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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Negocios



Encontré un significado nuevo para una anécdota vieja. 
Mi papá contaba que cuando hizo la colimba -que le tocó en ejército, en la reyerta entre azules y colorados- le afanaron como tres veces el jarrito de metal. Harto, levantó del piso uno que había pisado un tanque. Lo abrió, le devolvió funcionalidad y se lo quedó. Y a ese no se lo chorearon nunca.
La historia siempre me pareció medio pedorra, con algo de injusticia y conformismo. Pero hace poco me redacté tres ideas rectoras, algo así como verdades personales, que vienen a encajar en una moraleja contenida en ese artículo castrense.
MI padre descompuso el valor del jarro en dos, la utilidad y la belleza, y usó uno para comprar un tercero, la tranquilidad de no volver a soportar el despojo. Y fue un negocio inteligente, porque no hace falta belleza para tomar mate cosido.


Muchas de las llamadas carencias, esconden el pago de cosas intangibles que compramos sin darnos cuenta. Y son más de las que un mundo cotizado en el consumo nos permite ver.
Cada cual hace sus transacciones.
Cambiar belleza por utilidad, conservando cosas rotas solo porque nos gustan.
Conservar un empleo de buena paga que nos hace infeliz, postergando la felicidad para más tarde.
O convertir la seguridad en billetes, con que comprar una felicidad fugaz.  
Rechazar una oportunidad, si esa oportunidad para uno es a costa de otro.
Etcétera.

Muchas de las cosas que no tengo, hablan de mis riquezas invisibles.


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