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La idea de una marcha

 Contra lo que creían hipnotizadores y creyentes en el mal de ojo, la mirada no emite rayos. Tampoco se ha comprobado científicamente que exista la telepatía. Pero nada de eso impide que nos demos cuenta de que alguien nos está mirando. Uno está en una reunión e interactúa con gente que está en primer plano, saluda con la mano a alguno que entra en el segundo, pero siente un algo que ocurre completamente fuera de foco. Hasta que alza los ojos y ahí, en un rincón alejado, alguien nos está mirando fijo.
  Me pasa con ciertas ideas, que estaban escondidas detrás de otras. Últimamente la cosa está muy concurrida y, caminando de aquí para allá, se hace difícil elegir planos.
Me encontré con una que rondaba por ahí, y me tiene incómodo, porque contradice lo que venía pensando.
  Hasta hace no mucho, consideraba que todos los días tendría que ir a una marcha en contra o en defensa de algo. De hecho fui a un par. Casi todos los días de este verano han tenido una marcha, un acampe, un escrache o una batucada, alguna forma de protesta.
¿Para quién? ¿A quién le importa? ¿Quién lo ve, quién lo cubre? ¿A quién persuade, a quién suma?
 Se junta gente, se concentra en un punto y se marcha. Pueden haber tambores y cantitos, se pega la vuelta, se vuelve a concentrar, se desconcentra.
 Me parece que hay una vana esperanza en estas manifestaciones. Consiste en creer (y aunque no se lo crea realmente, la acción resultante es la misma) que quienes toman ciertas decisiones podrían estar atentos a la reacción de la gente. Y que si esa respuesta fuera adversa, sería posible que las medidas se revean. Es cierto, no es que nunca haya pasado, pero…
¿Somos la gente?  Es decir, somos gente, pero para la consideración pública, mediatizada por el mismo entente que dicta las normas, la gente que va a las marchas es siempre la misma, segmentada en la oposición al gobierno, por lo que los reclamos manifestados por separado se unifican bajo la misma calificación del grupo. Y se espera que esté allí, es un signo de triunfo que esté allí, en donde además se pueden cargar las penurias del tránsito.
 Nos quejamos de la falta de cobertura. Qué otra cosa que la mera existencia confirmada por las cámaras de televisión, puede aportar la transmisión de la marcha. “Yo andaba por ahí”, “yo no pude ir a ésta pero voy a la próxima”.

Algo –de un orden que no me atrevo a ponderar- ha cambiado del Cordobazo y sus réplicas para acá, de 2001 para acá. La Argentina es un país que marcha, que protesta, cuyos habitantes saben gritar su descontento cuando lo siente. En qué decanta semejante cantidad de suelas gastadas. Ante lo adverso y lo horrible reaccionamos, de la manera en que sabemos hacerlo, pero el resultado parece ser cada vez más magro. Es como la ruptura que ejercen las vanguardias artísticas, hasta que el sistema tradicional incorpora, asimila y neutraliza.
 No es un asunto que tenga cerrado ni tengo una conclusión demasiado firme. Me llegan como contraargumentos los cacerolazos que se hicieron contra el gobierno kirchnerista. ¿Es que el triunfo logrado por la oposición habrá tenido como parte de sus puntales las protestas por el supuesto homicidio de Nisman o el cobro del impuesto a ganancias? O no, o se hubiera producido igual, toda vez que se combinaron los elementos de la alquimia electoral.
  Las otras formas de protesta, las que se dan en las redes sociales, me parecen más claras en cuanto a su significado. Cada de uno de nosotros conforma una pequeña tribu, integrada por pensamientos afines. Y trae para el fogón una noticia, un chiste, un pensamiento que infunda valor al grupo, que refuerce las motivaciones de pertenencia, antes de que se cierre la sesión y cada uno deba mezclarse en la jungla cosmopolita, adonde nos hostiga la soledad o el choque con la cultura de las otras tribus.

 ¿La marcha es la forma tangible del foro feisbuqueano? ¿Apuesta a consolidar nuestra existencia antes que interpelar o combatir las motivaciones de la ajena?

 Podría ser un hecho positivo que resolvamos encarnarnos entre tanta virtualidad. Me quedará mirando la idea que es un costo de energía –tal vez no renovable- que no reditúa lo que debería.

Es muy posible que me estés preparando la respuesta de la necesidad de participación política partidaria como alternativa más fructífera que la simple marcha.

Esa idea también me estaría clavando la vista desde el otro rincón. Solo que esta vez, no se si existe o me la estoy imaginando.

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