Mi papá creía que si uno hablaba con alguien el tiempo suficiente, tarde o temprano iba a encontrar que alguna vez el camino entre ambos tuvo puntos en común. Y que eso valía para cualquier habitante de la tierra. Entonces, cada vez que conocía a una persona arrancaba por el apellido, seguía por lugar de nacimiento, ocupaciones, estudios... Era hablador papá. Me parece que las redes sociales son un poco eso, fascinan por las casualidades y las coincidencias. Un problema, pienso, es que en lugar de seguir cada uno su viaje, como ocurría antes, todo queda plasmado en un mosaico permanente de nombres y caras del pasado junto a nombres y caras del presente. De vez en cuando un pescado podrido se engancha en la red, uno que es amigo de un amigo de un amigo, que tal vez sea un enemigo, un indeseable, un perdido de ex profeso. Y entonces procedemos (procedo, no generalicemos) a revisar los hilos de plata de la trama, buscando dónde está la falla, hasta donde alcanza la afinidad con los se...