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domingo, 8 de septiembre de 2013

De capitales y choferes.


El Capital argentino puede comprar los mejores autos, pero no sabe manejarlos.
Nacido con una cuchara de oro metida en la boca, criado en la abundancia, satisfechos sus más pequeños caprichos por un ejército de niñeras, protegida su dermis con delicadas almohadas, El Capital es -ya grande- un total inútil para lidiar con las pícaras escaramuzas de la calle (para dominar la calle, hay que tener calle). Además, el único barro que El Capital conoce ha sido el de los partidos de rugby.

De modo que desde hace mucho El Capital cuenta con un mismo Chofer. En realidad es toda una familia que va heredando el volante, pero para la Casa del Amo se trata siempre del mismo. Él sí que sabe para dónde hay que ir, qué cortadas agarrar, adónde prepear y adónde ceder el paso, cuándo tirarse a derecha e izquierda.
El Capital a veces refunfuña, porque de vez en cuando el Chofer sube algún desharrapado que hace dedo, pero más tarde o más temprano vuelve a bajar. 

Hay mañanas en que parecen - el Capital y el Chofer- hablar el mismo idioma. Bromean, se elogian, el ambiente adentro es distendido.

Otras mañanas se odian. Él conduce en silencio, profieriendo insultos y amenazas por lo bajo. El otro lo provoca haciendo llamadas en voz muy alta, pidiendo a sus empleados que le busquen otros choferes. Lo que el que maneja no llega a escuchar -la respuesta del otro lado del celular-  bien lo puede imaginar: no hay otro como el viejo Chofer. Su sabiduría no se enseña en ninguna escuela. Los años de asir el volante le permiten leer el flujo del tránsito, adivinar las intenciones individuales, descular la semiótica de las luces, reaccionar como un rayo ante los imponderables más bien ponderados.

Todos queremos saber si alguna vez el Chofer se irá por su cuenta como canta en su canción, si dejará al Capital librado a su propia muñeca. Porque uno puede inferir que hay un odio mutuo enquistado en cada corazón.
De momento, lo único seguro es que seguirán rigiendo los destinos de la calle.
Porque todas las calles llevan el nombre de conductores y conducidos.

Escasean, por estos tiempos, los homenajes a los peatones.

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