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domingo, 14 de junio de 2009

La dignidad del artista

"Me hubieran dicho que no venían. Tanto correo, mensajito de texto, cuando me los cruzaba por la calle. Todos sí claro, ahí estaremos, firmes. Y después no vienen, para qué dicen" rezongaba el cantor mientras se cambiaba en mi oficina. Los pantalones planchados reemplazaron a los jeans, zapatos lustrados a los de guerra, una camisa inmaculada.
"Viste como es esta ciudad - traté de mitigar desde atrás de mi escritorio - es impredecible. Te acordás lo que le pasó al viejo Polera cuando lo trajo a Ricky Martin. Tuvo que abrir las puertas del estadio y regalar las entradas. Sólo en Mar del Plata pasa eso". Y mientras en el salón una amiga del cantor vendía tarjetitas a las pocas personas que vinieron a escucharlo: "es totalmente aleatorio, capaz que cuando menos lo esperás, cuando menos prensa hiciste se te llena, es inexplicable, depende el humor de la noche". Y él que me cuenta una anécdota de Uruguay, de un viaje suyo en que lo fue a escuchar a Benedetti leer poemas en una librería más chica que ésta y que lo había anunciado en una pizarra mistonga, escrito con tiza: esta noche Benedetti. Qué Benedetti, Mario Benedetti? preguntó el cantor. Y era. Y sólo habían ido unas quince personas. Hacía poco que se le había muerto la mujer y el maestro estaba mal.
Como suelo hacer, cumplido el objetivo de la charla, hice algo para ahogarla. Le deseé suerte y me escabullí por la otra puerta, dí la vuelta y encendí los tachos de luces que mezclaron rojo y ocre sobre el banquito de madera. El salón de café lo esperaba poco, seguía la cafetera con su ruido a locomotora, seguía escuchándose "un cortado", "un cortado? chico?", la gente que caminaba. Y entonces entró el cantor por la puerta contraria a la que usé para escapar de la charla. Agradeció, mencionó, anticipó, con la humildad de los grandes. Y el flaco le entró al piano de una manera bárbara. Y este hombre, al que le fallaron amigos y alumnos de canto, empezó con sus tangos y los cantó magistralmente. Y yo que nunca me quedo, esta vez me quedé sentado en la banqueta, poniéndole oído y poniéndole mirada. Por sus zapatos, por la camisa inmaculada, por la dignidad. Me resultó después imprescindible bajar la botella de Bols y servirme un vasito de ginebra. Brindé para mis adentros por el alma de los artistas, a veces ególatras, a veces histéricos, dependiendo siempre de esa sopa nutricia hecha de aplausos.
Para ustedes compañeros, salud.

4 comentarios:

el bueno de mí dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
el bueno de mí dijo...

Es buena aplaudir a los estoicos de vez en cuando y siempre cuando son artistas.
Beso, abrazo y salud!

Roberto Sánchez dijo...

Adoro los artistas con dignidad. Lo de Polera no fue con Luis Miguel?. Pongame otra de bols a mi o ¿mi plata no vale?

salud y b uenos alimentos

Oscar dijo...

Qué bueno es cuando me pasa esto: leer anécdotas chiquitas, de cosas cotidianas, y sentir como si hubiera estado exactamente en ese lugar y esa situación. Mérito suyo, amigo. Abrazos al cantor y a Ud.