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jueves, 28 de enero de 2016

La revolución de aprender a vivir

Es posible que dios no exista y tampoco su paraíso, que se apague la vida y las partículas que nos componen, prestadas por el cosmos y con 40 mil millones de años, simplemente, vuelvan por donde vinieron, y ese que decimos ser, pase a no ser, como el tiranosaurio que no habita mi comedor, como el corredor de autos que jamás apareció en Hamlet. Deshacernos, con una última esperanza de trascendencia, como la que tuvo Ovidio Cernadas, mecánico de motocicletas, habitante de Villa Epecuén, el pueblo que tapó la laguna en 1985. Hacer la mueca de partir, aunque no haya destino, aunque el destino se haya cortado como un hilo. 
 Qué dirá el no Cervantes de su trascendencia inútil, de ese Quijote inmortal que no lo revive, que no puede devolver el gesto de traerlo para que reescriba sus andanzas.
 No, yo paso de anestesiar la muerte con promesas, yo paso de pasar a mejor vida, porque la vida es esto, lo que nos ha tocado y lo que hemos hecho por ponerla bella, por hacerla más justa y habitable para quienes merecen nuestro amor. Yo no me imagino a mi papá del otro lado, viniendo por mí en su Taunus turquesa, para llevarme a un sitio en el que no existe el dolor, tan libre de pena que ni vale la pena, que se llama vida eterna y se extiende hasta el infinito, como si este compendio de errores y aciertos que me constituyen mereciera no acabarse, como si pudiera ser eterna, en mi subjetividad única, mi subjetividad compuesta también por la pesadumbre y la esperanza de tener fecha de vencimiento.
 No, la vida se hace trascendente desde ese día incierto hacia aquí, la vida debe ser vivida sin bonus track, sin anexos, valorizando cada beso, cada abrazo, cada ligero cambio que podamos producir en la humanidad desde nuestra pequeñez, valorando hasta este minuto que me tomo en señalarlo.

 Y tal vez la revolución tampoco llegue. Ese momento que todas las generaciones sueñan como contemporáneo, ese estallido planetario en que se acaban las clases sociales para ser por fin felices, comiendo de un mismo gran plato solidario.
 Algo me dice que no debemos esperarla, que sería fantástico y deseable, pero que en esa espera podrían haberse tomado caminos más prácticos, aunque ciertamente menos ambiciosos.

 Porque un oso polar grande ha cazado una foca y se la come. Y viene otro famélico a querer desayunar, y el oso cazador, que es más grande y es más fuerte, lo saca cagando. 
Un ser vivo hambriento se traslada adonde come un ser vivo más poderoso, que por poderoso es mezquino. Pero mientras raramente los osos comen osos o los tigres cenan tigres, los hombres somos caníbales, cegados a nuestra especie por ambición acumulativa, por ese poder imbécil para calmar la espantosa idea de la propia muerte.
 La revolución posible no es la de acabar con los poseedores, que cada día mejoran sus garras y sus dientes, sino la de reducir el apetito. Vamos, hablo acabar con el consumismo, esa idea del ser cuantificada por el tener, esa concepción de las muchas cosas necesarias para ser feliz.
  Se dirá que no hay felicidad sin un plato de comida, que no la hay ni puede haberla oyendo las tripas vacías de los hijos. Claro, es esa la primera y urgente etapa de la revolución, que hasta puede alcanzarse sin violencia. El asunto es inmediatamente después, ya satisfechas las necesidades vitales. Ojalá surgiera, en esa instancia y en todo el mundo, el convencimiento de que la felicidad está al alcance de la mano, sin consola de juegos, sin el último celular, sin conocer París, sin el auto que lo haga todo y a toda velocidad, sin perfume, sin postgrados. Esa felicidad que desconocen tanto los ricos que poseen como los pobres que quieren poseer. 

Hacer la revolución de acabar con el juego. Porque si no hay juego no hay perdedores. Lo se, porque como no me gusta el fútbol yo nunca pierdo. No hay que inventarle nuevas reglas, no harán falta guillotinas ni paredones, la clave estará en no jugar, aprender a ser como si cada día fuese el último, adonde no importen las cuentas bancarias o las zapatillas que llevemos.
 Es la única revolución que podría acabar con las revoluciones, o con la tensión o la esperanza de ponerle fin a esta opresión, tan vieja como la humanidad, humanidad que se olvida, a cada rato, de la principal característica de la especie: la conciencia de su inexorable finitud.

No sé si llegaré a verla. Pero esta noche tenía necesidad de legarla por escrito.

  

lunes, 25 de enero de 2016

Empoderar lo desapoderado, desesperadamente

Si tantos gritan pavadas, por qué me voy a privar de gritar lo que siento, aún sin pleno convencimiento. 

¿Qué tan real fue la acumulación de poder, la hubo? 
¿Y el verbo empoderar, existió?
La hubo, existió, entonces a qué obedece esta monstruosa sensación de impotencia.

No creo que el amor que se termina, convierta en mentira un pasado enamorado. Pero qué raro este desamor de enero, tan repentino, tan dale yo te llamo.

No perdimos, ya habíamos perdido.
No nos perdimos, solamente no sabemos adónde vamos.

“-Minino de Cheshire -empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba -. Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
-Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato.
-No me importa mucho el sitio… -dijo Alicia.
-Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – dijo el Gato.
– … siempre que llegue a alguna parte – añadió Alicia como explicación.
– ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte – aseguró el Gato -, si caminas lo suficiente! “


sábado, 16 de enero de 2016

La memoria de los escombros

¿Habrá que rendirse al silencio cuando nos decorazone sentir que ya acomodamos de todas formas los argumentos, que ya pusimos las palabras en todos los órdenes, buscando el antídoto a la necedad?
¿Habrá que darlos por irredentos, antes de percatarnos de que lo que creíamos verdaderos misiles discursivos que impactaban en su bestialidad, constituían en realidad un bonito desfile de conceptos para nuestros propios ojos, para darnos el valor que nos haga soportar al invasor?
¿Será que los hechos nos ganan en elocuencia y hay que esperar que por allá se les pase la sordera para oír el estruendo ?
¿Nos ponemos debajo de la mesa, buscamos la seguridad de las escaleras o de los marcos de las puertas, aspiramos el polvo, mientras nos tiembla el piso y se derrumba en tan poco lo que costó tanto?

Me consuela creer que las ciudades guardan memoria de su integridad, que los escombros se transforman en ladrillos para los nuevos edificios y que un día se rehicieron Guernica, Berlín, Londres y Tokio.
Me apenan, eso sí, los gentilicios que van quedando enterrados.

Por eso sigo con el casco puesto este inútil puzzle de palabras.


viernes, 15 de enero de 2016

Hubo un tal Cioran


 Era rumano, pero qué más da. Fue un hombre que me copió los pensamientos en el pasado.


“Mi misión es matar el tiempo y la de éste matarme a su vez. Se está bien entre asesinos.”

 “Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.”

 “La sociedad no es una enfermedad, sino un desastre. Es un milagro estúpido que consigamos vivir en ella”

 “Un instante de lucidez, sólo uno; y las redes de lo real vulgar se habrán roto para que podamos ver lo que somos: ilusiones de nuestro propio pensamiento.”

 “El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad.”

 “No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas lo cual vale más que tratar de llenarlas.”

 “Se puede soportar cualquier verdad, por muy destructiva que sea, a condición de que sea total, que lleve en sí tanta vitalidad como la esperanza a la que ha sustituido.”

 “El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida.”

 “Sólo los espíritus superficiales abordan las ideas con delicadeza.”
Emil Cioran


lunes, 11 de enero de 2016

Hoy como ayer


Mirá que me llevó tiempo encontrar la respuesta. Ahora calculo que son más de 20 años. 
Yo preguntaba, les preguntaba a periodistas mayores que compartían conmigo el aire, cómo pudieron atravesar la dictadura siendo periodistas, cómo fue que no se enteraron, cómo fue que si acaso se enteraron, no lo decían.
Antes de que me respondan, a mí me sonaba de fondo la Carta Abierta de Walsh, a sólo un año del golpe.

 El señor T, medio molesto ante mi indignación preguntona, me decía (fuera del aire) que no se podía hacer nada, y dejaba entrever que la transmisión de boxeo no tiene nada que ver con la política.

 El señor C respondía en cambio que no se enteró de nada. Y me contó una anécdota para que me de cuenta: "Cuando fuimos a cubrir el Mundial de España '82, veíamos carteles que hablaban de los desaparecidos. Y nosotros todavía pensábamos que era la campaña antiargentina!". En 1982, en 1982 después de la guerra de Malvinas, en 1982 la campaña antiargentina, publicándose la revista Humor.

  Pero ahora me cierra todo, el presente me explica el pasado con mucha claridad.

  En principio, se puede ser un periodista consagrado y al mismo tiempo ser un perfecto ignorante. Eso porque buena parte de la sociedad tiene bajas expectativas en lo que a información se refiere. No quiere noticias, quiere a sus ideas, desea mantener sus prejuicios así como están  Sin ese requisito, al televidente le  alcanza con el show, con estar frente a ese show montado para que pueda creerse informado.
 En segundo lugar, los periodistas, con énfasis en los que se desempeñan ante los micrófonos, alcanzan una cierta forma de prestigio social, aunque ese prestigio no sea validado por sus colegas, digamos, más serios. Les basta con el reconocimiento "de la calle", con los saludos, con su nombre mencionado a su paso. En las ligas mayores escriben libros, aunque siempre les suponga un riesgo presentarlos. Esa posición en la cadena alimenticia, lo que primero les genera es identificación con una clase social a la que no pertenecen. Son el poder, se sienten el poder porque el poder les paga el whisky y los conoce por el nombre de pila. Más tarde o más temprano se hace cierto, se convierten en el poder, son el poder, ni el cuarto ni el tercero, el poder a secas. Y como se sabe, los conversos son los peores, Los periodistas conversos ya no son periodistas ni quieren volver a serlo. Pasan a  formar parte del show pseudo informativo que conviene, ahora sí, a su casta. Entonces distorsionan, falsean, inventan redondamente, ocultan, censuran, ya ganados por intereses (para ellos)  muy superiores a los de esta profesión.

  Llegados allí, qué les pudo haber costado decir que unos muertos con orificios de bala en la espalda fueron abatidos en el marco de un enfrentamiento entre las fuerzas armadas y una célula terrorista.
 Qué les costó enmascarar el exilio de un artista, remitido a un simple "radicado desde hace algunos años en el exterior".
 En cuánta amoralidad sentían incurrir al mentirle al pueblo, al decir que íbamos ganando una guerra que se sabía perdida.

La respuesta siempre es Nada.

Como nada es lo que pagan por seguir mintiendo en democracia, diciendo que está mal lo que está bien o diciendo que está bien lo que está para el orto, llenando hojas en blanco con eufemismos, medias verdades y gacetillas de prensa que emanan de las siempre renovadas usinas de la falsedad.

 Y si fueron capaces de seguir ante cámaras después de disimular 30 mil desaparecidos, cómo no van a poder (las mismas personas o sus sucesores, sus hijos, sus nietos) esconder la ola de despidos y la represión policial. Una papa.

Y por supuesto no serán ellos los que aborden el asunto del descomunal andamiaje de monopolización de la palabra que construye el nuevo gobierno.

No dirán nada del despido Víctor Hugo Morales, como no dicen nada de los despidos masivos de colegas,
como no dijeron (o no hubieran dicho) nada de los asesinatos de Walsh o de Paco Urondo.

 En tanto el poder no pase de mano y vaya a parar a esa abstracción que llamamos "gente", los canallas seguirán empoderados, y mentirán para no decir la verdad.

 Quiero creer que en 40 años, ya somos más los ciudadanos que conocemos nuestros derechos, que los imbéciles que disfrutan cuando nos hacen callar.




domingo, 3 de enero de 2016

La vida por Cristina


 Cuando sonaba el timbre y nos parábamos, un tercio de los varones se dirigía hacia el banco de Javier. El gordito de melena rulienta y rubia, emprendía entonces algún rumbo, y era seguido por mis compañeros, que considerarían que siempre era ese el mejor que podía tomarse.
 Yo hacía lo contrario. Si ellos se quedaban en el aula, me iba al patio, si salían, me quedaba. No porque tuviera alguna enemistad con el rebaño, pero me resultaba claro que no quería seguir al líder. 

 Será por eso que, de todas las ideologías que pude adoptar en la adolescencia, no elegí la peronista. En mi catecismo marxista, Perón había usufructuado el viento de cola internacional de la post guerra, y con métodos robados a Mussolini, había disciplinado al pueblo para aventar toda esperanza de una revolución verdadera desde el lado rojo.

 El tiempo pasó, uno madura, comprende que el peronismo ha sido lo único transformador y  lo más revolucionario que supimos pergeñar, aunque en el fondo uno quiera otra cosa. Pero, y aunque me repuse de mi gorilismo perfecto en la última década, sigue sin gustarme que el pensamiento se restrinja a lo que señalan sus líderes. O a que solo sea en un determinado líder donde recaiga la tarea de conducir el pensamiento de una época.

 Se entenderá ya que no sería mi deseo que durante los siguientes cuatro años permanezcamos abrazados hasta que vuelva Cristina. Mitad porque Cristina es tan mortal como yo. Quisiera otro movimiento de fichas, el surgimiento de alguien más, que encarne lo mejor de la docena de años, y se deshaga de los errores cometidos, un núcleo político más horizontal, con segundas y terceras líneas autorizadas y obligadas a alzar voces críticas cuando el rumbo se desvíe de la ideología acordada. Piezas de recambio, una agenda más amplia que la ya ampliada por los gobiernos K, federalización de la renovación generacional, etc.

  Pero ocurre que en estos tiempos el '55 se está reeditando. La caterva de agentes del imperio que han venido a gobernarnos, está más que dispuesta a barrer con todo vestigio de esta bastedad (que excede al peronismo) que se llama kirchnerismo. Para eso, como hicieron los Leonardi, Aramburu y Rojas, están decididos a cargarse su capital simbólico. Cristina es un objetivo, el primero de todos,

 De manera que, desde una fundamental revisión del pasado, que va de la mano con la imperiosa necesidad de darnos una estrategia hacia el futuro, no sería el momento de arriar la bandera de la ex presidenta.

 Porque los líderes, así como Javier en el 3er año del Nacional, no solo están para tomar la iniciativa, no solo están para ejercer una vanguardia que nos evite el arduo trabajo de pensar caminos, también son la encarnación de una voluntad colectiva, es el mecanismo de representación por el cual, así como hay un representante, hay también representados.

 Cristina es la bandera debajo de la cual podemos ponernos muchos, incluso quienes hemos visto sus muchos defectos. Es la bandera por todo lo bueno que ha hecho y representa, y porque del otro lado está la de bandas y estrellas. Hoy habría que dar la vida por Cristina, si fuera necesario. Pero a sabiendas de que es la vida cotidiana de sus embanderados la que está más en juego, a sabiendas de que los salarios se habrán perdido en cuatro años si no nos organizamos, a sabiendas de que puede querer no volver y nosotros aquí esperando su vuelta salvadora.

 Esperaría que en un tiempo, nos hayamos podido dar nuevos liderazgos.

En el mientras tanto, voy a recordar el fragmento de un libro, que además usé en un posteo sobre el Papa.



"Mirá, Gordo", dijo Salamanca, "el problema es éste: los obreros son peronistas, pero el peronismo no es obrero". --
"¿Durante cuanto tiempo te pensaste esa frase, pibe" , replicó Cooke? - "Si el peronismo fuera obrero como los obreros son peronistas, la revolución la haríamos mañana mismo"."
Y si, claro", dijo Salamanca."Tenemos que conducir la clase obrera al encuentro con su propia ideología, compañero. Que no es el peronismo".
"Estás equivocado", dijo Cooke con una convicción casi tangible. "Eso es ponerse afuera de los obreros. Eso es hacer vanguardismo ideológico, Salamanca. Recordá lo que aconsejaba el barbeta Lenin: hay que partir del estado de conciencia de las masas. ¿Está claro, no? La identidad política de los obreros argentinos es el peronismo. No estar ahí, es estar afuera". Entonces Cooke dijo: "Me cago en Perón, Salamanca". Agarró de nuevo su vaso, lo golpeó contra la mesa dos o tres veces y dijo: "Más vino aquí". Miró fijamente a Salamanca y dijo: "No sé si he sido claro, compañero".
"Nosotros también, Gordo. Nosotros también nos cagamos en Perón" "Parece que estamos más de acuerdo de lo que creíamos"
"No, compañero. No estamos de acuerdo. Porque ustedes se cagan en Perón de una manera y yo y los peronistas como yo de otra. Porque, para ustedes, compañero, cagarse en Perón es quedarse afuera. Afuera de Perón y de la identidad política del proletariado. Mientras que para nosotros, cagarnos en Perón, es rechazar la obsecuencia y la adulonería de los burócratas del peronismo. Es reconocer el liderazgo de Perón, pero no someternos mansamente a su conducción estratégica. Para nosotros, Salamanca, para mí y para los peronistas como yo, para los peronistas revolucionarios, cagarnos en Perón es crearle hechos políticos a Perón, aun al margen de su voluntad o del que sea su propio proyecto. Para nosotros, Salamanca, para mí y para los peronistas como yo, para los peronistas revolucionarios, cagarnos en Perón es creer y saber que el peronismo es más que Perón. Que Perón es el líder de los trabajadores argentinos, pero que nosotros, los militantes de la izquierda peronista, tenemos que hacer del peronismo un movimiento revolucionario. De extrema izquierda. Y tenemos que hacerlo le guste o no le guste a Perón. Porque si lo hacemos, compañero, a Perón le va a gustar. Porque Perón es un estratega y un estratega trabaja con la realidad. ¿Entendés, Salamanca? Y nosotros le vamos a crear la realidad a Perón. Una realidad que, más allá de sus propias convicciones que son muy difíciles de conocer, Perón va a tener que aceptar. Porque Perón, Salamanca, ya no se pertenece. Quiero decir: lo que no le pertenece es el sentido político último que tiene nuestra historia. Porque Perón, Salamanca, va a tener que aceptar lo que realmente es, lo que el pueblo hizo de él: el líder de la revolución nacional y social en la Argentina. Ésa es, entonces, compañero, en suma, mi manera de cagarme en Perón".
Extraído de "Nunca he visto otro hombre más vivo que éste", José Pablo Feinmann, Fragmento de "La astucia de la razón", editorial Norma.