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martes, 28 de junio de 2016

Cataclismo ya

   Quisiera ser como esos elefantes de Indonesia, que percibieron el temblor y se alejaron al trote selva adentro, lejos de la playa adonde después llegó la ola inmensa y mató a todos. Pero no para salvarme, simplemente para sentir en las patas que las placas allá abajo se están moviendo, chocan entre sí, se rozan, se estrellan y en cualquier instante su conflicto va a abrir en dos la tierra que pisamos.
 Desde un plano meramente estético, olvidándose uno de las consecuencias humanas y materiales, las catástrofes naturales tienen algo de hermosas. Los terremotos, las tempestades, los volcanes eyaculando lava, las tormentas de nieve, los incendios, desesperan y a la vez tranquilizan, porque consuman los miedos, los hacen una tan patente realidad,  que el miedo se queda sin argumentos. Esto es lo peor que nos podía pasar y está pasando, así que podremos sufrir, pero no hay razones para desvelarse por un horror abstracto, por la fatalidad potencial.
Freddy Krueger a la luz del día, se toma un café con el volcán Krakatoa frente a la plaza.
Vivimos momentos de cataclismos que los medios convierten en invisibles. A un hombre se lo traga la calle helada, una familia es cocinada en su casilla tratando de calentarse, un estrepitoso alud de acero cierra para siempre la librería de acá a la vuelta. Y por entre medio vamos nosotros, la estupidizada opinión pública, con los ojos sobre pantallas, con un hilo de baba cayendo de nuestros labios, confiados en que la sangre que ya corre no llegará al río, que vendrá una reina montada en un dragón a enderezar la trama hacia el lado de la justicia. 
 Pero los héroes están de vacaciones, dios está muerto y al telekino ya lo sacaron. Igual seguimos hablando de jugadores o de lo que sea que nos haga sentir involucrados, con algo instrascendente que decir, pera que nos hace parecer aptos para los debates.
 Nos cortan las piernas por placer y nos lo venden como terapia alternativa. Y si uno dice paren, esto es un horror, que alguien haga algo, millones de bien pensantes sonreirán con suficiencia, porque el amigo de un primo de un vecino les ha dicho que no subirán la sierra por encima de las rodillas.
 Mientras yo estoy deseando el fin del mundo y se me antoja que todo se queme y empezar de nuevo, muchos están detenidos en librar la batalla en el terreno de la historia, tratando de analizar gobiernos que se terminaron hace siete meses, que podrían ser siete años o setenta o setecientos. Otros juntan las manos y rezan, soportan el tormento porque consagran sus almas a la religión de las urnas. Ja, en tal año hay elecciones y todo se va a arreglar, y después vienen las otras elecciones y ahí todo se va a arreglar. Y mientras eso pasa, en otros confines, seres humanos parecidos a los de acá, siguen votando para el orto (como en las fiestas de fin de año, vemos los fuegos de artificio por la tele mucho antes de nuestra cena, diferenciados apenas por los husos horarios). Ah, pero acá ya aprendimos. 
Ah, pero acá ya aprendimos. 
Ah, pero acá ya aprendimos. 
Ah, pero acá ya aprendimos. 
Ah, pero acá ya aprendimos.

 Tiempos de atomización de la realidad, de una fragmentación que nos estalla en la cara, con pedacitos aislados como perdigones. Pero ni aún así podemos verla, y creemos que nuestros dolores son eso, nuestros, propios, de cada uno.

No amigos, eso que se mueve es el tsunami invisible del capitalismo. 
Vayamos a la jungla o quedémonos a luchar, pero dejemos de ser tan idiotas.

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