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jueves, 14 de noviembre de 2013

Hable con un viejo


Hable con un viejo, un consejo le doy.
Yo hablé con uno ayer.

Empezamos por el calor y la primavera, y nos fuimos de Isidro Casanovas a Luján en colectivo o en cualquier cacharro que conseguíamos. Laburábamos; así que nosotros no podíamos ir el mismo día del estudiante; caíamos el fin de semana, a ver si enganchábamos algo, jaja.
Los vi con esos pantalones anchos pinzados de los '50, de tiro tan alto que la camisa les quedaba corta, peinados con glostora y un bigote rififì. Bajaban de algún auto petitero que estuvieran arreglando en el taller, bien acicalados como para sacarse el olor a grasa. Brillo en el auto, brilloso el jopo y el sol iluminando el parque. También los vi menos lanzados de lo que estaban convencidos de ser con las señoritas. Cuántas minas podían ver por día en un taller de aquellos años.

"De los cuatro quedé yo solo, la puta madre". Me dijo y nos trajo de vuelta. Quise desviar el tema, pero no pude dejar de imaginar que la parca lo miraba desde unos metros más allá, en esa misma vereda, tal vez atrás de mí. 
La fue viendo llevarse a los amigos. Ahora... quién sabe lo que quieren ambos. Nunca sé.

Hay que elegir el viejo. Por ahí está en su casa, o en la casa de al lado, o en un almacén. Su viejo? su abuelo?

Cuando era pibe yo elegí uno. Con un grupo de chicos visitábamos el asilo de 12 de octubre y Cerrito. Me acuerdo del olor a asilo, imborrable e intransferible. Y un sector de la enorme sala de estar, donde unas chapas traslúcidas entraban muchos rectángulos de luz . Mesas vacías, o mesas o con una sola persona mirando el aire. Uno no. Un viejo ciego estaba ahí, y acariciaba un gato si le acertaba. Escuchaba un ruido cerca, entonces tanteaba la silla que tenía al lado. Luego volvía a juntar las manos.

Natalio Grecun era yugoeslavo, por lo que marcaba fuerte la egue, como mi abuelo. Parecía el Coronel Cañones. Medio pelado, los mostachos prolijos, con las puntas para arriba. Me contó de guerras (creo que yo tenía alguna capacidad de entrevistador), y lo que más quería que le llevara era un almanaque mundial. Logré entender que era un compendio anual de información de todos los países. 
Fui muchos sábados, por varios años. Y él me esperaba. Siempre en su mesa, con la espalda recta.  
Le conté que me iba a estudiar periodismo.
Ese año me la pasé en La Plata. Además de estudiar, tenía un trabajo en el Centro Universitario Marplatense, atendiendo el café, y una colaboración en Radio Universidad. Caminé mucho y galgueé la hiper del 88; así que mi fisonomía se había despojado de unos 15 kilos. Hacía escapadas cada tanto, para ver a la familia. Pero para ir a ver a Don Natalio no me alcanzaba el tiempo.
Un sábado de diciembre agarré el Almanaque Mundial que le había conseguido en una librería de usados de allá, agarré un pan dulce y fui a visitarlo.
"No, don Natalio falleció hace unos meses"- me dijo una de las chicas del asilo- lo lamento mucho"...

Es un bajón, ya se.
Pero la idea está. 
Si cree que de algo puede conversar con un amigo viejo, hágalo ahora.



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