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martes, 2 de agosto de 2016

Ser felices (nosotros)


Iba a decir que no nos roben la felicidad, pero está mal, no nos pueden robar lo que no tenemos, porque no somos felices. Usted dirá que es feliz, yo diré que soy feliz en los intersticios, pero en esa cuenta somos dos, universo demasiado reducido para armar desde allí un Nosotros. El nosotros del que hablo es la humanidad (unos 7 mil millones de personas) o es mi país (40 milloncitos). Dentro de esos colectivos va gente sufriendo.
 Acabo de hablar con un colega y amigo, corresponsal de una cadena de noticias. Me dice que desde la Departamental de Policía están preocupados, en la ciudad aumentan (aunque no haya estadísticas, hay percepción empírica) los casos de pibes y pibas -18 que se boletean. No sale en los medios, porque los periodistas con algún grado de conciencia sabemos que los suicidios son contagiosos, pero aparentemente el problema está.
Perdón por el golpe bajo, no es precisamente la intención, pero me sirve para tratar de que se instale una actividad necesaria la de construir felicidad.
Ya hemos visto que al mapache maquiavélico que nos gobierna le gusta hablar en estos términos, casi no hay discurso en el que -en su media lengua- no cuele alguna mención al respecto. Como el 1° de mayo, cuando fantaseó con un decreto para ser felices, o como en las primeras tandas de despidos, que adornó con una exhortación a que los despedidos busquen otro camino para la hapiness.
  La derecha roba, @laderecha. Suele tomar valores humanos para contrabandear su ortodoxia económica monetarista, librecambista y neoliberal. Hace como se debe hacer para darle una pastilla al perro, la envuelve en una albóndiga aceptable de tragar. De esa manera, por ejemplo, se apropia del budismo para que aceptemos la realidad, se apropia del hinduismo para que creamos en el karma y en las castas, se apropia del cristianismo para que pongamos la otra mejilla. Un fabuloso mecanismo de tergiversación que le reditúa.
 Ahora lo viene haciendo con la felicidad. Alguna franquicia espiritual de la escuela de las américas, los couchea con música de paz espiritual y letra de superación individual. La felicidad, usurpada por los gurúes del mercado, es una suma de logros materiales que devendrán de una "nueva" sociedad, tan supuestamente meritocrática como despojada de la historia, de la puja distributiva y de la lucha de clases. 
Yo no se ser feliz en esos términos. Yo no quiero una felicidad así, yo no compro ese chamuyo y haré lo imposible para que nadie sonría por haber alcanzado una cima de cadáveres materiales o simbólicos.

Tenemos mucho por hacer, tendríamos que armar una gran fiesta, un fogón con guitarreada, una cena a la canasta de asuntos gratificantes. Deberíamos rescatarnos, deberíamos robarle al botarate su robado sí se puede, pero para poder otra cosa, para ir detrás de nuevos sueños. 
No hablo de consuelo, hablo de alegría como sentimiento nuevo, así como el amanecer no es tan solo el fin de la noche. Hablo de apropiarnos del presente, hablo de salir de la cueva negra en la que nos meten, hablo de contradecir el futuro.
 No van a ayudarnos ni las escuelas, ni los medios, ni por supuesto el gobierno de los garcas, vamos a ayudarnos nosotros. 

Defender la alegría y defender la tristeza, a la que también hay que defender de la alegría.


lunes, 1 de agosto de 2016

La teta o la vida



Me quedó dando vueltas lo de las tetas, El Tetazo, toda la movida en contra de la pacatería antediluviana.
Está muy bien, banco el reclamo. No es posible que a esta altura de la suaré haya retrógrados que se ofendan porque una madre pela un pecho para amamantar a su hijo. Sobran ejemplos de cosas que sí tolera el conservador medio, desde la publicidad callejera del negocio del sexo, pasando por la violenta y violentadora televisión, hasta llegar a los linchamientos públicos de rateros ocasionales.
Lo que no me parece bien es que a un bebé lo sorprenda el hambre con su madre en la calle. Algo dice de la manera en la que vivimos, algo dice de un sistema donde no podemos darnos el lujo que las mamás estén con sus niñitos en la casa hasta que haga falta. Me responderán que las mujeres no tienen por qué perderse de cosas por el hecho de ser madres. Retrucaré que no se si es tan cierto. Porque ese mismo criterio me ha hecho tener que padecer berreos de bebés en el cine, un lugar no demasiado natural para ellos. Hablamos de una sala oscura, con sonido dolby tronando desde las paredes, con gente llena de microbios que pagó cien pesos para apreciar una obra de arte. Yo padre he dejado de hacer cosas en esta condición, cosas que esperarían (o no) a que mi progenie tenga la edad para acompañarme.
 Saquen la teta cuando sea menester, pero no me naturalicen que se coma en la calle. Cuando el mediodía me retuerce el estómago de hambre, me he comprado mis dos sandwichitos de roquefort y los he ido comiendo, pero no dejo de preferir comer en casa, en la intimidad, sobre una mesa, con el tiempo y el ritmo necesario para eso.
 Cascoteemos a los estúpidos comerciantes a los que les parecen abominables los pezones lácteos, pero no naturalicemos que las necesidades fisiológicas nos encuentren en la vía pública, que de por sí es hostil para esos menesteres. Hay gente que se caga, hay parejas que quieren darse mimos, hay personas que quisieran dormir.

 De lo contrario, pareciera que nos empeñáramos en conquistar unas libertades mientras sepultamos las más básicas. Quién nos robó el tiempo para cada cosa.