cabeza, un cuchillo, un pico o una flecha que perfore el cráneo y listo, el monstruo no walking más.
La serie relata las peripecias de un grupo de personas para sobrevivir al apocalipsis; la búsqueda de comida, armas y refugios seguros, la interrelación con otros grupos (la mayoría peligrosos, algunos caníbales, otros manejados por psicópatas), las nuevas y a la vez primitivas instituciones humanas, unas que se inauguran allí donde colapsaron las otras. No existiendo ya un gobierno central, cada tribu es una ciudad estado nómade, que establece reglas perecederas y mutantes, que se asentarán en la legislación no escrita en la medida en que ayuden a mantenerse con vida.
 Un dato interesante -descubierto por los protagonistas en alguna de las temporadas de la mitad - es que todos están enfermos, hayan sido mordidos o no por los caminantes. Cualquiera que muera (y cuya cabeza no sea oportunamente rota) pasará por una intensa fiebre, que lo dejará con los ojos de zombie, haciendo sonidos guturales y con una imparable pulsión por morder al que se cruce. -Ya no es él dirán al ser querido que entre llantos deba hincarle el fierro.

En estos días, temporada alta de aniquilar mujeres, vengo pensando en TWD. 
Aparecen los "monstruos", queremos matarlos, pedimos que algún preso apunte a los parásitos que se habrán adueñado de sus cabezas, nos desespera que no haya un estado que implemente políticas de seguridad y/o educativas que preserve la vida de las chicas, pero a la vez -y pese a un creciente movimiento al interior de la opinión pública- la epidemia parece seguir su curso imparable. Cada mujer violada, cada mujer asesinada, es tanto un fracaso como una muestra de esta realidad espantosa.
Pero no son monstruos, me cuesta decirlo, ojalá lo fueran. Ojalá fuesen criaturas bajadas del espacio o manejadas por un virus invisible que les inocula su maldad. Son tipos que caminan a nuestro lado, varones que pueden haber sido compañeros de escuela o haber estado atrás o adelante en la fila de la heladería. No tienen cuernos, no tienen garras, no hacen sonidos de perro moribundo. Acá viene lo peor: hablan nuestro idioma. 
El agente transmisor que activa a los femicidas se desarrolla y vive en el lenguaje.  
El lenguaje que aporta las palabras con las que se construyen los pensamientos.
Ahí, creo, reside alguna clave. Pero no tengo la certeza de nada, pienso y pienso, como si al pensar los hechos trágicos pudiera encontrar una vacuna que ayude a cortar esta cadena.

Propongo escuchar con atención lo que decimos en torno al caso Lucía o cualquier otro que haya ocurrido antes, incluso el discurso de los más dolidos y exaltados. Propongo leer lo que se publica desde los grandes medios. Cada palabra puesta en un portaobjeto llevado al microscopio, en un laboratorio del lenguaje. Aparecen, inexorablemente aparecen los términos que expían nuestras culpas como sociedad por la enfermedad que no podemos curarlo, Vean lo que dicen las fotos, cara de qué tenía la muerta. Porque la protagonista termina siendo la muerta; ni los violadores asesinos ni la sociedad que los vio crecer. A esta hora ni siquiera vi una sola foto de los hijos de nuestra mierda. Si ella, si morbosamente ella. No los padres de los violadores asesinos, ella y sus padres. Qué hicieron sus padres, cómo eran como padres, cómo se les escapó que esto podría pasarle. Se da una inversión macabra de la carga de la prueba. Los padres parecen tener que demostrar que ella no merecía morir. Es Mirtha preguntando "qué hiciste para que te pegara". ¿Alguien cree que el problema es Mirtha, que ella y nadie más (porque está muerta y convertida pero no lo sabe), es capaz de interrogar a las víctimas? Lo hacen los medios a cada rato, lo hace una tia, lo hace nuestro mejor amigo. Pero nos hemos acostumbrado a que este virus circule, hemos naturalizado palabras como trola, puta, ligerita, adicta, buscona, Las han soltado frente a nuestros ojos y no las hemos sabido capturar, porque son palabras que parecen inocentes, que no revisten la ferocidad tangible del sátiro de la esquina. Pero van por dentro de todos nosotros, como el arsénico viaja en la sangre de los que dejaron de comer carnes y le dan solamente a la lechuga. Y cuando las palabras femicidas llegan a los hogares no inmunizados con una buena contra educación, inmunizados con medios contra hegemónicos que le hagan frente al discurso antimujer (anti puto, anti negro, anti trabajador), desemboca en otra  muerta más, aunque gritemos y gritemos ni una menos. Ni una menos son tres palabras indefensas ante tanto lenguaje asesino. Lenguaje que no solamente mata, a veces deja provisorios moretones, a veces destruye autoestimas, siempre daña.
Cuchillos, hachas, picos, lanzas, flechas, salgamos con todo a detener la plaga, Enojémonos ante las supuestas pelotudeces que dicen en la cola del banco, interpelemos al virus cuando nos demos cuenta de que pasa. 
Antes de que sea demasiado tarde. 
Porque siempre es demasiado tarde.


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Catarsis, pido perdón.

Bueno, es oficial, ya me cansé. Me tienen los huevos como dos fititos con el epíteto supuestamente despectivo y denigratorio de "pseudointelectual".
¿Qué mierda vendría a ser un pseudointelectual? Antes, ¿qué es un intelectual?, ¿qué consideran, los que me baten pseudo que son los intelectuales posta? ¿Hay que tener un libro editado?, ¿te tiene que hacer el prólogo Slavoj Žižek? Citame intelectuales, dale. Beatriz Sarlo, bien, quién más. 

Pareciera haber un lugar sagrado en donde habitan unos Seres Superiores hechos de cerebro ante los que deben rendirse las ideas de las personas comunes. Si eso son los intelectuales, yo no lo soy, no me creo más que nadie; no tengo talento para elaborar grandes teorías, así que me conformo con algunos pensamientos sueltos que vierto por aquí y por allá, tratando de escribirlos lo mejor que puedo, aunque sepa que en el fondo son generalizaciones infundadas e interpretaciones caprichosas.
Una vez me dijo Eduardo Galeano (sí, forro, a mí en persona me lo dijo, andá a buscarla al ángulo) que se imaginaba a los intelectuales como seres monstruosos, todo cabeza, sin miembros, ni sexo, ni dolores corporales. No, no soy yo.

Pero nunca me falta el pelotudo que (nunca de frente) desliza algún comentario sobre lo que digo o pienso, usando el término pseudointelectual. Me la soban, pero me cansé de la impunidad de andar tirando palabras ridículas. Sobre todo cuando son contra mí.

En general, el que va a su muro y dice "algunos pseudointelectuales que no comprenden" (ilguinis psidintilictilis qui ni quimprindin) se ubican en corrientes del pensamiento sedicentes populares, que ven en los que la piensan mucho como unos inútiles contra revolucionarios de la Unión Democrática. Y yo le digo (a uno solo, paso al singular): aguantá, reencarnación de Evita eructando mortadela de oferta, si los que nos cuestionamos tus enjuagues somos una miserable minoría, la revolución va sola, bancate putear a Massa y después votarlo, cosa que yo no voy a hacer pero me pasó con el manco.

Ahora que lo pienso, sí soy intelectual. Esto mismo que escribo está escrito desde el intelecto. Puede gustar más o menos, pero lo que tipean mis dedos no me llega del colon, ni del glande, ni de los riñones, viene de mi pobre y deslucida mente.
El Negro Álvarez también es un intelectual. O con qué redacta los chistes. 
El que escribe carteles del horario de atención también es un intelectual.
Es decir, no todos cavamos zanjas. Por ahí usamos el marulo y lo usamos para cosas.
Perdooón manos callosas de la labrar la tierra, perdoooón por despreciar al pueblo y encerrarme en una torre de cristal desde donde elaborar conceptos que no sirven para nada.
Seguí tu camino, no me des pelota, andá a construir barricadas, vos que sos tan valiente.

Pero pensá antes de hablar, pelotudo, no te das cuenta de que parecés pseudointelectual.

Capítulo aparte para el término culturoso. Eso lo dicen los que no les gusta leer y se creen puro instinto. Sí, claro, cómo no.

Y un capítulo final (algún día voy a editar un libro por editorial Dunken y se van a arrepentir) para los que van a las redes a sacudir tiros por elevación. "Leí por ahí", decí a quién se lo leíste, pejerto, comentale abajo donde dice comentar y bancate el pijazo.

Gracias, buenas noches.

martes, 2 de agosto de 2016

Ser felices (nosotros)


Iba a decir que no nos roben la felicidad, pero está mal, no nos pueden robar lo que no tenemos, porque no somos felices. Usted dirá que es feliz, yo diré que soy feliz en los intersticios, pero en esa cuenta somos dos, universo demasiado reducido para armar desde allí un Nosotros. El nosotros del que hablo es la humanidad (unos 7 mil millones de personas) o es mi país (40 milloncitos). Dentro de esos colectivos va gente sufriendo.
 Acabo de hablar con un colega y amigo, corresponsal de una cadena de noticias. Me dice que desde la Departamental de Policía están preocupados, en la ciudad aumentan (aunque no haya estadísticas, hay percepción empírica) los casos de pibes y pibas -18 que se boletean. No sale en los medios, porque los periodistas con algún grado de conciencia sabemos que los suicidios son contagiosos, pero aparentemente el problema está.
Perdón por el golpe bajo, no es precisamente la intención, pero me sirve para tratar de que se instale una actividad necesaria la de construir felicidad.
Ya hemos visto que al mapache maquiavélico que nos gobierna le gusta hablar en estos términos, casi no hay discurso en el que -en su media lengua- no cuele alguna mención al respecto. Como el 1° de mayo, cuando fantaseó con un decreto para ser felices, o como en las primeras tandas de despidos, que adornó con una exhortación a que los despedidos busquen otro camino para la hapiness.
  La derecha roba, @laderecha. Suele tomar valores humanos para contrabandear su ortodoxia económica monetarista, librecambista y neoliberal. Hace como se debe hacer para darle una pastilla al perro, la envuelve en una albóndiga aceptable de tragar. De esa manera, por ejemplo, se apropia del budismo para que aceptemos la realidad, se apropia del hinduismo para que creamos en el karma y en las castas, se apropia del cristianismo para que pongamos la otra mejilla. Un fabuloso mecanismo de tergiversación que le reditúa.
 Ahora lo viene haciendo con la felicidad. Alguna franquicia espiritual de la escuela de las américas, los couchea con música de paz espiritual y letra de superación individual. La felicidad, usurpada por los gurúes del mercado, es una suma de logros materiales que devendrán de una "nueva" sociedad, tan supuestamente meritocrática como despojada de la historia, de la puja distributiva y de la lucha de clases. 
Yo no se ser feliz en esos términos. Yo no quiero una felicidad así, yo no compro ese chamuyo y haré lo imposible para que nadie sonría por haber alcanzado una cima de cadáveres materiales o simbólicos.

Tenemos mucho por hacer, tendríamos que armar una gran fiesta, un fogón con guitarreada, una cena a la canasta de asuntos gratificantes. Deberíamos rescatarnos, deberíamos robarle al botarate su robado sí se puede, pero para poder otra cosa, para ir detrás de nuevos sueños. 
No hablo de consuelo, hablo de alegría como sentimiento nuevo, así como el amanecer no es tan solo el fin de la noche. Hablo de apropiarnos del presente, hablo de salir de la cueva negra en la que nos meten, hablo de contradecir el futuro.
 No van a ayudarnos ni las escuelas, ni los medios, ni por supuesto el gobierno de los garcas, vamos a ayudarnos nosotros. 

Defender la alegría y defender la tristeza, a la que también hay que defender de la alegría.


lunes, 1 de agosto de 2016

La teta o la vida



Me quedó dando vueltas lo de las tetas, El Tetazo, toda la movida en contra de la pacatería antediluviana.
Está muy bien, banco el reclamo. No es posible que a esta altura de la suaré haya retrógrados que se ofendan porque una madre pela un pecho para amamantar a su hijo. Sobran ejemplos de cosas que sí tolera el conservador medio, desde la publicidad callejera del negocio del sexo, pasando por la violenta y violentadora televisión, hasta llegar a los linchamientos públicos de rateros ocasionales.
Lo que no me parece bien es que a un bebé lo sorprenda el hambre con su madre en la calle. Algo dice de la manera en la que vivimos, algo dice de un sistema donde no podemos darnos el lujo que las mamás estén con sus niñitos en la casa hasta que haga falta. Me responderán que las mujeres no tienen por qué perderse de cosas por el hecho de ser madres. Retrucaré que no se si es tan cierto. Porque ese mismo criterio me ha hecho tener que padecer berreos de bebés en el cine, un lugar no demasiado natural para ellos. Hablamos de una sala oscura, con sonido dolby tronando desde las paredes, con gente llena de microbios que pagó cien pesos para apreciar una obra de arte. Yo padre he dejado de hacer cosas en esta condición, cosas que esperarían (o no) a que mi progenie tenga la edad para acompañarme.
 Saquen la teta cuando sea menester, pero no me naturalicen que se coma en la calle. Cuando el mediodía me retuerce el estómago de hambre, me he comprado mis dos sandwichitos de roquefort y los he ido comiendo, pero no dejo de preferir comer en casa, en la intimidad, sobre una mesa, con el tiempo y el ritmo necesario para eso.
 Cascoteemos a los estúpidos comerciantes a los que les parecen abominables los pezones lácteos, pero no naturalicemos que las necesidades fisiológicas nos encuentren en la vía pública, que de por sí es hostil para esos menesteres. Hay gente que se caga, hay parejas que quieren darse mimos, hay personas que quisieran dormir.

 De lo contrario, pareciera que nos empeñáramos en conquistar unas libertades mientras sepultamos las más básicas. Quién nos robó el tiempo para cada cosa.

miércoles, 29 de junio de 2016

Pseudo disquisición de cierta pseudo izquierda extraviada y a la espera.

Me parece que para el peronista es un poco más fácil. Van a decir que no, que sufren, y van a pasearte por la carretera de la historia que arranca en 1955. Un montón de hitos que no niego, tan evidentes como el Holocausto. Ese reguero de desgracias y crímenes operan para el peronismo como la historia del pueblo judío sirve al estado de Israel. Se ha sufrido tanto, que el crédito es ilimitado. Qué me vas a hablar a mí de dictaduras, si la mayoría de los desaparecidos eran compañeros. Chito la boca.
 Igual pienso que si sos peronista es más fácil. El peronismo es la maquinaria del poder argentino, le puede ir mejor o peor, pero sin sus tetas no hay paraíso. Ahora esta haciendo la digestión como una enorme serpiente con un venado adentro. Es cuestión de esperar a que le vuelva el hambre. ¿Esperar también que se le den las condiciones propicias? Las condiciones propicias, son todas las condiciones posibles para su camino sinuoso. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, siempre para adelante.
(Niego que comparar al peronismo con el estado israelí y con una boa constrictor sea un resurgimiento de mi gorilismo. Que la cuenten como quieran, pero si en mi vida he sido testigo de buenas acciones de gobierno, estas se dieron en la década anterior. ->Aclaración que hay que hacer para no ser expulsado de los feis opinadores del campo popular. >Igual es al repedo, para el peruca paladar negro uno jamás dejará de ser un goy advenedizo, un pseudo intelectual carente de fe, un extraño y un potencial traidor a sus ideas, que mañana pueden ser las contrarias, tomá, te lo dije)
¿Y los demás? Estamos viendo qué hacer, pero viendo nada más, esperando sin querer esperar. Los zurdos adjuntos estamos entre esperar la digestión jugando al piedra papel o tijera o ponernos a urdir otra trama, a riesgo de que el peronismo se despierte, se imponga de nuevo como única política real y nos mande al fondo de la lista a servirle café.
  El gran, grandísimo problema de la izquierda inorgánica, es que trae una tradición de golpearse el pecho a pura autocrítica. Sabe que no llega al votante medio porque su cosmovisión es desmesuradamente compleja y porque sus valores son de otro planeta. A eso se le suman las miles de cagadas que se ha mandado desde la Unión Popular para acá, pasando por el estalinismo, Isabelita, Videla etc. Así que es una muda asamblea de penitentes, autocondenada a reeducarse con manuales peronistas.
 Y el otro gran problema es que es una manada de ególatras no asumidos. Muchos quieren ser candidatos, pero está mal visto que lo digan, no sea cosa que los acusen de culto a la personalidad. Así que se acumulan reuniones adonde todo se interpreta y se reinterpreta hasta el bostezo, tratando de postergar el asuntito de quién se pone a la cabeza. Es como un grupo de autoayuda de homicidas, si en algún momento se pudre, se matan entre todos.

 Muerto indignamente el radicalismo, el peronismo con sus ruidos estomacales, el trotskismo conforme con su rol, nunca me pareció más evidente la necesidad de una nueva fuerza. Pero no sea cosa que la formemos y en serio vuelva Cristina montando un dragón.

martes, 28 de junio de 2016

Cataclismo ya

   Quisiera ser como esos elefantes de Indonesia, que percibieron el temblor y se alejaron al trote selva adentro, lejos de la playa adonde después llegó la ola inmensa y mató a todos. Pero no para salvarme, simplemente para sentir en las patas que las placas allá abajo se están moviendo, chocan entre sí, se rozan, se estrellan y en cualquier instante su conflicto va a abrir en dos la tierra que pisamos.
 Desde un plano meramente estético, olvidándose uno de las consecuencias humanas y materiales, las catástrofes naturales tienen algo de hermosas. Los terremotos, las tempestades, los volcanes eyaculando lava, las tormentas de nieve, los incendios, desesperan y a la vez tranquilizan, porque consuman los miedos, los hacen una tan patente realidad,  que el miedo se queda sin argumentos. Esto es lo peor que nos podía pasar y está pasando, así que podremos sufrir, pero no hay razones para desvelarse por un horror abstracto, por la fatalidad potencial.
Freddy Krueger a la luz del día, se toma un café con el volcán Krakatoa frente a la plaza.
Vivimos momentos de cataclismos que los medios convierten en invisibles. A un hombre se lo traga la calle helada, una familia es cocinada en su casilla tratando de calentarse, un estrepitoso alud de acero cierra para siempre la librería de acá a la vuelta. Y por entre medio vamos nosotros, la estupidizada opinión pública, con los ojos sobre pantallas, con un hilo de baba cayendo de nuestros labios, confiados en que la sangre que ya corre no llegará al río, que vendrá una reina montada en un dragón a enderezar la trama hacia el lado de la justicia. 
 Pero los héroes están de vacaciones, dios está muerto y al telekino ya lo sacaron. Igual seguimos hablando de jugadores o de lo que sea que nos haga sentir involucrados, con algo instrascendente que decir, pera que nos hace parecer aptos para los debates.
 Nos cortan las piernas por placer y nos lo venden como terapia alternativa. Y si uno dice paren, esto es un horror, que alguien haga algo, millones de bien pensantes sonreirán con suficiencia, porque el amigo de un primo de un vecino les ha dicho que no subirán la sierra por encima de las rodillas.
 Mientras yo estoy deseando el fin del mundo y se me antoja que todo se queme y empezar de nuevo, muchos están detenidos en librar la batalla en el terreno de la historia, tratando de analizar gobiernos que se terminaron hace siete meses, que podrían ser siete años o setenta o setecientos. Otros juntan las manos y rezan, soportan el tormento porque consagran sus almas a la religión de las urnas. Ja, en tal año hay elecciones y todo se va a arreglar, y después vienen las otras elecciones y ahí todo se va a arreglar. Y mientras eso pasa, en otros confines, seres humanos parecidos a los de acá, siguen votando para el orto (como en las fiestas de fin de año, vemos los fuegos de artificio por la tele mucho antes de nuestra cena, diferenciados apenas por los husos horarios). Ah, pero acá ya aprendimos. 
Ah, pero acá ya aprendimos. 
Ah, pero acá ya aprendimos. 
Ah, pero acá ya aprendimos. 
Ah, pero acá ya aprendimos.

 Tiempos de atomización de la realidad, de una fragmentación que nos estalla en la cara, con pedacitos aislados como perdigones. Pero ni aún así podemos verla, y creemos que nuestros dolores son eso, nuestros, propios, de cada uno.

No amigos, eso que se mueve es el tsunami invisible del capitalismo. 
Vayamos a la jungla o quedémonos a luchar, pero dejemos de ser tan idiotas.

martes, 7 de junio de 2016

El sinsentido aparente del Universo


   Que una persona pase de pagar noventa pesos por el servicio de gas a pagar dos mil, no sólo impacta en su bolsillo. Si en lugar de prender fuego a la sede de la empresa, su primera reacción es preguntarse cómo podrá pagarlo, si acepta, aunque sea amargamente, que las condiciones han cambiado y que acaso sea él  y sólo él quien no esté a la altura de esos cambios, si rumia su fracaso como si la autoría le perteneciera, lo que en realidad pasa es que el sistema ha ganado su batalla por la conquista del sentido.
 Hoy es el día del periodista, y no se cuántos saben que somos fabricantes de eso, de sentido. Que cada noticia, cada opinión, cada título, cada foto es un ladrillo que va construyendo una idea general del universo y un bosquejo de uso colectivo de lo justo y de lo injusto.
 No soporto el gesto aséptico que ponen en cámara algunos de mis colegas, esos aires de importancia con que trafican las piedras de ese castillo ajeno que apenas los emplea como pajes. Actúan con el cinismo de los mosquitos que transmiten el dengue sin contraerlo: cualquier zancudo (así como cualquier presentador de noticias), dirá que apenas cumple con su rutina de trabajo y que no depende de él lo que ocurra con su pico.
Y no lo soporto porque las cabezas que luego cascan con garrotes en la pantalla, con un zócalo que dirá DISTURBIOS, las cabezas que nunca son rubias, que nunca usan champú Lóreal, se llenarán de las magulladuras que el noticiero vino enseñando a su audiencia a tolerar y justificar.
Y en otra parte el editor de un portal de noticias quiere adornar la página con un muestrario de culos. Nalgas por las que trepa la cosificación femenina, tangas que sostienen a los violadores, para que desciendan como arañas sobre mujeres de la calle (y digo "de la calle" y quiero volver para aclarar que hablo de tu madre o de la mía, de tu hermana, de mis hijas, que transitan unas calles pavimentadas de un sentido misógino y abusivo). E irá a cubrir, hará cubrir, el director del portal, la marcha por Ni una menos, tratando de que se note cuánto compromiso tiene la empresa ante la violencia de género. La ignorancia que se finge en las redacciones no me parece de ningún modo absolutoria.

 Pero también hay gente digna, hay periodistas dignos y conscientes, hay periodistas que sí se reconocen operarios y operarias de un engranaje que levanta paredes de sentido. Hay úlceras, hay ansiedad, hay bronca mientras se ganan el pan y discuten con jefes pelotudos que fingen ignorar lo que fabrican. Hay hormigas tratando de debilitar al monstruo desde dentro mismo de sus fauces.

 No alcanza, nunca alcanza en tanto los periodistas seamos proletarios y una caterva de canallas posea los medios de producción.
Tal vez exagere un poco, pero la nuestra debe ser la profesión con menos conciencia de clase.
Si estoy en un error al respecto, que se me muestre una lista de al menos cinco periodistas que interpelen preguntando a un funcionario poderoso hasta ponerlo contra la pared de sus propias contradicciones. Las preguntas que escucho son rampas o pistas de aterrizaje.


 El Universo, la realidad, la vida es puro caos, hasta que llegan los telescopios, los microscopios y los observadores a describir la lógica interna de las cosas. Lo sabemos, pero a veces preferimos magias y hechos fortuitos e inconexos. El sistema hace creer que no hay un orden ni un deber ser, para que en la atomización aparente de los procesos, no nos quede otra que el cinismo, la abulia, la desesperanza y pagar la cuenta de gas.

No concibo un periodismo no mire ni se mire en perspectiva, que no piense en el gran mensaje que constituye la suma de todos sus mensajes.

Feliz día para tod@s los buenos periodistas.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Se lee demasiado, y entonces no se lee nada.

 No es lo mismo leer que citar un texto, no es lo mismo leer que compartir un extracto con la foto debajo del fulano que la escribió. Pienso que muchos hacemos eso para recordarnos lo que es leer, pero leer en serio, leer en privado, gozando de ese espectáculo codificado del lenguaje, siendo atravesados por conceptos complejos que, por bien armados, tienden a parecernos ciertos; esa aceleración de la sangre con nuestro personaje acorralado, ese cosquilleo en la entrepierna por una minúscula y a la vez super potente escaramuza romántica. Leer en serio es no estar en las redes contando que se lee, el grupo es otro, una secta de personas que se reúnen en pliegos de papel cosidos y pegados. Es no estar para nadie porque se está en la trama, y la trama se reserva para los ojos (y el corazón y el cerebro) de quien ha decidido espiar entre las hojas.
 Me considero lector, aunque pasen semanas y meses en que no lea. Porque ser lector es una condición de vida. Es haber leído por hambre, es haber hurgado en bibliotecas, fascinado por el conocimiento y la magia literaria inalcanzable, es tocar ciertos libros como si se tocara la propia jeta del señor, o animales extinguidos, o la cara de goma arrugada del mismísimo E.T.
 Y cada vez que vuelvo a mí, cada vez que me sumerjo en una historia y el libro se retuerce y se deforma por que lo abro mucho, o porque lo llevo conmigo a todos los lugares, me pregunto en qué carajo pensaba que no estaba con la lectura. Sí se qué pasa. Pasa la pinche computadora, y su versión más chica el pinche celular, el vetusto y vacío televisor y el moderno, más mejor y adictivo Netflix. Eso pasa. Leemos igual, todo el tiempo. Mensajes, comentarios, resúmenes del episodio de la serie, actualización java disponible, noticias de pelotudeces, noticias más importantes, pero todo, todo coyuntural. Nos han hecho creer que al mundo se lo comprende o se lo goza en tiempo real, que es aquí, que es ahora. Que todas las verdades humanas se trasuntan en lo instantáneo, en lo rápido, en un supuesto y súbito común acuerdo acerca del pasado inmediato y del valor de los puchos. Pero eso no es lectura, a lo sumo es un avistaje de palabras escritas que se han desentendido de la verdad, por mucha buena voluntad que le pongan quienes las tecleamos.
Off line hay otra galaxia, y muchos lo sabemos, pero tenemos miedo a la soledad de irnos al grupo ese de personajes del libro, que va a abandonarnos ni bien se acabe, aunque nos quedemos leyendo la contratapa y el año de impresión. Leer en serio es aislarse por un rato y perderse el dato de que Mirtha lloró, o de la cagada del momento del presidente, que por ignorada nos hará que luego no entendamos el meme. El meme, que es una hiper síntesis de lo actual, que dispara la risa al tiempo que congela una relectura de lo emergente, reemplazándola por un concurso de chistes.

 En estos tiempos urgentes, a mí se me ocurre que hay que volver a lo importante. Que hay que bucear muy en lo profundo para poner en perspectiva el presente, para salirnos de la supuesta originalidad y supremacía de lo contemporáneo. Porque hay montañas de libros que cuentan la historia, o cuentan historias inventadas pero puestas en un contexto, y que termina por hacernos entender que este no es ni el mejor ni el peor de los tiempos, y que de peores mierdas se ha salido.