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lunes, 24 de agosto de 2015

TODO ES HISTORIA


Le cuento a la mocosa cómo eran los teléfonos de antes.
Le cuento que eran pocos los que tenían, y que los departamentos a la venta, si lo tenían, lo ponían en los avisos clasificados.
Le cuento que en casa cuando llegó dábamos saltos.
Y que dos por tres venía una vecina a preguntar si podía hacer una llamadita.
Y que mi mamá refunfuñaba en la cocina diciendo que era medido.
Que te comunicabas con una operadora y decías: quiero comunicarme con un abonado de Quemú Quemú. La señorita tomaba nota y la escuchabas discar. Cuando la atendían del otro lado, se la oía decir: "tiene una llamada de Mar del Plata, lo comunico".
Le cuento que en las fiestas había una espera como de 6 horas para hablar a Buenos Aires. Y cuando el pariente de allá descolgaba, era común que le ordene a otro que corra para hablar también, que era de larga distancia. Hablar, se hablaba a los gritos.

 Y que los teléfonos se "discaban". Porque no había botonera (esa sofisticación llegó avanzados los '80) y entonces uno ponía el dedo en el agujero del número que quería, y arrastraba el agujero hasta un tope, y así hasta completar el número.

Había espacios comunes en los que alguien al disco le ponía un candado.
Había casas contiguas que compartían un mismo teléfono, y se habilitaba para un lado y para el otro con una palanquita.

En algunas ocasiones, uno discaba cierto número y la línea se empeñaba en dar con uno equivocado. Así hasta que se convenía con el fastidiado receptor que descuelgue un rato el tubo para poder comunicarse.
Pero lo más copado de todo, eran las conversaciones ligadas. A veces agarrabas el tubo y te encontrabas con una conversación en curso. Entonces, te la pasabas meta escuchar confidencias ajenas hasta que uno de los interlocutores se avivaba y decía "me parece que nos están escuchando". Y ahí uno decía "no es cierto, sigan sigan" o se ponía todo morado y colgaba despacito, solo para volver a levantar en tres minutos y verificar si seguían.      

Beneficios historiográficos de haber vivido la prehistoria.
Mi hija menor, a la mitad del relato, se puso responder una conversación del grupo de whatsapp de su escuela.