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martes, 31 de julio de 2012

Autoestimándonos

 Últimamente estoy harto de la agenda informativa de los medios y de los posteos y temas de las redes sociales. 
En mi país, el campo de juego para los temas de actualidad está achicado con empecinamiento por los grupos "todo mal" y los grupos "todo bien", en contra o a favor de la gestión de gobierno. Me agota la estrechez de miras que nos da ese maniqueísmo furioso. Me agota, me subvierte, me crispa. 
(Tomando en cuenta ese marco, yo ya debería estar tomando partido por Gobierno u oposición. Hay que elegir? Anotame en Gobierno y dejame de romper los huevos.)
  Porque además de la política ejercida por los representantes, hay mucha política puesta en nuestras decisiones cotidianas. Todos tomamos partido, por acción y por omisión. Pero la partición que nos permite tomar partido, no tiene en todos los casos una sola rajadura, tiene más, son infinitas, no deberían reducirse a los nombres de las papeletas.

 
 Para muchos, esa recuperación de la política, debe agradecerse a los Kirchner. Yo creo que no. Ellos han tomado la maravillosa decisión de poner a la política por encima de la economía. No es poco, sobretodo porque además esas decisiones políticas en la conducción económica, van por la heterodoxia y con cierto keynesianismo, con medidas contracíclicas.
 Pero me empeño en decir que la recuperación de la política es, ha sido, popular. Viene de abajo y viene de las crisis que atravesamos en 2001.
  Justamente pensaba en eso anoche. Estaba viendo un documental que hizo la CGT francesa en 1969. Los tipos discutían la posibilidad de construir una sociedad sin patrones, en medio de la ebullición que antes dio nacimiento a los hechos de mayo del año previo. Y bueno, discusiones entre comunistas y socialistas, por ahí aparecía un pragmático a decirles que eso era una gilada, etc. Interesante.
  Y me quedé patitieso al caer en la cuenta que los argentinos ya lo conseguimos. No somos más que nadie, eso está claro, ni siquiera somos la potencia futbolística que nos creemos. Pero, en medio de la peor crisis que ha atravesado este país, varios grupos de obreros se reunieron en sus fábricas cerradas (por patrones que no la aguantaron y se tomaron el buque), hicieron asambleas, tomaron las usinas, prendieron las máquinas de nuevo y sacaron la cosa adelante. Uno lo toma así, como cosas que pasan, pero es extraordinario! La fábrica de mosaicos Zanón, el hotel Bauen, fábricas textiles... Y después salieron a reclamarle a la superestructura las leyes que sus cambios impusieron .
  Uno ve el modelo alemán, tan correctito, con una suerte de cogestión obrero/patronal, con directorios mixtos que toman decisiones conjuntas, y se dice que está bien, que es la consecuencia de muchos años de lucha bien encaminada, que así les va de lindo y con eso les rompen el culo a los trabajadores de otros países para que no se les caiga el propio. Pero esto de acá salió de la emergencia, salió de la olla popular, de la quema de neumáticos cuyo humo interpelaba a una dirección política y empresaria huyendo en desbandada.
  Uno se conduele de los españoles y los griegos. Porque uno sabe lo que es que el sistema te inmole para salvarse. Y al mismo tiempo uno (yo) recuerda/o que aquí zafamos bastante de esa soledad afilada que hoy cortajea las caras del viejo mundo. Aquí, cuando empezó el hambre bravo, algunas madres desperdigadas por los barrios decidieron agremiarse para mangar comida. Y florecieron comedores infantiles por todas partes. Y al mismo tiempo hicimos asambleas en las plazas. Y si no podíamos tomar decisiones por el todo, tratamos de paliar el resultado sobre las partes. Y nacieron clubes de trueque donde intercambiamos bienes y servicios, volviendo a la economía más primitiva (y por ende más lógica), anterior a la moneda.
 Todo esto que decido memorar tiene para mí un valor histórico claro, definitivo e indeleble. No fueron entretenimientos de un pueblo aburrido. Por el contrario, fueron el numen de lo bueno que tiene la sociedad de estos días. La conducción vale en los grandes cambios, como valió con Perón y antes con Yrigoyen, vale en su capacidad de interpretar, reforzar, sostener y hacer crecer desde la audacia lo que llega desde abajo. 

Nada. Que podríamos darle cursos a los indignados.

2 comentarios:

Silvia Spertino dijo...

Jorge, anoche leí tu blog, me dormí y me desperté pensando en el. No sé lo que pasó en mi estado de no vigília pero te agradezco hacerme pensar. Estoy muy de acuerdo con la idea de la estrechez -y agrego peligra- que produce el manequísmo, sobre todo por ser totalitário. Muy de acuerdo también con que la recuperación política es, y ha sido, popular. Los ejemplos que citas ( Zanon y cia.) ya son motivo para una autoestima más que elevada como ciudadanos, de un pueblo sufrido y castigado pero que, al mismo tiempo, ha logrado no dejar de luchar y no dejarse vencer así nomás ante políticas personalistas que buscan el poder ante todo y en sí mismo sin importarse por el bien común. Esto explica la heterodoxia de la que hablás, desde que la política se convirtió en profesión actuada por políticos muy distantes a lo que pensaba Platón, filósofos antes de políticos. Aludiendo al título de tu texto pienso que no hay motivo para perder la autoestima si tenemos en cuenta lo que vos muy bien decis que la recuperación de la política hoy es popular. Este es el mayor valor que designa a este pueblo. Pero no creo que este gobierno ponga la política por encima de la economia, talvez no entienda bien la economia Keynesiana (que vos me llevastes a leerla, te agradezco por eso), porque -desde mi ignorancia- creo que hoy la política es poder y poder es capital (y no el simbólico de Bourdier), es dinero, diferentemente de ideológica. La oratória de los políticos no se destina a hacer pensar a la gente (al estilo socrático) sino a segurar su própio saber. Esto funda el manequísmo y a juntarse con los que piensan la misma cosa. La política hoy es tan personalista y por eso deshumana, que para decir que es mejor ser ético y sincero: "no te hagas lo que no sós", por ejemplo, Lanata manda al frente a Vitor Hugo. Por último, y siguiendo la via del personalismo pensé mucho en una frase de la presidenta esta semana, cuando se referia al discurso de Evita diciendo: "a ella le gustaba usar la palabra 'oligarca'", claro Evita conocia bien su diferencia. Por otra parte, a la presidenta le gusta usar la palabra "corporaciones" y cuando se refiere a los "conchetos de Puerto Madero" lo hace como chiste y apunta a otros.

El Gaucho Santillán dijo...

El problema es que los pueblos olvidan.

Y la clase polìtica lo sabe.

Cuando cambiarà eso?


Un abrazo.