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viernes, 14 de octubre de 2016

We, The Walking Dead (va por Lucía)

Quien no ve The Walking Dead puede pensar que es una serie sobre zombies. 
Es una serie sobre zombies, pero a la vez no. Se trata de humanos en una situación límite, en este caso una epidemia mundial de una rara enfermedad en la que una suerte de parásito se aloja en los cadáveres y los anima como siniestras marionetas. Cada muerto caminante, lento, bobo y espantoso, vaga por siempre en búsqueda de alimento, que ocasionalmente será una persona viva. que morirá por sus mordidas, que se convertirá en otro muerto viviente. La forma de cortar la cadena es darle con algo al zombie en la cabeza, un cuchillo, un pico o una flecha que perfore el cráneo y listo, el monstruo no walking más.
La serie relata las peripecias de un grupo de personas para sobrevivir al apocalipsis; la búsqueda de comida, armas y refugios seguros, la interrelación con otros grupos (la mayoría peligrosos, algunos caníbales, otros manejados por psicópatas), las nuevas y a la vez primitivas instituciones humanas, unas que se inauguran allí donde colapsaron las otras. No existiendo ya un gobierno central, cada tribu es una ciudad estado nómade, que establece reglas perecederas y mutantes, que se asentarán en la legislación no escrita en la medida en que ayuden a mantenerse con vida.
 Un dato interesante -descubierto por los protagonistas en alguna de las temporadas de la mitad - es que todos están enfermos, hayan sido mordidos o no por los caminantes. Cualquiera que muera (y cuya cabeza no sea oportunamente rota) pasará por una intensa fiebre, que lo dejará con los ojos de zombie, haciendo sonidos guturales y con una imparable pulsión por morder al que se cruce. -Ya no es él dirán al ser querido que entre llantos deba hincarle el fierro.

En estos días, temporada alta de aniquilar mujeres, vengo pensando en TWD. 
Aparecen los "monstruos", queremos matarlos, pedimos que algún preso apunte a los parásitos que se habrán adueñado de sus cabezas, nos desespera que no haya un estado que implemente políticas de seguridad y/o educativas que preserve la vida de las chicas, pero a la vez -y pese a un creciente movimiento al interior de la opinión pública- la epidemia parece seguir su curso imparable. Cada mujer violada, cada mujer asesinada, es tanto un fracaso como una muestra de esta realidad espantosa.
Pero no son monstruos, me cuesta decirlo, ojalá lo fueran. Ojalá fuesen criaturas bajadas del espacio o manejadas por un virus invisible que les inocula su maldad. Son tipos que caminan a nuestro lado, varones que pueden haber sido compañeros de escuela o haber estado atrás o adelante en la fila de la heladería. No tienen cuernos, no tienen garras, no hacen sonidos de perro moribundo. Acá viene lo peor: hablan nuestro idioma. 
El agente transmisor que activa a los femicidas se desarrolla y vive en el lenguaje.  
El lenguaje que aporta las palabras con las que se construyen los pensamientos.
Ahí, creo, reside alguna clave. Pero no tengo la certeza de nada, pienso y pienso, como si al pensar los hechos trágicos pudiera encontrar una vacuna que ayude a cortar esta cadena.

Propongo escuchar con atención lo que decimos en torno al caso Lucía o cualquier otro que haya ocurrido antes, incluso el discurso de los más dolidos y exaltados. Propongo leer lo que se publica desde los grandes medios. Cada palabra puesta en un portaobjeto llevado al microscopio, en un laboratorio del lenguaje. Aparecen, inexorablemente aparecen los términos que expían nuestras culpas como sociedad por la enfermedad que no podemos curarlo, Vean lo que dicen las fotos, cara de qué tenía la muerta. Porque la protagonista termina siendo la muerta; ni los violadores asesinos ni la sociedad que los vio crecer. A esta hora ni siquiera vi una sola foto de los hijos de nuestra mierda. Si ella, si morbosamente ella. No los padres de los violadores asesinos, ella y sus padres. Qué hicieron sus padres, cómo eran como padres, cómo se les escapó que esto podría pasarle. Se da una inversión macabra de la carga de la prueba. Los padres parecen tener que demostrar que ella no merecía morir. Es Mirtha preguntando "qué hiciste para que te pegara". ¿Alguien cree que el problema es Mirtha, que ella y nadie más (porque está muerta y convertida pero no lo sabe), es capaz de interrogar a las víctimas? Lo hacen los medios a cada rato, lo hace una tia, lo hace nuestro mejor amigo. Pero nos hemos acostumbrado a que este virus circule, hemos naturalizado palabras como trola, puta, ligerita, adicta, buscona, Las han soltado frente a nuestros ojos y no las hemos sabido capturar, porque son palabras que parecen inocentes, que no revisten la ferocidad tangible del sátiro de la esquina. Pero van por dentro de todos nosotros, como el arsénico viaja en la sangre de los que dejaron de comer carnes y le dan solamente a la lechuga. Y cuando las palabras femicidas llegan a los hogares no inmunizados con una buena contra educación, inmunizados con medios contra hegemónicos que le hagan frente al discurso antimujer (anti puto, anti negro, anti trabajador), desemboca en otra  muerta más, aunque gritemos y gritemos ni una menos. Ni una menos son tres palabras indefensas ante tanto lenguaje asesino. Lenguaje que no solamente mata, a veces deja provisorios moretones, a veces destruye autoestimas, siempre daña.
Cuchillos, hachas, picos, lanzas, flechas, salgamos con todo a detener la plaga, Enojémonos ante las supuestas pelotudeces que dicen en la cola del banco, interpelemos al virus cuando nos demos cuenta de que pasa. 
Antes de que sea demasiado tarde. 
Porque siempre es demasiado tarde.