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miércoles, 21 de enero de 2015

Fábricas

  De chico fui chupacirios. Fui un monaguillo de los que se cuelgan de la campana, sin dobles lecturas pederastas.
 Creí que la iglesia era una máquina que destilaba el mejor de los productos: la bondad.
 La verdad es que la institución es un sistema complejo, un conjunto de rituales, de leyes, de encíclicas, de textos escogidos, de pecados de tablilla o capitales, de jerarquías, de tradiciones y de misterios. 
La iglesia es una máquina perfecta que consume todo el combustible que fabrica en su propio funcionamiento.
Tardé en darme cuenta que adentro había, sí, gente buena, pero conviviendo con hijos de puta irreductibles.  
La bondad era un accidente.
 Después me hice ateo.

Aprovecho:
¿qué produce la máquina, política, social, a la que pertenecés?

No es una mala pregunta para hacerte y para que hagas, siempre y cuando te animes.
Las organizaciones se abusan de los malos entendidos.

1 comentario:

Guada mendive dijo...

Produce miseria, promesas y deseos. 1 de cada 100 quizás los cumplan. Guada