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jueves, 15 de mayo de 2014

Instrucciones para comer duraznos (reedición)

Para comer un durazno maduro acaso primero deba proveerse de un babero grande o tener una toalla a mano o desnudarse el torso. Porque es una fruta destinada a manchar la ropa y a llenar la cara, barba, dedos con su generoso y abundante jugo.
Coloque el durazno sobre una superficie despejada y dedíquese a observarlo sin tocar. Perciba primero su perfume, deje que penetre en sus fosas nasales para acondicionar el ambiente de los sentidos con su dulzura etérea. Después observe la fina armonía de su forma. Desintegre el todo llamado durazno en una multiplicidad de partes y atiéndalas en particular. Primero el color. Estamos hablando de los duraznos amarillos, de piel aterciopelada y hueso no adherido a la carne. Fragantes. Blandos pero turgentes, con el color justo que la naturaleza pinta para llamar a los comensales, sean estos hombres o bestias. Es indefinible este color, tanto que en sí mismo es referencia dentro de la paleta de la naturaleza. Puede variar en sus partes más voluminosas, adquiriendo un femenino rubor, como si la fruta se avergonzara de su propia belleza, como si poseyera la virtud impostada de una doncella a la que se corteja con poemas de amor.
Note a continuación su vellosidad sutil. Tiene pelitos sí, pero tratan de pasar inadvertidos; sólo están allí para captar la humedad necesaria. Puede uno notarlos claramente cuando una gota de agua decide acampar en el abismo de su redondez. Ahora sí tóquelos. Pero que sea a una escala atómica. Que el durazno llegue a creer que sólo imagina una caricia. Apoye la yema de un dedo en uno de esos extremos pilosos. Apenas combe un poco más el pequeñísimo sable vegetal. Y después sí, peine delicadamente y trace la superficie. Que el durazno sepa que está siendo acariciado. Convendría que con una mano fije el fruto a la mesa y con la otra recorra la geografía duraznera. Tendrá el efecto de una carta documento: se le notifica a ud. que la caricia que ahora lo complace, prontamente será reemplazada por una dentellada profunda y final.
Notará que el durazno empieza a clamar que le desgarre la piel. Puede ser que esta aseveración se trate de lo que en psicología se llama transferencia, y sea uno el que se desespere por llegar a la pulpa. Da igual. El durazno no podrá contradecirlo, es un vegetal casi inerme.
Cómaselo de una vez. Primero una mordida en la parte más saliente. Tomando como referencia al durazno parado, con la zona del cabo hacia arriba, la zona más saliente coincidirá con el diámetro mayor de este bello producto del reino vegetal. Una mordida que desnuda al durazno de un trozo pequeño de su piel. Deténgase un momento a contemplar esa carne cercenada que ya desvestida empieza a inundarse de almíbar. Brilla y fulgura su humedad, como aceptando la nueva condición de objeto pronto a ser devorado.
En este punto, ya usted con esa dulzura deshaciéndose en la boca, no podrá esperar mucho más para ir a por todo y arrancar un pedazo mayor de durazno. Adelante. Este segundo bocado hará que sus dientes rocen el hueso y probablemente empiece, como se advierte al comienzo, a llenársele la barba de jugo. Séquese si le molesta, pero no pierda el ritmo de masticación. Vale aclarar que una vez introducido el pedacito de durazno en las fauces, no será ya tarea de los dientes su desintegración, sino de un trabajo mancomunado del paladar y la lengua. Notará que la materia sólida pasa rápidamente a líquida, produciendo un desmesurado placer a sus sentidos. Es este acto de comer duraznos, un verdadero paseo sensorial. Porque oirá, si presta debida atención, el sonido de las gotas cayendo sobre usted o sobre la mesa y el chasquido continuo de su boca trabajando sobre el fruto. Olerá el integrado aroma a sol de una fruta a medio desnudar.
El durazno ha quedado abierto de par en par. Desguazado por su hambre, carecerá de la mitad de su relativa esfera, como esas representaciones gráficas del interior del planeta. Aquí el magma se llama carozo. Ha llegado usted al corazón del durazno. Esa joya arrugada ha sido descubierta por fin, como la tumba de un faraón. Todos los pasos previos no tenían otro objeto, para el durazno y para el duraznero, que liberar este hueso de su cárcel de pulpa. Justamente por eso, las zonas adyacentes al carozo lucen más oscuras, mucho más intensas en su color, como si dijera al explorador que ya está llegando a su meta. Del mismo modo, el sabor se intensifica hasta la locura de todas las papilas.
Debe aquí tomar una decisión. O rodea el núcleo del durazno, comiendo la otra semiesfera, trazando un vuelta de calesita en derredor de este centro y evitando que el mismo se desprenda, o procede de la siguiente forma: tome al durazno con los extremos de ambas manos. Ojalá no tenga una prenda de marca cubriendo su torso. Con un dedo retire el carozo de su cuna. Ahora, mientras sostiene al fruto por la espalda, sumerja su cara enteramente en el hueco. Goce de las paredes de esta habitación recién barnizada, libe cuanta gota se desprenda de su entorno y empiece a redecorar este interior con el cincel que le venga en gana (pueden ser los dientes, la lengua, la nariz, una cucharita de té). Es interesante observar la presencia de estalactitas y estalagmitas en esta cueva. Son las arterias que se incrustaban en el corazón y ahora quedan como manos colgando del techo, emergiendo del piso, protestando por el vacío.
Déjese atrapar por el durazno. Caiga dentro de este abismo dulce, conviértase por un instante en el centro mismo de este pequeño universo frutal. Viva allí por unos meses, pague las expensas, tenga reuniones de consorcio imaginarias, discuta con el encargado, grite ascensor.
Más tarde o más temprano el durazno habrá desaparecido de la faz de la tierra. Pero tendrá usted la boca pintada de dulzura y una honda satisfacción en su paladar.
Haga con el carozo lo que le venga en gana. A fin de cuentas se trataba sólo de un durazno.

1 comentario:

Anónimo dijo...

nuevamente maravilloso. Amapola