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miércoles, 16 de abril de 2014

Misterio

Llegué muy tarde. El reloj de la cocina se había tirado de la pared.
No metáfora, no tiene moraleja: en el medio del piso de la cocina yacía el reloj boca abajo. Pero qué pasó, le pregunté mientras lo alzaba. La pila quedó al lado de su cuerpo, y el plástico redondo que cubre el cuadrante se había desprendido.
Miré la ventana para culpar al viento. Cerrada, la persiana abajo. Eché un vistazo a mis pertenencias (que son tan pocas que se ven todas desde donde estaba), todo en orden. La tele allá, la compu acá. Robar no robaron.
Le puse la pila. El hecho se había producido 6 y media, eran las once en punto. Calcé el plástico transparente y colgué el reloj en la pared. Volvió a marcarme el tiempo, colgado, naranja y medio grasiento.
Me sigo preguntando qué pasó. De haberse desprendido tendría que haber quedado sobre la mesada, junto al mate vacío y el tarro de café. No, tuvo que ser un salto grande. Y difícil, por cuestiones de física elementales. Estando uno –si fuera reloj- colgado de un tornillo por el cuello de la camisa, ¿cómo hace para tomar impulso y lanzarse? La única respuesta sería esta: se ponen los pies contra la pared hasta zafar del tornillo, se toma uno del tornillo con una mano, se recargan las piernas de energía potencial y salta. Arduo, pero posible. Sólo que el reloj no tiene extremidades.

Bueno, eso pasó anoche.

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