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sábado, 23 de agosto de 2008

La supresión del espacio-tiempo en el supermercado



Por vivir cerca del supermercado Carrefour, resulta común que compras muy corrientes las realice allí en donde otros marplatenses van los fines de semana para aprovisionarse y dejarse bombardear por los cañones de colores y ofertas de la cadena francesa.

Ocurre que por la asiduidad de mis visitas, he llegado a catalogar perfectamente los estados anímicos que me van invadiendo desde que agarro el carrito y hasta que lo dejo en reemplazo de mi coche al partir.

La primera faceta es la de cierto módico optimismo, al evitarme recorrer varios negocios para hacer mis compras con el concomitante perjuicio de ubicar el sitio, parar el auto, bajar y volver a subir. En esa retahíla de góndolas hallaré lo que se acabó o lo que es menester.

Pero enseguida el lado bueno empieza a derretirse, dejando paso al otro. Humanoides recargados en los barrotes de conducción de sus vehículos de alambre, bloquean el acceso al pan, al café, a la balanza de la verdulería y - más que nada- al sector de la carne. Lo que pensaba que era cosa de minutos, empieza a mutar hacia una eternidad kafkiana, como salir de Punta Mogotes cuando vino una tormenta. Hay allí un choque de civilizaciones y de épocas: yo, un hombre del siglo XXI (ahora hasta celular y notebook tengo), arrastrado por un ritmo frenético, debo convivir con esta gentuza decimonónica que lee carteles con la cadencia de monjes copistas. Sopesan cada producto como si en ello les fuese la vida, y yo siento que mi vida consume años en mis compras en Carrefour.

Pero si el elegir mis productos no fuese suficiente, queda la instancia de la caja. En esa, paso del odio más homicida a cierta resignación pesimista: cualquiera que elija me consumirá vivo. O me toca el cajero más pelotudo y lento de la tierra o el carro a medio llenar de la vieja de adelante se irá llenando hasta el tope merced a los viajes de un anciano que, de a una cosa por vez, cual si fuera un pájaro trayendo ramitas, completará un nido abigarrado de leches y fideos, yerba y aceite que agregarán cuarenta minutos a mi espera. O bien el escáner no leerá nada y deberán apuntarse los códigos manualmente, o el cajero quedará semiparado en estado catatónico esperando a un supervisor invisible e imaginario que nunca lo verá para anular o traerle cambio de 100. O la señora de adelante no tendrá crédito en la Visa electrón o pagará con tickets canasta a sumar y volver a sumar, detrás de los cuales la cajera anotará a qué hora se los dieron, para qué compra o el peinado de la clienta.

No hay manera de ganar, no hay manera de ganar. Todo lo planificado para mi día será entregado gratuitamente al tiempo ralentizado y demente del sistema de compras centralizadas. De haber ido a la verdulería de la vuelta, al kiosko y al mercadito, ya estaría en casa. Pero no, con tres pelotudeces que se desvanecerán para mañana, floto en este espacio fantaseado, en este tiempo grumoso, en este reloj dibujado con crayones del Carrefour.

Ya me siento mejor, gracias.

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