Querida Seño Eugenia: Te agradecimos personalmente. Pero decido escribirlo, acaso para poder expresar mejor la dimensión de este “gracias”. Todos hacemos lo nuestro. Cada quien con su ocupación, con su trabajo, hace lo mejor que puede. A veces ponemos más ganas, otras menos. Y por cierto los agradecimientos no abundan, no es más ni menos –entendemos- que la responsabilidad que nos toca. Pero a vos sí queremos decirte gracias. Porque de todos los trabajos que existen, el tuyo tiene que ver con nuestra mayor riqueza: nuestros hijos. Y cada día del año dijimos gracias. Hoy, ya en la despedida, juntamos esas gratitudes para que te las lleves, para que tengas constancia de vos misma, de lo que pudiste generar en cada una de nuestras familias. Son pequeños gestos, tal vez. Contarnos que “hoy le dolió la panza”, que “hoy no quiso hablar”, que “se siente triste”, que está contento. Pequeño reporte cotidiano de nuestros pequeños, desde alguien...
Me gusta el idioma. Para mí, que nunca salí del país, que ni pasaporte tengo, el idioma es un universo que me propuse conocer en todos sus rincones. Cada palabra incorporada es y fue un sello de visita en esa recorrida por los confines de la lengua. Desde ahí, y al querer también explorar las infinitas combinaciones en que juegan las palabras y se estructura el pensamiento, la llegada a la lectura era un sólo paso inevitable. En mi casa había una biblioteca. Como todas, tenía libros propios de mis viejos y otros libros heredados. Las bibliotecas son países aluvionales, abiertas a la inmigración extranjera, donde todos los libros conviven en armonía, lidiando por darse un color de identidad, muchas veces sin encontrarlo. Me levantaba en patas, después de haber terminado alguno de la colección Robin Hood o la Billiken, viendo qué otro mundo podía conocer. En esa biblioteca tenía varios montes Everest que me gritaban desde prosas impenetrables que todavía no est...
Yo no quiero un abogado que me prometa la libertad, porque sé la gravedad del delito del que se me acusa: Portación de derechos, para consumo personal y para su tráfico, en concurso real con apología del estado. Tuve un boga socialdemócrata que le daba, con lágrimas en los ojos, la razón el fiscal. Tuve un defensor neoliberal que pidió que me aumentaran la pena. Uno que vino del trotskismo dio un largo discurso, pidió un minuto de silencio por unos muertos, argumentó por todos los presos pero se olvidó de mí. El radical, que se sentó de aquél lado todo el tiempo. A mí me conviene, como a todos los humildes de la tierra, que me defienda un o una peronista. Me costó entenderlo. No sólo porque desde ahí se cultivaron buena parte de los derechos con los que me agarraron, sino porque el peronismo sabe lidiar con estos tribunales, en verdad no los combate, pero les hace frente. Me defiende a mí, y al mismo tiempo se empeña en campañas para despenalizar la posesión de tod...
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