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jueves, 3 de mayo de 2007

La verdadera historia del cuco



El Cuco nació en el Barrio Asdrúbal, en una casa vieja con vista al mar. Era una casona bastante colorida, con escaleras que iban por afuera y como cuatro baños.

La familia del Cuco llegó a la ciudad un día de verano, porque al padre le ofrecieron un puesto en la venta de churros del centro. La madre era ama de casa, y también vendía cosméticos y perfumes a sus conocidas; les dejaba una revista donde se veían los productos, y después iba y le preguntaba qué querían comprar.

El barrio era muy tranquilo, ya que había dos casas nada más, la de el Cuco y otra. Cuando los padres se mudaron, la cuadra estaba llena, pero poco a poco los vecinos se fueron yendo a otros barrios, y hasta algunos del país.

Digamos que mientras el Cuco fue niño, no le pasaron demasiadas cosas o al menos nada muy distinto de lo que le pasa a cualquier chico. Le costaba sí hacer amigos, lo que lo ponía un poco triste. Mas que tristeza le daba bronca.
Cuando conocía algún chico que, por ejemplo, estaba jugando a la bolita, la cosa venía bien hasta que el muchachín levantaba la vista. Porque hablando, así charlando, cuando el Cuco decía “a qué estás jugando”, no pasaba nada. “A la bolita” decía el otro, y por un segundo todo bárbaro. Pero cuando veía al Cuco, el pibe salía corriendo con la cara blanca y a los gritos. El Cuco llegó a tener 765.431 bolitas, pero no muchos amigos para jugar con ellos. Sí, pobre Cuco.

Igual se divertía bastante. Le gustaba coleccionar mariposas y pajaritos. Todas las mañanas abría la ventana y alguna mariposa o algún pájaro pasaban a ser de su colección. Veían al pequeño cuquín y se quedaban duros, como paralizados en el aire. Entonces él los ponía en una repisa que estaba llena de alas multicolores y picos muy abiertos. Si alguien entraba a la pieza, parecía que los pajaritos estaban por cantar una canción. Pero no, estaban así, duros. Y aparte salvo la mamá no entraba nadie.
Era muy buen estudiante el Cuco y no le costó nada pasar de grado. Pasaba de uno a otro con mucha facilidad. Si quería iba de tercero a cuarto en el mismo día. Y si quería iba a sexto sin pasar por quinto para volver a pasar, antes de irse, a segundo. Total, la escuela estaba siempre vacía y llena de cuadernos tirados en los pasillos. Y también la escuela era linda porque tenía una hermosa estatua de una portera con la escoba en la mano y la boca abierta. “Uy, como los pajaritos”, pensaba el cuco, mientras disfrazaba a la estatua de payaso o de fantasma. Y así, poquito a poco terminó la escuela.
No sé si el Cuco terminó la escuela, pero la escuela se terminó. Vinieron una noche y la tiraron abajo unos señores con maquinaria pesada.

(Mientras contaba la historia llegaron los vecinos del barrio Asdrubal, que habían hecho un viaje de varios años. Después de tocar el timbre de la casa del Cuco para pedir si tenían un martillo, se mudaron con casa y todo.)

Cuando se hizo mas grandecito, el Cuco se interesó por los deportes. El primero fue el atletismo, le encantaba correr carreras. Pero siempre quedaba último. Las competencias eran improvisadas, las armaba de golpe él mismo: veía un niño que pasaba con su tabla de surf rumbo a las olas (el barrio Asdrúbal está pegado al mar) y el Cuco empezaba a correr. Claro, como a todos nos gustan las carreras, el pibe salía disparado que no se le veían los pies, tiraba la tabla y alzando los brazos mientras perdía las chancletas tomaba una velocidad considerable. El pobre Cuco iba atrás lo mas ligero que le daban las patas pensando que los brazos recién se levantan cuando se llega a la meta, y que entonces su rival lo hacía para decirle que ya perdió. Eso lo hacía gruñir fuerte, y peor, mas velocidad tomaba el otro. Así hasta que se cansó, porque al final a los únicos que les ganaba era a los que se quedaban dormiditos en mitad de la carrera.
Después probó con el fútbol. El Cuco fue hasta un barrio cercano con casitas de chapa y vió que unos chicos estaban repartiéndose los jugadores haciendo pan y queso (si sos de otro planeta te explico que el “pan y queso” consiste en que dos chicos van diciendo uno pan el otro queso mientras van poniendo un pie delante del otro hasta que uno lo pisa al otro y elige primero a su compañero de equipo), en un potrero. El Cuco se puso detrás del grupo para esperar que lo elijan. Pero ahí también le dió bronca porque todos los demás (como treinta) armaron un solo grupo y se fueron para el otro costado de la cancha con gritos de euforia. Qué injusticia, pensó, y los vió alejarse. Se dijo que los muy tramposos estaban tomando carrera para patear un penal y ganarle. Algunos saltaban alambradas, los perros los mordían y se los llevaban colgando, otros se agarraban de colectivos andando y hasta en taxi corrían algunos. El Cuco se puso entonces como para atajar, no se la iban a llevar tan de arriba. Pero después de dos días se cansó y se fue a su casa.
Así que del fútbol ni hablar. Fue cuando decidió hacer pesas con una que se armó con el auto del papá de un lado y un paquete con sus botines embarrados del otro. Unos brazós así sacó.

Bueno, ya llego al final. El Cuco se hizo grande, cosa que se notaba porque le crecieron bigotitos simpáticos en cada una de sus bocas. Y además porque usaba unos trajes de señor mayor que lo hacían pasearse muy canchero por la ciudad despertando gritos de admiración de las mujeres y de todos en general.
Iba así caminando el Cuco una tarde, acomodándose sus ocho mangas muy agrandado, cuando ¿qué observa con uno de sus ojos colorados? La muchacha más hermosa que había visto hasta el momento, y la primera que había visto hasta el momento. Era una verdadera belleza, que mostraba sus dientes afilados y sus uñas largas haciendo suspirar y caer a quienes la miraban pasar. Su larguísima cabellera iba acariciando los cables de teléfono, y sus granos del tamaño de tomates, revelaban su afición por los chocolates. Y era tanta su lindura que los kioskeros le arrojaban sus golosinas, media cuadra antes de que ella llegue.
Parado frente a ella, el Cuco se sintió maravillado. Hizo un ruido como cuando se desagota el inodoro para aclararse la garganta y, muy seductor, preguntó:
- Solita?
Ella no reparó en el Cuco, pues estaba justo bebiendo el aguita que pasa al lado del cordón de la vereda. Pero al oír esa voz de uña sobre el pizarrón levantó una pestaña y lo miró.
- Quehacemo? - Dijo ella y Cuco notó que no era de romanticismo su tono, sino mas bien de fastidio: le estaba pisando una de las orejas.
- Usted perdone bella señorita- se disculpó el Cuco - no había visto su orejota.
Y enseguida hizo un rollito que acomodó detrás de la joroba de la dama.
- Cómo os llamais – preguntó el Cuco hablando en español dificil. Pero debió elegir otro idioma porque la chica de la que estaba poseído era italiana.
- Macuca. Por? – ella le contestó mientras un chocolate considerablemente grande que un kioskero arrojó con un montón de dinero fue a darle en el medio del ojo que miraba a el Cuco.
- Permetíme – dijo el Cuco haciéndose el italiano después de enterarse que la muchacha era italiana por las banderitas que lucía a los costados, – Ío te lon sácano. Y con un delicado movimiento del cuerno le despegó el dulce y medio párpado.

Bueno, la cuestión es que se casaron a los veinte minutos, porque fue amor a primera vista. Y tuvieron hijitos muy hermosos, que ellos veían muy hermosos (aunque no tenían muchos amiguitos) y con los que jugaban a las bolitas.
Pero resulta que el más chico, el que vuela, empezó a dar problemas para comer. Que el puré de murciélago no me gusta, que enfriame mas la sopa de mocos, que dejame terminar el chupetín de lagañas, etc.
Fue allí que a la mamá se le ocurrió decirle, como sabía que el papá era de buen comer:
- O te tomás toda la sopa o ya vas a ver cuando venga el Cuco.
Y así era. El Cuco venía de su trabajo en la Cámara de Diputados y se tomaba toda la sopa de una sola lambeteada.


Jorge L. Köstinger
Mar del Plata 2005

1 comentario:

eduardo wolfson dijo...

Cuento genial. Bien narrado. Me encantó el menú cuqueño.