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jueves, 24 de diciembre de 2015

Las cosas por su nombre

De ahora en más, dejemos de mencionar al gobierno “de Mauricio Macri”, y pasemos a llamarlo como gobierno “de Héctor Magnetto y Mauricio”.

Será nuestra manzana de la discordia. Un minúsculo ataque semántico-semiológico para dividir y reinar; el antiguo  divide et impera, que conocieron, utilizaron y recomendaron desde Julio César a Napoleón y Maquiavelo.

 El asunto funciona en distintos niveles.

a)      Hacia el presidente de la Nación (a quien también podríamos denominar “presidente de La Nación). Tuve la oportunidad de presentar en Mar del Plata el relanzamiento del libro El Pibe, biografía del ahora primer mandatario, escrita por Gabriela Cerrutti. La autora cuenta qué significó para Mauricio, emprender el camino entre la presidencia de Boca y esta entronización electoral. Un componente clave de ese lapso fue su necesidad de despegarse de la figura omnímoda de su padre, Franco. Cuenta que lo hizo para salir de su influencia tiránica, de esa paternidad asfixiante y despreciativa (en varios tramos de la obra se cuentan escenas en las que Franco dijo, a diferentes adláteres exitosos “cómo me gustaría que fueras mi hijo, en lugar de este pelotudo”), para poder constituirse como persona. Así que remitirlo al mero Mauricio, devolver el apellido al padre déspota para reemplazar su despotismo por el de otro, no le va a resultar nada bonito. Si es la marioneta de, tratémoslo como tal.
b)      Hacia el CEO del Grupo Clarín. Darle a Magnetto el carácter de verdadero conductor de los destinos de la patria, será un elogio envenenado. Aquél que dijera, ante la mención del cargo de Presidente por parte de Alfonsín, que ese es un “puesto menor”, podría vanagloriarse ahora de este reconocimiento público a su verdadero poder. Pero esa generalización en el uso de su nombre, lo sacaría de las sombras en que lo ejerce. Es lo que llevó a Alfredo Yabrán a matar al fotógrafo Cabezas, es lo que descubre Hermione en la saga Harry Potter, cuando todo el mundo mágico evita mencionar el nombre de Lord Voldemort: cuanto más se conoce y menciona al poderoso, más se le hace salir a la luz, más se expone, más pierde.
c)      Hacia la sociedad. Nombrar a Magnetto como verdadero hombre de poder, en vez de a un tipo elegido por el pueblo por las vías electorales, bautizar al gobierno con un representante del poder fáctico, hará (y más temprano que tarde), que los disgustos se vayan acumulando contra la gestión en el sitio en que no se quiere: en el poder permanente, en lugar del transitorio. ¿Y a este quién lo votó? Clarín no sólo miente, ahora también nos gobierna para que sirvamos a sus intereses.

                Y finalmente,

d)     Entre ellos. Por más que los intereses sectoriales estén por encima de la psicología de sus personeros, alguno de los dos querrá despegarse del otro. Magnetto querrá decir que las decisiones de mierda las toma Mauricio. Mauricio querrá demostrar que no es el títere de nadie. La manzana de la discordia.


  Si bien en estas horas es casi perfecto el cerco informativo que protege al flamante gobierno, no faltarán transmisiones en vivo desde el Congreso o desde plazas públicas, en donde se dará la oportunidad de pronunciar en vivo la nueva fórmula. Diputados, Senadores, gremialistas, gente de la cultura, piqueteros, podrán decir, ante indignados ponedores de micrófonos, cosas como estas:
“Nosotros vamos a votar en contra del proyecto de ley impulsado por el gobierno de Magnetto y Mauricio. Básicamente porque…”
“Estamos aquí movilizados porque queremos que se cumpla lo prometido por el gobierno de Magnetto y Mauricio. Ellos dijeron, y tiene la firma de Marcelo Bonelli, que para fin del primer trimestre iban a llamarse a paritarias…”

 También será oportuno que adicionemos a los miembros del gabinete, calificativos como “magnetista” o “clarinista”.

Llamemos a cada cosa por su nombre, si es un gobierno de las corporaciones, que se hagan cargo.
Y veremos llorar al presidente como nena chiquita.


Tomá, Durán Barba, chupate esta mandarina.

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