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martes, 18 de noviembre de 2014

Estoy lleno de dudas sobre el ascensor.


Hay señales inequívocas como el semáforo (aunque para muchos parece más bien una opinión) y hay de las otras, inciertas como los botones de arriba y abajo del ascensor. Hoy fui a buscar la cajita feliz por la oficina de Marcelo (como prórroga de los fueros periodísticos, la cadena de comidas me manda la colección de juguetes del mes para mi hija menor), y en su edificio me volvió a ocurrir la duda. Es que el elevador quiere saber de antemano para dónde voy? Adónde voy a ir, si estoy en el quinto, a planta baja voy gil. Está bien, alguno irá a la terraza a colgar la ropa, pero serán los menos. Aparte para qué están los botones de adentro, sino para indicar el destino numérico del viaje. Y aunque mintiera diciendo que voy para arriba y voy para abajo, qué. Y qué si hay dos personas y una  desciende y la otra asciende qué hacemos, un promedio.
 Debe haber una respuesta, siempre hay una y alguien que la tiene. Debe haber razones ergonómicas, antroposóficas, ergonómicas, mecanocéntricas, económicas y del derecho contencioso que expliquen estos botones. No me importan, en verdad, a veces, prefiero las dudas.
 Me cansan las certezas. Me fastidia la polisémica seguridad (y lo pienso en momentos en que se estaría por morir Cacho Castaña, por suerte debido a razones naturales, que son muy otra cosa a que lo mate un delincuente, de eso morirá seguro). Sin embargo, hay por todos lados gente segura de lo que quiere. Siempre. Yo no, yo casi nunca estoy seguro de lo que quiero, debo ser el único que en algún momento de Duro de matar quiere que se la den a Bruce Willis, para querer todo lo contrario al siguiente momento.
 No votaría ni en pedo por Scioli, de eso estoy seguro. Yo no voto liberal, puedo haber aceptado votar un peronista si es bueno y módicamente izquierdista, pero liberal no. Qué es un liberal o un neoliberal? Scioli, por ejemplo. O Insaurralde, o Bossio, o Massa, todos esos. Son cancheros, de gustos caros y se lavan los dientes después de besar un negro o al pañuelo de las madres. Se adaptan, se acomodan, se conchaban, se mimetizan, permanecen, son queribles para un montón de gente de mierda, te van a empernar ni bien tengan la ocasión, van a hacer rrrracccc y se van a sacar la careta de la lealtad a Cristina conducción. Le van a pegar una patada a Evo ni bien puedan. No los voy a votar. Y saltará uno de esos estratégicos a decir que es el mal menor y a quién vas a votar si no. Ah claro, claro, diré yo, a Scioli, más vale, mirá si le voy a poner un voto a Sanz. Y capaz que hasta votaré a este manco inmundo queriendo que todo se vaya bien a la mierda de una vez, para que se encarame en el poder y ver como se garcha a todos los estrategas, como hizo Menem cuando se sacó las patillas. Me da miedo, pero así funciona mi endeble psiquis. No se si en el fondo no quiero el Apocalipsis. Y alguno me gritará que piense en mi familia, cómo voy a querer eso. Y yo me daré la vuelta y le preguntaré, arrodillándome en el piso y arrancándome los pelos, y si quiero algo peor, si todavía quiero la revolución y en el fondo de mi alma (que no tengo) sigo pensando que cuanto peor mejor, que peor es mejor para la toma de conciencia de la necesidad de cambios más profundos, para que los ricos coman mierda y los pobres coman pan? Qué tal si considero que el capitalismo no tiene lado bueno, y será con más dosis de su mismo veneno que por fin nos daremos cuenta.
 No, no, mejor que esté todo bien y se siga profundizando el modelo inclusivo. Él lo hará, lo estaremos vigilando.
 Es eso o arrojarme a las filas de la izquierda loca.
No se si voy para arriba o para abajo.

1 comentario:

silvia spertino dijo...

Lo que pasa que uno sube o baja por razones muy diferentes de las verdaderas razones de los politicos