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miércoles, 27 de noviembre de 2013

bestias

Soy un pececillo dorado nadando en una pecera. Abro y cierro la boca para tomar oxígeno, abro y cierro mis branquias para filtrarlo. Una vez al día tiran comida y es cuando se parece a una emoción la pelea con el manchado. Soy un pececito dorado que es feliz porque no se sabe el cuarto goldy, ignorante de su destino de inodoro. La pecera prismática es más pequeña que la otra. Pero aquí también hay piedritas y plantitas de plástico que evocan un lugar que no extraño. Nado, muevo la cola y nado. Llego hasta el fondo, después para arriba. Veo burbujas y entidades borrosas que apoyan de vez en cuando una yema.
Soy el globo de diálogo de un pez dorado, un pez globo. Soy el narrador personalizando un animal, una prosopopeya. No se si quiero ser el pez, si me figuro que hay felicidad en la ignorancia, o si es que me canso de verla, si acaso no quiero la paz del agua que enturbio, del agua que será cambiada periódicamente, y a temperatura constante.

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Estoy copulando. Soy una liebre. Un gesto mecánico que repetimos asiduamente; nos nace, nos lo pide el cuerpo,  el mundo es mejor con muchos de nosotros, el mundo ideal tendría muchas liebres. Será que nos sabemos un plato preferido. Todo un tema saberse comida. Y no es que lo decidimos hoy con aquella otra liebre que ahora sale corriendo sin saludar. Abordamos cuestiones de forma colectiva, como en una asamblea que durara siglos. Esa liebre, yo mismo y la liebre que mataban los cazadores de Napoleón, y la liebre sobre la que caían las flechas neandertales y la liebre que se quemó en Hiroshima, todos somos la misma liebre. Distintos corazones, muchos kilómetros de intestinos, pero un mismo concepto. Tenemos sí, cada cual su historia. Un tío mío fue picado en el hocico por tres abejas. Le quedó un tic para siempre, como si todo el tiempo se las sacara con la pata. A un chico de la madriguera del otro lado, casi lo pisa un camión.


Me gusta que me de el sol mientras voy entre piedras colina arriba. Todo el tiempo como. Prefiero –quién no- los tallos tiernos y las frutas, pero no se puede pretender nada, la consigna es masticar lo que se encuentre. A mí la boca me sabe a hierba. Comer sin ser comido: te detenés demasiado en la misma planta y fuiste. Igual, he visto morir una liebre y no sufrió demasiado. Cuando el puma le sacaba la vida partiéndole el cogote, llegué a pensar que ese primer contacto debe recordar a la infancia, cuando tu madre te mueve de un lado a otro, tirando del cuero de tu nuca. Una boca cálida que nos transporta en cada extremo de la vida.

Está cayendo el sol. Voy a bajar. Las piedras están calientes.
Águila.

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Corrientes cálidas. Deseo para ti corrientes cálidas que te hagan flotar sobre los valles. Los chillidos, inconvenientes para cazar, serán de puro placer.
 Se habla de mi ojo, y para mí es normal. Los odontólogos ven dientes, los zapateros zapatos y yo veo presas. No desdeño la belleza del curso de agua, ni me son indiferentes los colores del cielo que veo irse desde el nido. Pero la belleza es inherente a la soledad del paisaje. Y la soledad es bella en sí, dura y bella. Me pregunto, a veces atrapando un pequeño cordero, cuánto mas solas están las ovejas, abandonadas de sí, reconfiguradas todas en un mismo rebaño.
Hace frío acá arriba. Tal vez la nieve sobre el pico sea un módico precio para este anónimo reinado.

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- Voy de cuerpo en cuerpo. Algún día comeré del tuyo.