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martes, 1 de julio de 2014

 Ponés cualquier cosa, aunque sea lo peor, aunque sea Tinelli o el servicio del tiempo para oír voces.
Pero te hartan las voces, las otras, las de verdad, las que cotorrean, bocinenan, pululan, infestan, aturden, chimentan, susurran, comentan, las voces que saben de lo que hablan, las voces que gritan todo lo que ignoran, las voces medidas, que someten la violencia a un tono diminuto como un alacrán, las voces que salen de bocas viejas, las bocas que hablan de ladrones, los ladrones que escuchan su música de mierda. La música ya no me alcanza. La música no está. Voy dejando de ser un hombre musicalizado. Charly, Goran, Nino, están todos muertos, algunos muertos sin saberlo. Yo mismo debo estar muerto y debo estar perdido, sin haber probado las aguas del Leteo. Qué sabrás lo que es el Leteo, si yo que lo se todo lo leí la semana pasada. O sí sabés lo que es y entonces te odio por saberlo. Porque el conocimiento es mi peor droga. Quiero conocer, saber más, enterarme de todo, captar la realidad por todos mis poros.
Y me crece la cabeza y no me entra en la vida, no me entra, ya no cabe, ya no habla mi cabeza. Dosifico, regurgito como pingüino en medio del témpano. Chillo como un pingüino "venid, venid, pichones venid" en medio del viento helado, en medio de la soledad del universo, en medio del frío del espacio, flotando en la nada misma por donde flotan los planetas. Vomito dosis de este pescado a medio digerir que es la relidad como la veo. La realidad que me atraganta, la realidad que me estalla como un cúmulo de detalles, se atomiza, se arremolina y me da bofetadas justo en la muela que me duele. Vomito para liberarme de los pedacitos de realidad que empecé a comerme un día como el negro de Milagros Inesperados, esa con Tom Hanks. Tom Hanks hace películas que suelen gustarme. No me gusta el aspecto de esta mezcla de dos paquetes de fideo que bulle en agua con sal para mi cena.
Me duele un poco la muela. Me va y me viene como la tristeza. Quiero arrancármela. A las dos. Quiero quedarme sin muelas y sin tristezas. Quiero ser otro. Quisiera ser otro. Quisiera ser otro para matar a este. Y guarda que no soy suicida, no quiero, no tiene sentido. Es mejor quedarse y morder las paredes. O hacer lo que hago ahora, ir por la vida mandando a la mierda a todo lo que no me resulte tierno, dulce, comprensivo, humilde, suave, tolerable. Voy a convertir en otro a este mundo, lo voy a convertir a patadas, ya que se me pasó el cuarto de hora para la revolución. Voy a violar a la esquiva felicidad. Voy a asaltar el paraíso y liquidar al puto dios. Pero antes de acabar con dios quiero acabar con la esperanza, esa espera inmunda de los tiempos mejores, esa espera que desespera mirando un mensaje que no llega, mirando la pared, mirando un espejo, mirando por la ventana. Viendo allá abajo como retozan las bocas en las caras en las cabezas en los cuerpos en la masa que habla y dice y comenta y está conforme con este bonito mundo de fantasía.

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