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viernes, 11 de julio de 2014

Los judíos no tienen la culpa. Los palestinos tampoco.


Como periodista, pocas cosas me han generado más estupor que el atentado a la AMIA. Cuando al día siguiente de la bomba salimos de la radio, luego de haber transmitido 24 horas seguidas, el mundo de afuera me impresionó, brutal. Recuerdo caminar por la vereda del shopping y ver adentro muchos turistas tomando café y riendo. Tengo grabada mi sensación de espanto y asco. Cómo pueden estar así, cómo pueden adelantarse el festejo del día del amigo, habiendo esos muertos, esos cuerpos todavía bajo los escombros. Me metí en la catedral y lloré muchísimo.

Argentina sufrió un atentado terrorista que costó la vida de 85 personas. Se están por cumplir 20 años.

Bien hacemos en recordar, en cada aniversario, los nombres y apellidos de esas víctimas. Eran padres, eran hijos, madres, esposas, maridos, abuelas, sobrinos, amigos. Eran gente. Eran gente a los que mató una injusticia. Algunos tuvieron la suerte de morir en el instante, y otros se habrán ido apagando en medio de insoportables dolores, sepultados por cascotes, murmurando hasta su último aliento el nombre de un ser querido.
Algún mejor escritor podrá dar más detalles microscópicos de esas agonías. Descripciones a favor o en contra de quiénes las padecen o las infringen. Como hizo Mel Gibson y su película sobre Jesús. Una película -La Pasión de Cristo- con claros visos antisemitas. Es una línea demasiado fina la que separa la mera carnalidad de un dolor y el uso político que estriba en su denuncia.
 Por supuesto que pienso en todo ésto en la hora en que las tropas de Israel masacran palestinos. En momentos en que los medios de comunicación digitados por los imperios desdramatizan el dolor palestino y magnifican el airado dolor de los israelíes. Y en momentos en que gentes con espíritu de respuesta (a esos mecanismos) reproducen, en las redes y hasta el hartazgo, las fotos de los niños mutilados por las bombas de racimo.
Resulta muy complicada la neutralidad y la cabeza fría en estos ya demasiado repetidos sucesos. No está bien mirado el aparente desapasionamiento ante semejantes tragedias humanas.
Yo no soy tibio. Quiero un estado palestino.
Yo no soy judío. Muchos creen que lo soy. Cuando les cuento que fui a una escuela parroquial, que fui monaguillo, que estaba en la Juventud de la Acción Católica, algunos deben creer que soy una especie de converso. Tengo cara de moishe y tengo un apellido que lo parece. Pero no soy. Sí estudio lo más que puedo estas cuestiones.

Pero una buena parte de los que enarbolan la bandera palestina no estudian ni indagan, no se toman el trabajo; se limitan a esconder sus prejuicios, dejando que aparezcan proclamas 'políticamente correctas', enfocándose en el  "estado terrorista de Israel".
Israel, también para mí, es un estado terrorista. Pero es terrorista por sus acciones, no por haber constituido un Estado. En algunos casos, la respuesta a sus agresividad parece ser la misma que adoptara el mundo árabe cuando ese país fue creado: quieren que desaparezca.
Los judíos de todo el mundo constituían un pueblo sin nación; cosa que fueron resolviendo desde 1917 (declaración de Balfour) hasta 1948 (año de la proclamación del Estado). Venían de todas partes, de la Rusia y sus progromos, venían de la proclamación del Tercer Reich, venían de sobrevivir a la Inquisición, venían con lo puesto de los campos de concentración del Holocausto liberados por los soviéticos y transportados por los británicos. Y estaba claro que un estado que creara un pueblo así de perseguido, iba a armarse hasta los dientes. Esas armas fueron provistas por las potencias centrales, así como la licencia para matar. Potencias centrales que no habían evitado el etnocidio y que, como en el caso de Francia, hasta habían entregado a los judíos a las manos alemanas*. De paso, todas ellas constituían un énclave occidental en una tierra llena de tribus indomables y petróleo llamada Medio Oriente.

No es una cuestión de religiones. No es una cuestión de etnias. Israel es como un perro al que se enseñó a morder y al que nadie -ora por culpas previas, ora por lobbys económicos, ora por alianzas estratégicas- se atreve a poner bozal. 
Para adentro y para afuera, Israel justifica sus acciones en la necesidad de asegurar sus más que aseguradas fronteras. En la práctica, desde la Nakba (como se llama al éxodo obligado de cientos de miles de palestinos el día mismo en que se fundo el estado israelí) para acá, todo se trata de matar palestinos, de librarse de ellos como si fueran alimañas, propiciando la deshumanización mediática de los habitantes de la Franja de Gaza (los de Cisjordania conservan su humanidad gracias al conciliador gobierno de Abbas). 
Se trata de usar a tres adolescentes cruelmente asesinados por Hamas, para arrasar con bombas a mujeres y niños ya torturados por el hambre, el aislamiento y la ignominia. Para borrar, de paso, cualquier acordada demarcatoria de la cada vez más al pedo organización de naciones unidas.

No hay religión en el mundo que -bien leída- justifique las matanzas. No hay etnia que cargue genéticamente con el genocidio (así como no hay etnias que carguen con la avaricia, la traición o con la superioridad física o espiritual).
No son los judíos el asunto, como algunos quieren creer; es el poder y sus instrumentos. Y miles de judíos por el mundo también lo denuncian; incluso desde Tel Aviv.

Sería tan deseable como ingenuo que la colectividad judía local también denuncie y haga visible esas diferencias. Pero no puede. Por años, los judíos argentinos han sido manipulados por funcionarios de la embajada que sofocan cualquier crítica de acá, en aras de los intereses geoestratégicos de allá. Inculcan que cuestionar las acciones del Estado de Israel equivale, ontológicamente, a cuestionar -en el mismo trámite- todo el rico y milenario pasado del pueblo judío. A los que zafan de esa maniobra, en la puta vida les darán micrófono, como ha pasado con Memoria Activa.

Cuestionar al Estado de Israel es antisemita. 
Cuestionar al Estado de Israel es antisistema. 
Todos los estados son cuestionables; no su existencia (aunque hoy por hoy los yihadistas del ISIS están en eso, respecto de Irak), sino sus acciones. Empezando por nuestro criminal coloso del norte.
Me encantaría que se hablara de todo esto, ahora que se van a cumplir veinte años del atentando a la AMIA, en el acto de recordación. Pero, ya se, no va a pasar.
Sí, seguramente habrá marchas reclamando por la causa palestina. Lamentablemente entre esas filas se colarán neonazis disimulados, que claman por la paz y el fin de las masacres, mientras en sus casas cuentan con algún ejemplar del libro vergonzoso y apócrifo de Los protocolos de los sabios de Sion. Libro que fue de lectura obligatoria en las escuelas de la Alemania de Hitler.

No son los judíos los culpables.
Mucho menos los palestinos.

Si los medios hegemónicos no los van a defender, si los países están dispuestos de tal forma que ninguno puede patear este tablero, lo mejor que podríamos hacer por los palestinos es -al menos- estudiar a fondo las causas profundas de esta vergüenza universal.

Ah, por cierto, dios no existe. 
Como dijo Primo Levi, si existió Auschwitz, no existe dios.
Si permite que las bombas israelíes destrocen cuerpos de niños palestinos, tampoco.

* recomiendo muy mucho otro libro, El crimen Occidental, de Viviane Forrester

3 comentarios:

eduardo wolfson dijo...

De acuerdo con que el Estado de Israel es un estado terrorista, y por lo tanto genocida, al atacar a un pueblo hermano sin ejercito. Es un instrumento más del poder, la cuña que introdujeron en Medio Oriente para mantener el rigor y la apropiación de recursos para los países centrales.
Tu reflexión es clara y oportuna, como trampolin para profundizar

raul cardoso dijo...

increible fotografia de la realidad. Desde epocas del puente que te banco a morir, por tu claridad de conceptos y tu inclaudicable vocacion de humanidad

Anónimo dijo...

I W A S T H E R E....
Estuve en Buenos Aires - y cerca ..
Imposible olvidar este impacto, éstos días de la tragédia ...