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El alma de las fiestas



   Estuve en muchas empresas. Sea en la acepción entidad que hace plata o en la acepción emprendimiento o actividad, estuve en muchas, sobre todo en la época en que a todo respondía que Si.

 Me entusiasma parir proyectos, diseñar sistemas de trabajo, escribir fundamentos. Por el contrario, me la baja una vez que la cosa se pone a andar y entonces podría ser yo o un simio quien le de continuidad, me entro a aburrir con cara de Calamardo.


    También me aburre -creo que como a todos- hacer cosas al pedo. He leído por ahí acerca de Angola, la cárcel estatal de Luisiana. Entre otros martirios, leí que es común que obliguen a los reclusos a cargar unos pesados adoquines, desde una pila en una esquina del patio, hacia otra que se va formando en el otro extremo. ¿ Por qué?, no hay por qué, diría la china del video que se hizo viral. El motivo es la ausencia de motivo, la tortura es hacer las cosas porque sí. Un hombre puede soportar increíbles desafios físicos, pero necesita una razón; cuando no la hay, el resultado psicológico es devastador (pienso mucho en esto cuando algunos pibes no soportan la escuela).

  ¿Para qué nos comunicamos? me lo pregunto hace días, después de desactivar mi cuenta de facebook, (después de llegar a una conclusión a la que ya llegamos todos, tras sentirme estafado por lo que estuvo en el contrato desde el principio). ¿Para qué comunicamos?, ¿para qué decimos cosas? La respuesta es: narcisismo, egolatría, necesidad de reconocimiento y de aceptación. Likes, comentarios, compartidas, nuestro patológico hambre de empatía. Decimos para no sentirnos tan solos en la pavura de este sistema horrible y vencedor.

   Pero yo no quería decir para decir, yo quiero decir para cambiar, es ahí donde me da el angustiazo; ya no me causa gracia meterme en la cueva para escuchar mi eco, se nota que es una estrategia de la cueva para que no salgamos de ahí. Horas y horas gritando o escuchando gritos ajenos o ecos de los propios.

  El enemigo, el binomio conformado por el poder de siempre y el poder mediático, esas dos caras de Jano en que se ha convertido el enemigo, nos gana en todos los frentes, empezando por el más crucial, el sentido común. Bajan las hordas, bajan columnas, bajan twits, vienen armados hasta los dientes, vociferando que si sucede conviene, alegando que los padecimientos son merecidos, cagándose de risa de lo que a nosotros nos parece. Nosotros. Quiénes somos nosotros. Como diría San Agustín de Hipona acerca del tiempo, si no me preguntan lo sé, si tengo que explicarlo se me complica.
 -“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo deciros que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?”. (Confesiones, XI, XIV, 17).


    Se complica sacar la foto del presente. Sé dónde estuvimos, qué repudiamos, con qué cosas lloramos o estuvimos a punto, conozco las caras de las marchas, nos escuché putear. ¿Pero adónde vamos? ¿Quién vendrá a rescatarnos del pantano en el que ese nosotros se define por lo que no somos? 
 Nos falta carnadura ó (ya que estamos a lo Merlí trayendo filósofos, ahora lo meto a Bauman) nos falta solidez, naufragamos en la permanente liquidez de la modernidad. Nos quitan espesura llevándonos a leer corto, a fotografiar lo que comemos, a carcajearnos con la milimétrica precisión de un meme, en una carcajada onanista y falsamente libertaria.

   Hora por hora, minuto por minuto, entramos a los sitios donde la información circula, autoconvencidos de que la información es poder. Yo diré que es muy difícil respirar sacando la cabeza por la ventanilla, diré que es muy difícil beber del chorro más potente que cae del alero. Te airea, te moja, te asfixia, te ahoga. Si esa información fuera poder no estaría disponible, tanto como si los votos cambiaran las cosas estaría prohibido votar. 
O nos creemos que el poder es tan estúpido de autoinmolarse en la pira de la libertad de expresión que él mismo nos otorga.

  Así que es eso, me aburrí de vernos perder, empezando por la pérdida del tiempo. Me dan igual el video del gatito en la caja que el mensaje importantísimo por privado que me conmina a compartirlo  urgente con los compañeros, que el remitente ya supondrá que sé quiénes son.

  En estos días habría compartido la grabación del músico detenido en la peatonal. Habría puesto esmero en poner en palabras fuertes y bonitas lo que ya es obvio para todos, habría redundado en la contundencia del signo, en la guitarra del pibe, en su brazo retorcido. Y vos y vos y vos se habrían amargado por un rato, con responsabilidad del sistema, incluyendo a la policía y a mí mismo.

  "Hasta dónde van a llegar", podría ser mi frase. Y alguien respondería "hasta donde los dejemos", como si desde el fondo de esta marea de náufragos viniera nadando uno que tiene la llave para abrir el cofre de la felicidad del que se saldrá el "basta ya" definitorio y definitivo que nos suba a fuerza de estallido a los botes, a los botecitos munidos de cañones con que hundiremos las corbetas del comandante enemigo que, esta vez sí, se excedió. 

  Hasta donde llegaron hace varias millas que es demasiado, y esa demasía es, casi, la única constante. La otra es nuestra espera haciendo la plancha.

  Oiga don, qué panorama más de mierda, por qué no tira una idea de qué hacemos entonces.
No sé, no sé, no sé, no sé, diría Prat Gay. Yo ni siquiera sé si estoy poniendo bien los acentos. No me importa, no se molesten.

  En fin, cumple este posteo la paradoja ya clásica de despotricar contra las redes en las redes y caer nuevamente en ellas. Pero es que el mundo está tan feo, entendeme, no quiero verlo. Con la cuenta de facebook desactivada, andar en bondi se me hizo el doble de suplicio. Cuando se me terminan las vidas del candy crush, guardo el celular y miro a la gente que viaja, gente que no me conoce, que se estará empobreciendo con los tarifazos y repetirá las pelotudeces que le hace repetir Mariana Fabiani, gente que no me gusta ni le gusta lo que pienso, que ni siquiera saben qué es.

Al menos diré cosas, comunicaré, para terminar de entenderme.
Aburridamente al pedo.








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