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Vómitos de perro



  
Anoche un vecino hizo un escándalo por whatsapp porque encontró un vómito de perro en el pasillo del edificio. El chabón, que en todo el 2017 no pagó una sola expensa, cargó contra todos, contra la dueña del perro y contra los que nos quedamos callados ante la ignominia, porque así lo educaron a él y bla bla qué barbaridad la vecindad. Cuestión que no limpió la porquería, avisó que le estaba echando lavandina para facilitarle la tarea a quien debía ocuparse, que era la dueña del perro y de lo que éste lanzó desde adentro. Claro que ese punto específico era cierto, aisladamente, pero justo venía de quién no tenía la más mínima autoridad. Y creo que no cabría en ello una calificación de falacia ad hominem, porque el sujeto y la afirmación se cagan a patadas, como cuando Macri se queja de la corrupción. Dale.

 Cuestión que el tipo se fue a dormir con la satisfacción de estar moralmente por encima de los demás. Yo no le contesté, porque el caudal de mi respuesta excedía en mucho los límites soportables de un grupo de whatsapp. Pero la consecuencia para mí fue la de siempre: todo lo que debería haberle dicho se me presentó como una extensa redacción en la cabeza que me quitó el sueño. 
  Empezaba por decirle que si los barrenderos se pararan en las esquinas a perorar sobre la suciedad que genera la gente, las colillas de cigarrillos y los envoltorios de caramelos se acumularían en médanos tan grandes que impedirían que circulen los autos. Los barrenderos barren y listo, porque para eso se les paga, para eso les paga el municipio con el dinero de los impuestos (entendés flaco, las expensas que vos no ponés sería el equivalente). Una ínfima función del Estado consiste en limpiar el culo de la ciudad sin hacerse el héroe, para eso está.

  En fin, lo que pensé anoche sobre el indignado era mucho más largo, pero ni acá se justificaría volcarlo.
  Pero esas cavilaciones en la oscuridad tuvieron una derivación: esta autocensura es permanente, y me la aplico con respecto a casi todos los temas (pese a que alguno podría creer que no paro de postear giladas). Se abroquelan tanto algunas mentiras, queda tan soldada la pelotudez humana, que desarmar, deconstruir (como está de moda decir) llevaría un trabajo tal, en una época tan favorable a la simplificación, la autocomplacencia y el aforismo bobo, que uno termina por resignarse a dejar pasar y sentarse a ver algo en la tele. 

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