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miércoles, 1 de marzo de 2017

Niebla



  El aire está raro. Está cambiando el clima, como la otra vez. No hay nada, no pasa nada, no hay reacción; anomia, abulia, embolia. Y sin embargo pasa todo, pero un todo que no tiene carnadura, es un todo espiritual, es una nube de pedo, es una entelequia inasible, un disgusto invisible, una ira inefable, que busca la chispa que decore la realidad con llamas.

  Los jinetes del apocalípsis montan caballos a los que han puesto pantuflas acolchadas. El piso reverbera por el peso pero no se escuchan los cascos, apenas unos avisos de despido, de corte o desalojo dan cuentan de su paso. Hay que sumergirse en la bañera, hay que tomar aire y hundirse para escuchar el galope, que se confunde con latidos del corazón.

  Recién vi una escena que cabe en un gif. Una mujer va despacio en bicicleta. Va cambiando de mano para conducir el manubrio, porque con la mano que suelta, se va secando lágrimas lentas que le caen de sendos ojos. En el caño de la bici va un flacucho con gorra y cabeza gacha, los pies casi le rozan la calle. Y es todo, el cuadro y yo vamos por líneas paralelas en dirección opuesta. Estuve dos cuadras tratando de no conjeturar sobre los motivos del llanto.

 Siempre es mejor no ver detenidamente. Me va mejor cuando las otras personas son una mancha difusa que se cruza en el camino.

 Pero aún así queda el aire, que se va poniendo espeso. O explota o se condensa, pero ahí está, muy parecido al humo. Irritante como el humo, espeso, pestilente y deforme. Pero no es el humo de una fogata de gomas, no es un incendio en tal esquina. Es la combustión de un pueblo que hace como si siguiera con la vida normal. Es la suma de pequeños humos que se elevan de nuestro humor. Curiosamente, cuanto más crezca esta neblina de huevos y ovarios estallados, mejor va a ser nuestra respiración y peor la de ellos. Hay que echar a los jinetes en modo ninja, hay que colgar a los empresarios travestidos de políticos, hay que castigar a los políticos que nos dejan a nuestra suerte, hay que escarmentar a los pelotudos que niegan el humo.