Buscar este blog

miércoles, 18 de mayo de 2016

Se lee demasiado, y entonces no se lee nada.

 No es lo mismo leer que citar un texto, no es lo mismo leer que compartir un extracto con la foto debajo del fulano que la escribió. Pienso que muchos hacemos eso para recordarnos lo que es leer, pero leer en serio, leer en privado, gozando de ese espectáculo codificado del lenguaje, siendo atravesados por conceptos complejos que, por bien armados, tienden a parecernos ciertos; esa aceleración de la sangre con nuestro personaje acorralado, ese cosquilleo en la entrepierna por una minúscula y a la vez super potente escaramuza romántica. Leer en serio es no estar en las redes contando que se lee, el grupo es otro, una secta de personas que se reúnen en pliegos de papel cosidos y pegados. Es no estar para nadie porque se está en la trama, y la trama se reserva para los ojos (y el corazón y el cerebro) de quien ha decidido espiar entre las hojas.
 Me considero lector, aunque pasen semanas y meses en que no lea. Porque ser lector es una condición de vida. Es haber leído por hambre, es haber hurgado en bibliotecas, fascinado por el conocimiento y la magia literaria inalcanzable, es tocar ciertos libros como si se tocara la propia jeta del señor, o animales extinguidos, o la cara de goma arrugada del mismísimo E.T.
 Y cada vez que vuelvo a mí, cada vez que me sumerjo en una historia y el libro se retuerce y se deforma por que lo abro mucho, o porque lo llevo conmigo a todos los lugares, me pregunto en qué carajo pensaba que no estaba con la lectura. Sí se qué pasa. Pasa la pinche computadora, y su versión más chica el pinche celular, el vetusto y vacío televisor y el moderno, más mejor y adictivo Netflix. Eso pasa. Leemos igual, todo el tiempo. Mensajes, comentarios, resúmenes del episodio de la serie, actualización java disponible, noticias de pelotudeces, noticias más importantes, pero todo, todo coyuntural. Nos han hecho creer que al mundo se lo comprende o se lo goza en tiempo real, que es aquí, que es ahora. Que todas las verdades humanas se trasuntan en lo instantáneo, en lo rápido, en un supuesto y súbito común acuerdo acerca del pasado inmediato y del valor de los puchos. Pero eso no es lectura, a lo sumo es un avistaje de palabras escritas que se han desentendido de la verdad, por mucha buena voluntad que le pongan quienes las tecleamos.
Off line hay otra galaxia, y muchos lo sabemos, pero tenemos miedo a la soledad de irnos al grupo ese de personajes del libro, que va a abandonarnos ni bien se acabe, aunque nos quedemos leyendo la contratapa y el año de impresión. Leer en serio es aislarse por un rato y perderse el dato de que Mirtha lloró, o de la cagada del momento del presidente, que por ignorada nos hará que luego no entendamos el meme. El meme, que es una hiper síntesis de lo actual, que dispara la risa al tiempo que congela una relectura de lo emergente, reemplazándola por un concurso de chistes.

 En estos tiempos urgentes, a mí se me ocurre que hay que volver a lo importante. Que hay que bucear muy en lo profundo para poner en perspectiva el presente, para salirnos de la supuesta originalidad y supremacía de lo contemporáneo. Porque hay montañas de libros que cuentan la historia, o cuentan historias inventadas pero puestas en un contexto, y que termina por hacernos entender que este no es ni el mejor ni el peor de los tiempos, y que de peores mierdas se ha salido.



martes, 17 de mayo de 2016

Gatunas 2

Ahora está recostado sobre mi panza, una pequeña esfinge negra a 40° de inclinación, entrecierra los ojos, ronronea y estira las manos, como queriendo abrazarme el cuello. Son estos momentos de paz por los que no lo ahorco en los otros, esos en los que necesita descargar su energía gatuna, donde se vuelve cazador de objetos, donde se trepa a todo lo que es trepable. El jodido va rompiendo cosas, como el aparatito de los cilindros para hacer cigarrillos y como el foco del velador. Entonces yo lo puteo y le hablo del presupuesto, y el se pone a dar pequeños brincos de boxeador, como si hubiera estado esperando el combate. Pero tiro enseguida la toalla, después de sacarme de quicio vuelvo al quicio, y me recuerdo que es un cachorro animal, que puesto entre los suyos lo estarían entrenando para procurarse la comida cazando pájaros, ranas y ratones. 
 Lo mío con Chaplin es enojarme y perdonar, gritarle y después comprender, haciendo un ejercicio de resignación al desprenderme de la exclusividad del espacio. Es cierto que no puedo ya comer en el sillón mirando una serie, pero también lo es que me gusta cuando se ovilla en la cama y parece una frazadita.
 Es difícil no amar a los gatos, aunque quién sabe si ellos nos aman de la misma manera. Dudosamente haya reciprocidad, pero es una asimetría adonde uno queda debiendo. Mi gato fue gato durante todo el fin de semana, no anduvo con el pecho hundido por la angustia como yo, mi abrazo fue el abrazo que siempre busca, hedonista como es, mientras que su abrazo fue un consuelo, un rescate de los pequeños abismos en los que a veces caigo. 
Asi que te debo, gato, al menos la paciencia de verte tirar una y otra vez las porquerías que dejo arriba de los muebles.

martes, 10 de mayo de 2016

Todos los peces van al cielo.

Hoy encontré muerta a Golda. Como siempre antes de irme, le puse comida y agua a Chaplin y dejé para el final alimentar a los peces. Cuando saqué la plancha y el libro de inglés (que, montados sobre una reja verde que fuera entrepiso en la jaula de un hamster, ejercían de escudo protector ante el gato) la vi flotando boca arriba. Medio fuera del agua, parecía más grande, sus ojitos me parecieron más grandes. La subí a la palma de mi mano, la miré de cerca. Noté el contraste de esa flaccidez con el brío enérgico de cuando la capturaba para pasarla a un tarro y limpiar la pecera. Sus aletas parecían cabellos mojados. 
Por un instante pensé en sacarle una foto con el celular, pero no quise. Hay una intimidad que es de la muerte, hay derechos personalísimos hasta en el más diminuto de los seres, si uno hasta su última bocanada constituyó el estado, si uno le puso un nombre, si uno le dio de comer.
 Se que parece estúpido, pero no lo es para mí. Después de echar a Golda la pez por el inodoro sentí tristeza. Y suena a una de esas tristezas injustificadas que tienen los niños, esas que nos enojan a los adultos, que parecemos tener un nomenclador de lo que merece ser llorado, de lo que es serio o es una pavada. Seguramente esa contradicción interior convive dentro de mí. Porque hice este cartel y lo subí a Facebook, exponiendo la situación para que vuelque para el lado de la risa.

Pero la vida es tan frágil. Y queríamos -en serio- a ese pobre bichito. Quién establece lo que debemos querer.
Chau amiguita.

martes, 3 de mayo de 2016

Nosotros y los miedos


Tengo miedo de mí. Tengo miedo de llamar a las armas, tengo miedo de llamar a las almas, tengo miedo de desarmarme, tengo miedo de desalmarme, tengo miedo de que a lo que tengo miedo no pase, tengo miedo de que pase aunque le tenga miedo, tengo miedo de perder las cejas en un gesto de sorpresa, de que se me cambien de lugar de tanto fruncir el ceño, tengo miedo de no poder abrir las manos de tan crispadas, tengo miedo de que se me caiga la mandíbula por asombro y me la esconda el gato, tengo miedo de que un alien salga de en medio de mi pecho y me coma y use mi nombre y pida fiado, tengo miedo de no estar lo suficientemente loco para enfrentar este sistema completamente desquiciado, tengo miedo de quedarme sentado y que vengan los hijos de mis tataranietos a preguntar a mi lápida qué onda, cómo fue que te quedaste tan tieso mientras todo aquello pasaba. Y decirles que tenía miedo de que la vida me juegue al off side. a morir sin haber servido, a vivir sin encontrar el sentido y que fue así que los días se me han ido. Pensando, cavilando, elaborando y reelaborando, masticando, rumiando, observando para saber cuándo, esperando el silbatazo. Tengo miedo del miedo, tengo el miedo de tenerlo, tengo miedo de que se me vaya y no ser capaz de infundir miedo a toda la mierda de este mundo que se merece sufrir el miedo.