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martes, 8 de septiembre de 2015

Aylan

 Yo me traigo 800 mil, dice Alemania y Austria ofrece el 10% de esas plazas, mientras Hungría, Rep. Checa y Bulgaria no quieren a nadie y Hollande dice desde París que va a tirar algunas bombas. Por todo el mundo, la gente de buen corazón, todavía acongojada por la foto de Aylan en la playa, reclama que sus respectivos gobiernos acojan a los refugiados de la guerra siria, que se amontonan como sardinas tratando de pasar por la puerta de atrás de la indecente Europa. Y en tanto los noticieros transmiten en contínuo el drama de los migrantes, las cosas en Oriente Medio siguen igual. Es como si las cámaras dieran cobertura a un incendio enfocando sólo a los que escapan de él con lo puesto, pero ignorando por completo las llamas y sus causas.     
 La foto del niño muerto fue el acabóse de algo que los centros de poder mundiales empezaron. Pero el mundo prefiere detenerse en el acabóse. Por eso nos hemos puesto a hablar de humanidad, un genérico que viene en demasiadas presentaciones diferentes. Ni yo ni vos decidimos que el gobierno de Al Assad debía terminar alcanzado por la artificial Primavera Árabe. Tal vez era un tirano -uno de los tantos- pero no elegimos nosotros que le había llegado el turno. Yo no intervine en proveerles armas a Al Qaeda, ni puedo hacerme responsable de que una rama combatiente haya optado por instaurar un califato financiado por dinero saudí y que ahora se dedique a transmitir degüellos en HD. Ni tampoco se requirió mi opinión (cierto es que no la dí, y que si la hubiera dado a nadie le hubiera importado un comino) cuando les tocó el turno a los sunnitas de ser aplastados por los chiítas, que antes eran masacrados por los sunnitas, si hablamos de las cambiantes posturas del Pentágono sobre quién debe ser el asesino de turno en Iraq que oprima a la contraria corriente islámica. Ni vos ni yo fuimos consultados acerca de la incomodidad kurda de tener una nacionalidad, pero no un estado adonde vivir. Del mismo modo, la convivencia forzada de grupos destinados a odiarse, fue más el fruto de una reunión entre Francia y Gran Bretaña  en 1916 (acuerdos Sykes- Picot) para repartirse la zona toda vez que se la quiten a los otomanos, que producto de una deshumanización colectiva y homogénea de la humanidad. Pasa que, al desatender a los detalles, nos hacen creer que las atrocidades empezaron recién. ¿Nos revuelve el alma un nenito muerto o nos revuelve la conciencia la excelente foto publicada? Si es por niños (y mujeres y ancianos y hombres), debe haber unos cuantos entre los 200 mil muertos que lleva la guerra civil Siria; revuelva que allí los va a encontrar.
 Me resulta trágicamente cómico cómo contemplamos con tristeza a las caravanas de familias "que lo han perdido todo", y que pasan por territorio griego. Cuántos griegos se habrán disfrazado de sirios en estos días. Cuántos kosovares, cuántos macedonios, en fin cuántos caídos del mapa del capitalismo ,europeo o no europeo padecen (sin bombas que les destruyen el living, eso sí) de penurias muy similares a las de los desplazados por el conflicto, sólo que en su caso por motivos meramente económicos. Cuántos españoles desahuciados se han colgado de las vigas sin que se nos mueva un pelo de la cabeza.
  Bien se ha dicho que la guerra es la continuidad de la política por otras vías. Mientras nos quedamos tranquilos, solidarios con los meso orientales, repentinamente objetos de nuestra piedad, otras políticas se van poniendo más y más beligerantes. Hoy el mundo asiste a una guerra de divisas, no diferente a otras guerras de divisas, que fueron sucedidas después por guerras comerciales, que fueron sucedidas después por guerras guerras, con espadas o con bombas.         
 Niños muertos (esos pequeños inocentes que sin querer desinocentizan o justifican o nos hacen digeribles las matanzas de adultos). Si de verdad queremos evitarlos, empecemos por pensar en los 6 MILLONES que mueren al año por causas evitables, como producto del hambre y la desnutrición. Pensemos en cómo arrebatarle el poder de las manos a quienes conducen al mundo por estos senderos. Pensemos en la cantidad de países que se hunden en el vórtice de las deudas que les obligan a adquirir.  Empecemos a obligar a los políticos del planeta a entender que lo que deben salvar es a los seres humanos y no a "las economías", ese subterfugio que les sirve para no reconocer que lo que se salva -siempre- es a su clase dominante. Esa misma clase dominante que entrega las armas con que se dispara a todas las familias de todos los Aylan Kurdi de la tierra.-

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