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miércoles, 12 de septiembre de 2007

El empleo del sueño



Hace tiempo que quería hablar de él. Aunque ni bien me puse a hacerlo, me di cuenta de que no era del sueño de lo que quería hablar, sino de la lucha contra él.
Muchos se desvelan por conciliarlo, convencerlo, por ser capturados. Lo imaginan sobre sus camas, sobrevolándolos indiferente, salteándolos adrede, morbosamente.
Yo sí tengo sueño, pasa que no lo quiero. Bastaría con detenerme y respirar profundo para quedar knock out sobre la cama. Conciente de eso, empiezo mis maniobras para espantarlo. No se bien porqué, acaso me encuentre interesante, despojado de mis uniformes del día, conduciendo por el camino sin baches de mi propio mundo interno.
Control en mano, navego por la tele como un ballenero con arpón, a la pesca de algo que me plazca: que un documental sobre represas, que una escena erótica y naranja en el Film Zone, Los Simpsons, la entrevista a Cortázar.
Pero llega el punto en que la historia me da igual, lo erótico no me calienta y ni Alf me hace sonreír.

Llega la Fase Dos. A esas horas la cena quedó muy atrás. A la medianoche mi panza, despojado de sueño, clama ruidosamente por algo. Serán una sobras entre panes, una fruta (raramente), leche con cereales. La cosa es que esa caminata descalzo me despeja nuevamente, mucho tiene que ver el frío en las patas.
Pasado ese recurso, quitadas las migas de mi pecho, empieza a asomarse la verdadera causa de la guerra. No es ésta vigilia en sí, la razón de mi rescate. No es hallarme interesante. No es la tele, ni esa conciencia libidinosa de estar en la cama lo que me fuerza a retrasar el sueño. Es el siguiente despertar. Una vez dormido la noche será devorada en un instante, perderé el control que retengo en el silencio de la casa, en un desmayo estaré de nuevo de pie, bañado, vestido, desayunado, de nuevo enfrentado al león, el mismo que mato día tras día. Ese conchudo que me devora cada minuto.

A las doce nace mi sospecha, cuando el calendario anuncia que es mañana, y una hojita más se desprendió del almanaque.
Por eso se me hace la una, una y media y me sigo dando plazos de cinco minutos para permanecer en la cobardía de éste lado del sueño.
Después simplemente muero. Apago en un acto la televisión y mi cabeza, caigo. Y a eso de las tres de la tarde mato por una siesta.

2 comentarios:

La candorosa dijo...

No me copie la vida, quiere!!!!
Lo único que difiere es que al león, lo tengo mansito cada día.
Y la siesta la debería cumplir en horas de trabajo, pucha...

Vamos, usté puede y no insulte al sueño. Varias partes de usted lo necesitan.

Saludozzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

JORGE KÖSTINGER dijo...

Podés creer que desde que metí esta entrada el sueño me está ganando por paliza? Por qué no me callo alguna vez??
me voy a dormir