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miércoles, 10 de febrero de 2016

Rápido y Furioso


(publicado en la última edición de Resumen del Sur, alta página web)

Sentados en corro, los que ya no son –según les acaban de decir- empleados del Ministerio de Cultura, miran para abajo, se abrazan, cuentan la noticia a sus amores por Whatsapp. Empiezan a llover huevos crudos que rompen fuerte en el asfalto, empiezan a llover dolorosos cubitos de hielo. Vienen de unos tipos del edificio de enfrente que quieren enfatizar su desprecio.
La foto del día (porque cada día tiene la suya) rebota por las redes sociales. No se puede creer, la opinión mayoritaria de la argentina minoritaria es que no se puede creer.

“El mundo hizo plop y nadie entonces podía entender
qué era esa furia” (Serú Giran – Mientras miro las nuevas olas)
 Los dos meses de gobierno de Mauricio Macri están signados por un gran plop, onomatopeya para la explosión de burbujas. Las aguas se dividen entre los que creen que estalló la realidad y los que creen que despertamos de su relato, pero lo fáctico indica que de la noche a la mañana desaparecieron tanto los discursos (mediáticos y políticos), como los dirigentes, como las políticas rectoras de la docena de años kirchneristas. Por estas horas se está averiguando si es el Frente para la Victoria completo lo que ha implotado tras la derrota. Eso al menos parece significar un grupo de diputados desertores que se suben al carro del vencedor y patean al caído.
Enero de 2016 fue muy parecido a despertar de un sueño, esos malos finales de cuentos en los que el protagonista descubre que la trama y los protagonistas eran puras elucubraciones de su propio inconsciente. Apenas le permitieron la duda algunas soleadas plazas de Kicilliof, Sabatella y los conductores de 678. Cristina se fue al sur, Aníbal apareció un rato por el tema de los prófugos, Hector Recalde y Rossi aportaron dignas presencias, y Máximo salió por teléfono con Navarro.  En el escenario, Macri, Clarín y el PJ.
Los dos primeros meses de Mauricio Macri tuvieron características de la blitzkrieg,  término militar alemán que describe la guerra relámpago, que consiste en infligir la mayor cantidad de daño y bajas al enemigo, antes de que éste atine a reaccionar. Demostrando un poder de fuego que solo una gran alianza política, empresarial, gremial, eclesial, internacional y mediática (y por ende de opinión pública) podía conseguir, la gestión PRO cargó contra el modelo K en un ataque masivo que fue desde lo simbólico, esperable y minúsculo, hasta lo que en campaña prometió como intocable.
Guste o no, la presidencia que empezó bailando en el balcón de Perón, demuestra haber aprendido que el ejercicio del poder, en un país tan politizado como el nuestro, requiere de mucho e implacable vigor, como para que el cuerpo social no encuentre los anticuerpos que rechazaban el implante neoliberal, que ya se le metiera en la década 1991-2001 y que terminó con estallido y helicóptero.
En esa sabiduría, Macri reunió al mejor equipo y lo puso a trabajar en las mejores tácticas. Experimentados canjeadores de deuda externa para endeudar de nuevo, CEO’s de multinacionales para administrar las empresas públicas, hombres y mujeres de la más rancia aristocracia para restaurar los privilegios de su clase. Y a trabajar coordinados y rápidamente, en una demostración de capacidad de fuego que no se esperaba de una fuerza relativamente nueva y no peronista.
Tal vez lo más abarcable en un intento de balance, sea la clara intención de transferir recursos desde la clase trabajadora hacia la flor y nata de la sociedad. Devaluar la moneda, eliminar las retenciones, desgravar los autos de alta gama, liberar la venta de dólares, desproteger los precios mientras se suspende todo registro de la inflación producida, negociar a la baja los salarios, mientras se despiden 60 mil personas de la administración pública y se invita al sector privado a realizar su propia purga, para que se desaliente el bando contrario de la puja distributiva, van claramente en ese sentido. Todo en el marco de una economía que, si bien venía frenando, ahora clavó de golpe los frenos, haciendo que los elementos más sueltos se estrellen contra el presente, sin avizorar un buen futuro. Una economía que tiende a decrecer un 1%, y que mientras se mete en una crudelísima recesión, quita los subsidios al consumo de energía.
Hacía falta volver a ir a Davos, ponerse bajo la férula del FMI, acariciar buitres, condenar a Venezuela, ratearse de la Celac y hacer chistes con David Cameron. Esto somos ahora.
Pero antes hacían falta todas las demostraciones de afecto que certifiquen que el de Macri se trata de un gobierno Clarín friendly (licuación de la Afsca para frenar los planes de adecuación, entrega del Fútbol para Todos) y era preciso callar del aire a las voces más influyentes que pudieran ser críticas o sencillamente formaran parte de los odios de su electorado. 678 y Víctor Hugo fueron los símbolos a derribar, como estatuas de Lenin o de Sadam.

Después, que importa del después
toda mi vida es el ayer
que me detiene en el pasado
eterna y vieja juventud
que me ha dejado acobardado
como un pájaro sin luz. (Naranjo en Flor – Homero y Virgilio Expósito)
 Algo del estremecimiento colectivo parte de la certeza de una obvia y fuerte necesidad de este viejo modelo. Se hace evidente –otra vez- que el modelo en marcha requiere de manos libres para reprimir a los descontentos, que ya los va sumando y en cantidad. Lo que empezó en la protesta de los operarios de Cresta Roja, lo que tuvo otro hito entre los despidos de la ciudad de La Plata, se repitió contra un grupo de murguistas en la Villa 1.11.14, entre los que había niños y adolescentes: gases lacrimógenos, balas de goma.  En medio, cobraron revancha contra Milagro Sala, acusada de hacer por los humildes jujeños lo que el Estado nunca haría, encarcelándola sin motivo y convirtiéndola en la primera presa política de la nueva era.
A mayor magnitud del estrago macrista, se hacen más evidentes las ausencias de  los dirigentes que podrían traccionar en  sentido opuesto.
En el mientras tanto, una porción estridente de la opinión pública (que uno prefiere imaginar ya no mayoritaria), festeja la brutalidad del gobierno rápido y furioso y tira huevos desde las azoteas o desde los foros abiertos bajo las noticias. Suena a una venganza que atraviesa la historia argentina, heredada de unitarios, positivistas, gorilas y amigos de la última dictadura. Da toda la impresión de que como broche de oro, en cualquier momento suben los cuadros, el gesto contrario al de Néstor Kirchner, que reivindique a los que masacraron al pueblo cuando también el capitalismo quería tomar medidas drásticas.
La pregunta más repetida en estos días no es si volverá Cristina y cómo jugará en la interna justicialista. Si bien ese interrogante existe, viene después de otro, inherente al gobierno actual: ¿tendrán algún placer preparado para las grandes mayorías? Como se sabe, la coartada de la “pesada herencia” tiene vida corta, algunos politólogos la ubican en cien días. Todo indicaría que la receta que esperan que funcione es la más clásica, la de la ortodoxia. Ajustar, secar la plaza, equilibrar las cuentas fiscales con la posibilidad de endeudarse, reducir el Estado a su mínima expresión y esperar, después de convertir a éste en un país serio, a que lleguen los inasibles capitales extranjeros a invertir a lo loco. El mismo tratamiento que se le da a las enfermas economías de España y Grecia, con los resultados que están a la vista.
Para eso, dicen, deberán trasponer la meta de los cien días.
http://www.resumendelsur.com/2016/02/05/rapido-y-furioso/


viernes, 5 de febrero de 2016

La idea de una marcha

 Contra lo que creían hipnotizadores y creyentes en el mal de ojo, la mirada no emite rayos. Tampoco se ha comprobado científicamente que exista la telepatía. Pero nada de eso impide que nos demos cuenta de que alguien nos está mirando. Uno está en una reunión e interactúa con gente que está en primer plano, saluda con la mano a alguno que entra en el segundo, pero siente un algo que ocurre completamente fuera de foco. Hasta que alza los ojos y ahí, en un rincón alejado, alguien nos está mirando fijo.
  Me pasa con ciertas ideas, que estaban escondidas detrás de otras. Últimamente la cosa está muy concurrida y, caminando de aquí para allá, se hace difícil elegir planos.
Me encontré con una que rondaba por ahí, y me tiene incómodo, porque contradice lo que venía pensando.
  Hasta hace no mucho, consideraba que todos los días tendría que ir a una marcha en contra o en defensa de algo. De hecho fui a un par. Casi todos los días de este verano han tenido una marcha, un acampe, un escrache o una batucada, alguna forma de protesta.
¿Para quién? ¿A quién le importa? ¿Quién lo ve, quién lo cubre? ¿A quién persuade, a quién suma?
 Se junta gente, se concentra en un punto y se marcha. Pueden haber tambores y cantitos, se pega la vuelta, se vuelve a concentrar, se desconcentra.
 Me parece que hay una vana esperanza en estas manifestaciones. Consiste en creer (y aunque no se lo crea realmente, la acción resultante es la misma) que quienes toman ciertas decisiones podrían estar atentos a la reacción de la gente. Y que si esa respuesta fuera adversa, sería posible que las medidas se revean. Es cierto, no es que nunca haya pasado, pero…
¿Somos la gente?  Es decir, somos gente, pero para la consideración pública, mediatizada por el mismo entente que dicta las normas, la gente que va a las marchas es siempre la misma, segmentada en la oposición al gobierno, por lo que los reclamos manifestados por separado se unifican bajo la misma calificación del grupo. Y se espera que esté allí, es un signo de triunfo que esté allí, en donde además se pueden cargar las penurias del tránsito.
 Nos quejamos de la falta de cobertura. Qué otra cosa que la mera existencia confirmada por las cámaras de televisión, puede aportar la transmisión de la marcha. “Yo andaba por ahí”, “yo no pude ir a ésta pero voy a la próxima”.

Algo –de un orden que no me atrevo a ponderar- ha cambiado del Cordobazo y sus réplicas para acá, de 2001 para acá. La Argentina es un país que marcha, que protesta, cuyos habitantes saben gritar su descontento cuando lo siente. En qué decanta semejante cantidad de suelas gastadas. Ante lo adverso y lo horrible reaccionamos, de la manera en que sabemos hacerlo, pero el resultado parece ser cada vez más magro. Es como la ruptura que ejercen las vanguardias artísticas, hasta que el sistema tradicional incorpora, asimila y neutraliza.
 No es un asunto que tenga cerrado ni tengo una conclusión demasiado firme. Me llegan como contraargumentos los cacerolazos que se hicieron contra el gobierno kirchnerista. ¿Es que el triunfo logrado por la oposición habrá tenido como parte de sus puntales las protestas por el supuesto homicidio de Nisman o el cobro del impuesto a ganancias? O no, o se hubiera producido igual, toda vez que se combinaron los elementos de la alquimia electoral.
  Las otras formas de protesta, las que se dan en las redes sociales, me parecen más claras en cuanto a su significado. Cada de uno de nosotros conforma una pequeña tribu, integrada por pensamientos afines. Y trae para el fogón una noticia, un chiste, un pensamiento que infunda valor al grupo, que refuerce las motivaciones de pertenencia, antes de que se cierre la sesión y cada uno deba mezclarse en la jungla cosmopolita, adonde nos hostiga la soledad o el choque con la cultura de las otras tribus.

 ¿La marcha es la forma tangible del foro feisbuqueano? ¿Apuesta a consolidar nuestra existencia antes que interpelar o combatir las motivaciones de la ajena?

 Podría ser un hecho positivo que resolvamos encarnarnos entre tanta virtualidad. Me quedará mirando la idea que es un costo de energía –tal vez no renovable- que no reditúa lo que debería.

Es muy posible que me estés preparando la respuesta de la necesidad de participación política partidaria como alternativa más fructífera que la simple marcha.

Esa idea también me estaría clavando la vista desde el otro rincón. Solo que esta vez, no se si existe o me la estoy imaginando.