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viernes, 17 de octubre de 2014

unos ojos en la pared

Dibujo. Dibujaba. Me están entrando ganas. Si yo hiciera lo que me place ahora, buscaría entre las bolsas que acopian antiguos instrumentos de dibujo, hasta dar con las carbonillas baratas que compré (o alguien me regaló para que corte mi letanía de dibujante retirado). En esa bolsa me toparía con la engrampadora con la que planeé estirar las telas sobre bastidores que yo mismo construiría. Debe haber crayones, acrílicos secos y otras porquerías inútiles, junto con incontables juguetitos de cajita feliz o de huevitos kinder.
 Agarraría un carboncillo y me pondría a improvisar sobre las paredes del living. Todo un símbolo, porque en dos años jamás pinté, y bien que debería; las paredes se vuelven amarillas. Pero como el "dibujaba" viene con el "pintaba", se me hace demasiado pedestre agarrar un rodillo para blanquear. Cuestión que no hago ni una cosa ni hago la otra. Soy toda una máquina de postergar, creo que básicamente porque no creo en mí, o si me creo no me importo tanto. Acumulo verbos conjugados en pasado: hice radio, dibujaba. Puedo decir, sí, que ahora escribo. Escribo todos los días, escribo a cada rato. Debe ser que no me importa el resultado, que me bastan unos cuantos likes, que ni en pedo me pondría a Escribir un Libro. Váyanse a la mierda las editoriales y sobre todo las librerías. Váyanse bien a la mierda. Fui librero también! (ahí tenés otro pasado). Un día me voy a animar a contar los entretelones, los paratextos: los micro-duelos de poder, la codicia, la venganza. Un día voy a animarme a decir que algunos impostaron una amistad por haberme recibido en sus oídos por la radio, que me prodigaron elogios, que me dijeron qué capo sos y me colgaron de una cruz (tengo una escena de mudanza de librería en que literalmente era un cristo transportando sus propias vigas). Todo untado de oportunidad para el capo caído (de su ego). Y también estaban los libros, los amados y odiados libros. Cuando sos librero (seas dueño o empleado), si es que sos medianamente normal, si no sos un verdadero enfermo de la literatura, capaz de sosportar los males de su acopio y clasificación, entonces te pudrís. Ay cómo me gustaría trabajar en una librería, es mi sueño. Cuidado con lo que soñás. Podría referir kafkianas escenografías de cajas, paredes de cajas rellenas de libros que contar una y otra y otra vez, cotejando con remitos, ingresando sus mierdosos datos en el sistema a través de un escáner. Pilas de libros que se caen sobre uno que busca en cuatro patas un ejemplar perdido en una estantería de abajo. Tierra, toneladas de tierra que se inhala y se pega al sudor. Y el peso de las cajas, al que uno se acostumbra, pero que da lo mismo que sean palabras o ladrillos, te rompen igual las rodillas y la espalda. Y después secarse con un trapo y salir a dar una mano al salón, para asesorar a gente que no lee y que viene a hacer el gesto de que sí, por el hecho sacro de haber entrado a una librería. Hay de todo, claro. Y los hay que no van a comprar nada, que van a guiarte a que los guíes a los libros que ya leyeron, para rechazarlos todos con gesto displicente y terminar optando por uno que ni siquiera conocías, pero ellos sí. Me llevo éste. Si, la concha de tu madre, te lo envuelvo?. Pagás con tarjeta o en efectivo, pedazo de puto.
Me quedé en la bolsa donde están las carbonillas. Agarraría una y me pondría a improvisar en la pared. Cada vez que vuelvo, dibujo ojos. No se qué tengo con los ojos. Para el psicoanálisis, la respuesta debe andar cerca. Prefiero pensar en mis propios ojos, que miran fuerte. Yo mismo me miro fuerte al espejo, y es como si un monstruo malvado me mirara como queriendo decirme algo.
 Haría ojos, haría mariposas, haría un árbol. Seguramente sería un dibujo espantoso, me diría que tendría que haber probado con un papel primero, qué pelotudo, E iría a la cocina a buscar la rejilla. Y entonces el aspecto de mi casa pasaría a ser un poco peor, después de enchastrar con un trapo húmedo los rastros del carbón. Y estaría nuevamente frente a mi falta de voluntad y a mi módico y parejo autodesprecio (recién ahora caigo en que me pongo a escribirlo para no tentarme de hacer el dibujo). He tirado tantos dibujos! En la escuela, alguno me ha visto pasar horas dibujando el parquet de una habitación; y cuando el espectador creía que la Obra estaba perfecta, agarraba yo y la tiraba a la basura sin piedad. E iba este ñato a rescatarlo como recuerdo. Debería haber vendido acciones de mi persona, hubo muchos que creyeron que este muchacho tiene futuro).
  Pero no, no voy a ponerme a dibujar en la pared. Porque aunque quedara bien, después debería agregarle colores armónicos para que no parezca la casa de Charly o de un punk. 
  Volvió la sole, un poco. Eso es lo que pasa. Debería salir corriendo ya mismo, debería calzarme las zapatillas y salir corriendo hacia alguna parte, porque yo se lo que sigue. Pero, una, no tengo mucha plata para el medio mes que falta. Y salir es gastar plata, aunque sea pan, que no me queda. Prefiero quedarme y agotar las reservas de la alacena. Hay galletitas y hay fideos. Y estoy tratando de no mirar el paquete de Phliip's. Lo otro es que no hay "otra parte" a la que ir. Hoy recita poesías un amigo; pero se que no voy, aunque haya programado hacerlo. Nada empieza a horario, y como esto es de noche y mañana también madrugo... Pero no es ese el tema, adonde vaya me llevo. Iré con este hiperrealista bosquejo de mí, que completo en el silencio. Porque en el silencio aparezco, aparece este viejo y conocido lado oscuro de la luna. Y no porque estando acompañado sea muy distinto. Pero puesto ante alguien, mi pesadumbre -por un rato- se vuelve interesante. Después no, después ya no lo es ni para mí. Pero durante un tiempo creo extrañar a este patético penitente que no sabe bien vivir, que parece definirse como un proyecto en ruinas, como la losa de un edificio que no fue, cubierta de verdín.
Shhh, shhhh, escalera al cielo.

martes, 14 de octubre de 2014

Las garras del peluche

Amor y Odio, los hermanos siameses que comparten corazón.
Las manitos acolchonadas del gato, que esconden las uñas que podrían hincarse en tus ojos.
Somos Ghandi con fiebre
y también, la encarnación de la Ira Mancomunada del Infierno, 
jugando con la máquina de aniquilar.
Ricas puñaladas de carne para la cena,
ácidas puñalabras para el postre.
Y la duda de si acaso habría sido mejor 
no haberse conocido.
Qué difícil discernir:
los gemelos éstos
se nutren de los mismos detalles.

sábado, 11 de octubre de 2014

El pajarito que se hizo libre hablando


Cuando el pájaro aprendió el idioma humano, pudo decir
- Yo quería ser libre.
El amo, sentado enfrente, con los ojos fijos en los del ave, esperaba las primeras palabras (porque fue siguiendo los progresos, en un gradual pasaje desde el trino animal al lenguaje de los hombres), pero no esperaba éstas.
- Desagradecido pajarraco – respondió dando una cachetada en el techo de la jaula –maldito pájaro malagradecido. Podrías agradecerme mi amable atención, la forma en que te cuidé desde tu llegada, que nunca te hice faltar el agua o el alpiste, que te cubrí con una manta para ponerte a salvo del frío y del sol, que te ponía tu huevo duro para que incorpores calcio… No! en lugar de eso, lo primero que sale de tu pico es una queja! 
 Fastidiado, el amo se eyectó del banquito apoyando fuerte sus manos en las piernas para pararse, después giró hacia la cocina y fue a empezar el mate, dio una chupada violenta al sorber lo último del agua y apoyó fuerte el mate en la mesada. Después se puso a mirar el jardín.
- Yo quería ser libre – repitió ahora más bajito el animal, no para insistir o enfatizar, sino porque no creía aún ser capaz de articular las palabras. Libre, susurraba al saltar de una hamaca a la otra, de allí a los barrotes y de vuelta al principio. Libre, suspiraba el pajarito. Y después dijo:
- Si me escucharas un momento, Alfredo…
  A la mención de su nombre, el amo pareció caer en la cuenta del prodigio que estaba ocurriendo en su casa, más allá de cuáles hayan sido las palabras. Esta vez dejó el mate suavemente y volvió a sentarse. Te escucho. A ver..
- Todo eso que decís que debo agradecerte, no es otra cosa que las acciones mínimas y necesarias para que mi cautiverio siga siendo posible. Porque convengamos en que para que haya un cautivo, este debe estar vivo…
 Alfredo estaba duro como una estatua. No sólo su ave había adquirido el don de hablar, sino que parecía ser una especie de filósofo.
- Debías cuidarme para que no muera. Muerto no habría cantado con la salida del sol, no podrías mostrarme a las visitas. En suma, sin comida, agua y cuidados, hubiera sido una posesión que hubieras dejado de poseer.
- Pero –ensayó el amo su respuesta – vos sabés cuál es el precio de esa libertad de la que hablaste al principio…
- No puedo saberlo – dijo el pájaro saltando al otro palito.
- Ja, no podés saberlo. Querés la libertad? Te doy la libertad, dale volá. Y preguntale a los gorriones y palomas cuál es el destino de los pájaros sueltos. Corridos a escobazos, cazados por gatos, durmiendo siempre con un ojo abierto. Y la comida! Te creés que es tan fácil alimentarse en libertad? Las aves libres no conocen el huevo duro, mi querido.
  El zorzal inclinó la cabeza para un lado e inclinó la cabeza para el otro, un movimiento común de las aves, solo que en este caso no era una forma de ganar perspectiva de visión, sino fruto del desconcierto por esas argumentaciones.
Ironizó:
- Si, imagino que esa libertad debe ser terrible. Debería conformarme con esta vida que me das, que me permitís, el que la ha considerado tan perjudicial para mí, para mi…casi digo persona. No había reparado en esos peligros, que incluyen la posibilidad de morir en las garras de un gato.
- Acá tenés de todo…
- Acá tengo de todo, sí. De todo menos a mí. Porque ser yo, debería implicar esos peligros. Sin ellos, qué soy. Un adorno que se mueve, un pedazo de materia tibia que respira y trina. Cualquier cosa menos un pájaro.
 Alfredo se paró frente a la jaula con el mate en la mano. Con la otra abrió la puertita. Y el pájaro se paró afuera, sobre la puertecita abierta. Se miraron otra vez. Voló hasta la ventana, que Alfredo se ocupó de abrir también. Siguió hasta el limonero y se detuvo en una rama que le pareció muy inestable, comparada con los palitos de su cárcel.
 Y se elevó hasta el techo, adonde se afirmó en una teja caliente. El viento soplaba desde el oeste y se le metía entre las plumas. Su corazoncito iba a estallar. Y dijo: - aquí vamos. 
Textuales palabras humanas con las que emprendió un vuelo definitivo, uno de regreso adonde nunca estuvo.