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Nuestra degenerada lengua

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Somos argentinos. Todos somos sociólogos, filósofos, técnicos de fútbol, antropólogos, cineastas. Ningún campo del saber se nos escapa, no hay tema del que no podamos opinar sobradamente, diciendo a los demás cuantos pares son tres botas; somos el pueblo elegido, el wikihow, un tanque del pensamiento, la suma de todos los conocimientos, el Big Data hecho 40 millones de seres esclarecidos y sabios.
 Si no fuera por los golpes arteros de la fortuna, los argentinos seríamos campeones del mundo en todos los deportes y en todas las disciplinas.
 Es con este plácet, en mi condición de filólogo autodidacta, que he de referirme brevemente al remanido tema del lenguaje inclusivo.
 Pero no, no soy filólogo, ni Todorov, ni Saussure, ni de Derrida. 
 Creo que lo más valioso de lo que ocurre con el tema, es haber re-descubierto que el lenguaje está cargado de ideología.  Digo re-descubierto porque se supo siempre.
 Hay una película de 1994 que se llama Sueño de Libertad (ó Sueños de fuga, ó The Shawshank Redemption), con Tim Robbins y Morgan Freeman. Es una película de presos. En una escena, Freeman le muestra a Robbins lo que el diccionario  dice de la palabra "negro" y lo que dice de "blanco". Ideología.
  Los negros se deben haber puesto insoportables con el tratamiento que recibían -también- del inglés. Tanto, que acabo de escribir negro y tuve esa pausa, ese silencio de corchea para repensar si "negro" era lo que quería decir, si no da lugar a que alguien piense que esa palabra en específico para mencionar a los afroamericanos, no está puesta desde alguna supremacía racial. Los negros son negros, los blancos son blancos, pero casi ningún término que refiere a personas está despojado de una carga histórica o política. El hecho de que repiense si digo o no digo negro habla de una lucha librada en las calles, en los claustros y en el propio idioma. La gesta por los derechos civiles, que incluye a Rosa Park y a Luther King, a Malcolm X y al Tío Tom, a las panteras negras y al derecho a voto, se trasunta en la cuidadosa elección de las palabras. Es hermosa la vitalidad del idioma en ese sentido.
  Hoy se trata de incluir a las minorías sexuales. Los, las, les. En esto quiero hacer una pausa y reconocer que por momentos se exagera. Pero es la exageración necesaria para que el debate exceda a les directamente involucrados. Hay que romper la heteronormatividad, así como hay que romper la misoginia, porque la violencia simbólica mata mujeres. Y en ese punto me voy a autoreferenciar con un artículo de este mismo blog  (si pinchan en la frase anterior, se abre el hipervínculo).

  Empezamos por los y las, ya a estas horas incorporamos el les, así no quedan afuera les trans. ¿Habrá un límite? Siendo que la diversidad es diversa, ¿alcanzará en algún momento nuestra lengua para abarcar a la totalidad? Tiendo a creer que no, y que estaremos bien sin embargo. Porque  siendo el idioma (o la lengua, o el habla, lo que carajo sea, no voy a googlear viejos apuntes, esto no es una tesis) un organismo vivo, creo que basta con observar esa vitalidad para estar un poco mejor que cuando hablábamos en automático. Cada vez que alguien se ponga a escribir, pensará si mandarle o no lenguaje inclusivo. Sea cual sea la decisión, habrá del otro lado quienes la acepten o la rechacen, moviendo el engranaje desde el emisor al receptor.

  ¿Llegamos con el lenguaje inclusivo a salvar al mundo de la represión sexual, a cobijar desde el estado-idioma a los que tradicionalmente se cagaron de frío?. Seguramente no, pero es un paso. 

Y nada va a ser perfecto, por más empeño que le pongamos.

Porque hoy me estaba acordando de cierta frase que marca la historia argentina:

QUIEN QUIERA OÍR QUE OIGA.

Y pensaba en la cantidad de sordos, sordas y sordes que no se habrán sentido del todo comprendid&s.

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