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Impulsos (sin corregir)


Escribo, escribo, escribo todo el tiempo. No se si va a convertirse en algo, no me interesa, me resulta penoso el camino de los escritores que publican. Bien por ellos cuando se consagran. No es ese el tema. Mi tema es esta enfermedad de poner todo en palabras, de traducirlo todo en letras, de estallar en oraciones, comas, puntos, puntos y comas. Quiero mudarme acá, a las palabras quiero mudarme, perder la imagen, dejar de peinarme, cagar en prosa. Editar, si! eso, editar. Poder corregir y volver a corregir, de manera que las palabras se lleven, bailen, canten, cojan. Arrastra la seda la reina Isabel.
Cada vez con más fundamento, el mundo todo puede parecerme una porquería (con las obvias salvedades). Pero tolerable si lo pienso escrito, si traduzco los gestos, si convierto a las personas en personajes. Los veo, los leo, los reconozco, los tipifico, los encasillo, los exagero. Una mirada que se cruza, las monedas que el cajero coloca en su mostrador con desprecio, el olor de la cebolla rehogada, olor a tostadas, motosierras que reducen ramas, el perro marrón que se echa al mismo tiempo en todos los barrios.
Así si, así sí subo y bajo por la cuesta del coste de la vida, así si disfruto de lo horrible, de lo agotador, de la hipocresía, del choque estruendoso de los egos, de la explosión libidinal de un hombro al descubierto, del olor a basura acumulada, de la propia vida más escrita que vivida.

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