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viernes, 12 de septiembre de 2014

Te juro que me aburría (y me dejaban aburrirme)

Te juro que yo de chico me aburría. No a propósito y sólo de a ratos, pero conocía el aburrimiento. Y te digo más, mis padres me dejaban que me aburra. Básicamente, porque no era un problema de ellos. 
Había larguísimos días de verano en los que, sea porque los amigos se habían ido a la playa o a comer o a bañarse, en algún momento me encontraba solo, con la espalda apoyada contra la pared; solo y aburriéndome. Pero mientras me aburría pensaba en algo, que hacía de inmediato o después de mirar la tele la hora o dos horas en que daban dibujitos. Una infancia de payanas (cubitos de mármol que pulíamos contra los cordones), chicles de brea, gomeras y barriletes artesanales, carritos de rulemanes o el ejercicio cruel de quemar hormigas con una lupa.
Qué hincha pelotas, de nuevo con que todo tiempo pasado fue mejor.
No, no es eso.
 A partir de la cero tolerancia al aburrimiento, descubro en cuántas cosas aguantamos menos.
Es que vengo leyendo sobre la obsolescencia programada y la obsolescencia percibida. La primera alude a las nuevas formas de producción de objetos; los artefactos están diseñados para durar cada vez menos, para que se venzan en nuestras manos, se desactualicen, se rompan y claro, que tengamos que volver a comprarlos. De su lado, la obsolescencia percibida, es el producto de la publicidad y el discurso consumista. Lo que hasta hace un rato nos parecía "lo nuevo", pasa de inmediato a ser "lo viejo", perdiendo en el acto su capacidad para hacernos felices. Y eso se nota mucho con los celulares. Cuántos días se sostiene la alegría por las muchas cosas que podemos hacer con el nuevo aparato. Un mes? A correr por otro ya, más delgado, más inteligente, que se doble, que se moje, que se proyecte. Consumir, la felicidad está en consumir. Y si me siento mal, saldré a comprar algo para sentirme mejor. Y le sacaré una foto para subirla al facebook o a instagram. Veánme feliz, mientras todavía lo estoy.

No se cuándo se descubrió el ibuprofeno. No lo recuerdo como producto de primera necesidad farmacológica en esa casa que me vió aburrirme. Hoy no me (nos) puede faltar. Por qué soportar el más leve dolor de cabeza, si hay allí un ibu 600 dispuesto a aniquilarlo. Pregunto, ¿antes dolía tanto la cabeza o la espalda? Me suena aquella publicidad radial: venga del aire o del sol, del vino o de la cerveza, cualquier dolor de cabeza, se corta con un Geniol♫ Las razones no parecían ser tantas, a decir verdad. Tendrán algo que ver nuestras actuales necesidades de consumo?

 Hace algún tiempo fui al almacén de La Gorda (amo esa costumbre barrial de poner a alguien un nombre propio, desde lo que fue su adjetivo). Mirando el queso gruyere le comento: qué loco, cuando era chico me mandaban a comprar un kilo de queso como si nada. Muy sabia, La Gorda me respondió: Pasa que cuando eras chico, había mucho menos cosas que consumir. Pensá, a lo sumo había un teléfono fijo (si había). Hoy las familias tienen el fijo y un celular cada miembro, pagando la tarifa de cada uno. No todos tenían auto, y ahora hay muchas casas con dos, con sus respectivas patentes, cocheras y seguros. Más el seguro de la casa. Más la conexión a internet. A eso sumale el cable, que antes no existía. Y hasta iban a escuela pública, no se pagaba seguridad, alarmas con monitoreo, medicina prepaga...por eso no alcanza para el queso.
Carajo mierda. 
 Con tantas necesidades (fruto de nuestra menor tolerancia a la frustración), hoy, en los casos en los que se consigue, trabajan ambos miembros de la pareja. Con algo de suerte, y estando en blanco, bien pueden alcanzarse los diez mil pesos mensuales. Más de mil dólares! Cómo es posible que no alcance para nada? Y si ganaran 20 lucas alcanzaría? Ya sabemos que no, aumentarán los ingresos y con ellos los gastos (mejores prepagas, mejores autos, más cuotas crediticias, etc.).
Porque la felicidad, amigos, está siempre un poco más allá y cuesta más que lo que tenemos en el bolsillo. Eso nos da migrañas y más necesidad de placeres compensatorios, mientras ya no queda tanto tiempo para picadas y sobremesas.
Igual, si solo afectara a los objetos que consumimos, sería fácil de resolver.
Yo no se si esa baja tolerancia no se aplica también a las relaciones.
 Situación del mundo analógico: un viejo que lava el auto en la vereda y se pone a charlar con una vecina que pasaba caminando, dele y dele charlar. A la vieja que mira de adentro no les gusta ni medio. De bronca, se asoma con un mate en la mano para su marido. La vecina saluda y se va enseguida. Siguen a la situación unos cuantos reproches que se arreglan en el día entre el viejo y la vieja, que quedan a lo sumo como chiste ácido para el asado del domingo.
En este mundo hipercomunicado, tan mejorado por la tecnología, hay parejas que se cortan por un me gusta en facebook, o por unas horas sin mandar mensaje de whatsapp.
Y amigos que se pierden quirúrgicamente con un botoncito

La idea del mercado es que todo TODO lo toleremos un poco menos.
Que nada se aguante, regidos por el minuto a minuto.
Comprar, cambiar de estado, correr, para vivir. 
Vivir para todo eso.
Bilardismo vital.

1 comentario:

Anónimo dijo...

existen los grises también, esos que escapan a las realidades.