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La chica que leía en la parada del 91


  Resultado de imagen para operacion masacre Fui descartando cosas que podría decirle. Cuando subí al 591 me fui con la frase definitiva sonando en mi cabeza: Hay un fusilado que vive. Me hubiera parado delante y le hubiera dicho, Hay un fusilado que vive. A ella le habría sorprendido que en ese lugar y a esa hora un tipo le diga la misma frase que le soltaron a Walsh en aquél café donde jugaba ajedrez en La Plata, las cinco palabras insólitas que dieran origen a su maravilla Operación Masacre, el libro que ahora la chica sostenía en la mano, sentada en el banco de la parada, el libro abierto cerca de  las últimas treinta páginas.


 Luro e Independiencia es el epicentro de la clase media baja de Mar del Plata. Por ahí pasan todos los micros que nos llevan para casa. Al mediodía hierve por los negocios y los bancos, por eso abunda en manteros que venden anteojos, pajaritos de plástico que suenan con agua, palo santo, pañuelos de papel, se reparten volantes. A la noche los laburantes poco aptos para créditos esperamos al vapor, expuestos al calor que devuelve el asfalto. 
 La mina leía Operación Masacre mientras en la vereda opuesta había una cuadra de cola para entrar al templo evangélico que antes era un cine. De ese mismo lado está La Mini, un localcito por donde pasa todo el mundo a clavarse una porción de muzzarella o dos. 
De nuestro lado, mientras ella leía y yo me alegraba de que no todo esté perdido, había dos choferes gordos que con sus camisas celestes salidas del pantalón esperaban alguna unidad para reemplazar al que viniera arriba. Y otra gente que esperaba el 55, y esta mina leía sobre los fusilamientos en el basural de José León Suárez.
 Debo decir que estaba maravillado por el libro, porque alguien leyera un libro, porque alguien leyera ese libro en particular, miraba al libro ser leído. No importa si era una chica o una vieja, si era alta, baja o tenía una pata de palo, si era un tipo o un ornitorrinco, no era una atracción romántica, que lo sepa mi amor. Y no le dije nada porque en este mundo lleno de depredadores, toda comunicación es a priori sospechosa, uno puede dar miedo tratando de ser simpático. Mejor no.
 Pero es cierto, los libros nos presentan a personas. Y somos muchísimos los que en un mismo día admiramos a Walsh, nos animamos puteando al presidente o compartimos la noticia de la muerte de un facho horrible. Fuera de las multitudes y de las marchas, repartidos en un mar de gente que creemos todo un gran océano de mierda, sumidos en la soledad a la que parecen empujarnos los escrutinios, de vez en cuando pasa algo que nos rescata, un gesto, un guiño, un retruque en la panadería, algo nos advierte que ahí cerca, ahí nomás, hay compañeros latiendo al mismo ritmo, odiando todo lo que hay que odiar. La gente con la que vamos a volver, caminando sobre los escombros.

Comentarios

Alejandro ha dicho que…
Estoy seguro que se habría alegrado de tu comentario..
Anónimo ha dicho que…
Chapó

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