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Apuntes colectivos N°123

Escena muda.

Unos segundos antes de embotellarse el colectivo, el nenito tropieza con la dársena de un hotel. Ella lo levanta de la capucha, como quien saca una bolsa de nylon que se le intrusó en el lavarropas.
En el semáforo de la terminal vieja, la ventanilla por la que veo es el marco del umbral en el que se encuentran con una nenita, de unos cuatro años -campera larga, flequillo rollinga-, que está parada en un escalón.
Ahora el nene empieza a saltar a la vereda. La mamá lo sienta, con el típico "te quedás ahí", y empieza a luchar dentro de su bolso.
El nenito reprendido es todo un cliché: la cabecita gacha (con sus orejas como tetera), el labio de abajo salido para afuera, las manitos juntas y los pies inquietos. La nena mira un instante a su mamá y parece darle la razón. Después, algo secretea al oído de su hermanito, con la mano así, ahuecada. El nene mueve la cabeza y dice que no. Otra cosa se le ocurre, y el nene otra vez que no. La nena parece tomar aire y le dice lo tercero. Esta vez, el labio del chiquito se estira hasta casi desarmar su cara de puchero, está sonriendo.
Vaya a saberse qué le habrá dicho. Mamá está en un mal día? Lo dirán a otra edad. Nadie, pero nadie en este mundo lo sabrá, a excepción de estos dos.
Una escena demasiado breve. Pero, al arrancar mi bondi, me quedo pensando en que, con ese sencillo gesto, tan sólo con ese, con esa pequeña sonrisa hurtada a un reto, acaso con la promesa de prestar lo que no se presta, bien podría explicarse de qué se trata tener hermanos.

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